Relatos del concurso

1. El relato de Paula

Es de madrugada en la gran ciudad. Las calles están desiertas y en absoluto silencio, tan sólo iluminadas por el alumbrado público y de forma ocasional por los faros de algún vehículo. De repente, un extraño murmullo quiebra la calma nocturna en una de las principales avenidas. Sobre el asfalto, un tipo descalzo y en ropa interior está siendo perseguido por una jauría de perros rabiosos. Suda. Está desesperado. Mira hacia atrás de tanto en cuanto, sólo para darse cuenta de que los perros le están ganando terreno. En un momento de lucidez, decide que aquella situación es totalmente absurda, y consigue darse cuenta de que está soñando, atrapado en una pesadilla. Es sorprendente que sea consciente de la situación, pero ya ha experimentado lo mismo en otras ocasiones, en las que para salir del mal trago tan sólo tenía que tratar de despertar. Debe actuar rápido, ya siente el aliento apestoso de los canes rozando sus talones. Con la esperanza de poder escapar del maldito sueño de una vez por todas, cierra los ojos y se concentra con todas sus fuerzas.

No obstante, al abrirlos, a pesar de que los perros asesinos han desaparecido, se da cuenta de que la estrategia no ha sido un completo éxito, pues no se ha despertado en su cama, tal y cómo esperaba. Simplemente parece haber entrado en una nueva alucinación. Ahora se encuentra en un pequeño bote de madera sin remos, justo en el centro de un inmenso pantano. Al igual que con los perros, este es otro de sus grandes miedos interiores. En este caso, el trauma proviene de su infancia, más o menos de cuando tendría unos diez u once años. En una excursión con el colegio al lago más extenso de su región, un compañero algo guasón le explicó que mucho tiempo atrás un niño había caído a él, perdiéndose entre sus aguas, para no aparecer sino al cabo de los meses frente a las costas de los Estados Unidos en forma de putrefactos restos. Le explicaron que aquel macabro viaje fue posible debido a que el lago estaba comunicado por corrientes internas con el mar Mediterráneo, y que las mareas habían llevado el cuerpo del desdichado niño a cruzar el Atlántico y presentarse, cual inmigrante clandestino y fantasmal, en un puerto del este de los Estados Unidos. La historia, aunque probablemente falsa, se grabó a fuego en lo más profundo de su alma. Desde aquel momento, cualquier gran extensión de agua cerrada le provocaba un profundo e inconfesable pánico.

Pero volvamos a la acción. Si recordáis, el protagonista está soñando que se encuentra en una situación comprometida, en una barca en mitad de un lago inmenso. Entiende que su subconsciente le está jugando una mala pasada, sometiéndole a un viaje de horror por sus temores más profundos. Antes eran los perros persiguiéndole, ahora el amenazador pantano. Se intenta despertar de nuevo, pero al moverse se desequilibra, cae al agua y se hunde a plomo. Pero no se ahoga, sino que sigue semiconsciente entre extraños seres acuáticos de forma humanoide, que nadan y revolotean a su alrededor.

Así, va encadenando varias pesadillas en las cuales se reflejan sus principales obsesiones y aprensiones. Aunque intenta despertar en cada una de ellas, no puede escapar del círculo vicioso.

Hasta que en una de estas pesadillas en serie, se acaba encontrando en un diminuto espacio desconocido, rodeado de la más absoluta de las oscuridades. Todo está en silencio. Hace calor y le duele la cabeza. Se encuentra tumbado sobre unos cojines y con la cabeza envuelta en algo parecido a una venda. Asume que es otra broma de su subconsciente, en la que ha sido enterrado vivo y se encuentra en el interior de lo que aparenta ser un nicho o una cripta. Otro de sus pánicos más profundos. Asustado, y dado que los intentos anteriores por salir del trance no fueron suficientes, decide que debe provocarse el despertar de forma más drástica. Recuerda que una vez soñó que el autocar en el que viajaba caía por un barranco, y que la propia impresión de caer al vacío y estar a punto de chocar con las rocas del fondo del acantilado le hizo despertarse inmediatamente, justo antes del impacto.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho, consigue volver un poco la cabeza hacia atrás, y descubre un punto difuso de claridad, proveniente de una de las paredes de la cripta. Llega a la conclusión de que para poder escapar no basta con cerrar los ojos y desearlo. Necesita provocar una catarsis, un cambio violento, como aquel golpe contra las rocas. Toma una rápida decisión, harto de ser el juguete roto de su psique. Si en el sueño del autocar le había servido, ¿Por qué no iba a hacerlo ahora?

Hace acopio de todas sus fuerzas para liberarse de lo que él cree que es su mortaja. Aunque algo renqueante, consigue levantarse, y trata de correr con todas sus fuerzas hacia la tenue luz. Está convencido de que el choque contra la pared, o contra lo que haya, le devolverá, esta vez sí y de manera definitiva, al mundo real.

Pero en realidad el desgraciado ha incurrido en un error fatal. Sin ser consciente de ello, en realidad ya se había despertado… Sobre el sofá del diminuto apartamento en la costa que estaba compartiendo durante las vacaciones de verano con unos amigos. Esa noche habían salido de fiesta, y él había bebido hasta quedar inconsciente. Los compañeros lo habían llevado al apartamento envuelto en una toalla que probablemente habrían hurtado de algún tendedero cercano, porque haciendo el idiota se había caído al agua en la playa. Allí lo dejan, entre bromas, durmiendo la borrachera en el sofá del pequeño comedor. Al despertarse, aturdido por la resaca, no recuerda nada ni reconoce el lugar, y asume que sigue soñando, atrapado en una pesadilla en la que está enterrado vivo, envuelto en una mortaja que en realidad es la toalla. Es cuando, en ese error definitivo, decide correr hacia la luz que proviene de la ventana abierta del apartamento, para intentar darse un golpe contra la pared y despertar. Pero el apartamento y la ventana son, desgraciadamente, reales en esta ocasión. También lo es la distancia a la calle, puesto que el apartamento se encuentra a cuatro pisos de altura. Lo último que ve nuestro amigo, en un último instante de lucidez, son los adoquines de la acera. Tan sólo entonces comprende su error, una fracción de segundo antes de que su cabeza impacte contra el duro suelo.


2. El Relato de Miquel

Buenas noches. Perdonen que les moleste, pero necesito su colaboración para aclarar un asunto que me está ocurriendo y que hasta ahora no sé explicarme demasiado bien. Oh, es cierto: discúlpenme, todavía no me he presentado, así que hagamos las cosas como es debido y empecemos por el principio.

Mi nombre es José Luis, aunque todos mis amigos me llaman Luigi, medio en broma, medio en serio, desde los tiempos en que éramos los reyes de la noche en Ibiza. Buenos tiempos aquellos, sí señor: Mañanas de sol intenso, arena abrasadora y cerveza fría. Tras la comida -rápida y sin complejos la mayoría de las veces-, una siesta relajada, una buena ducha, la elección de un envoltorio adecuado para la ocasión, y ¡a arrasar barras de bar, pistas de baile y corazones!

Y no siempre en ese orden, puesto que confieso que para mí las mujeres siempre fueron básicamente un pasatiempo. Bien, no exactamente siempre. Pero sí desde aquella ocasión en que me enamoré como sólo puede hacerse la primera vez, y ella acabó quebrando mis ilusiones de juventud. Me juré a mí mismo que el género femenino al completo pagaría por aquel fracaso original. A partir de entonces, ya nunca me acerqué a ninguna de ellas con la suficiente intensidad y respeto como para conservarla demasiado tiempo.

Así fueron cayendo los años. Ya pasaba de los cuarenta, pero no entraba en mis planes aquello que algún iluminado llamó ‘sentar la cabeza’, y hasta hace bien poco continuaba con mis parrandas de fin de semana y seguía tan fresco, como si los excesos no se acumularan a mis espaldas ni afectaran a mis huesos.

Pero, llegados a este punto, debo confesaros que algo ha cambiado. De repente, me encuentro preso… en el cuerpo de un recién nacido. Sí, de un bebé.

Me hago cargo de vuestra sorpresa. No, no estoy loco ni me ha dado una insolación. La verdad es que yo tampoco no entiendo y ni siquiera recuerdo muy bien lo que me ha pasado. Por eso necesito vuestra ayuda, si es posible. Destellos de lucidez salpican mi mente de tanto en cuanto, cada vez más espaciados en el tiempo. Llegan a mi ahora pequeño cerebro los ecos de otra noche de juerga bañada en alcohol. Un abrazo de despedida con mis compañeros de farra a la salida de algún local de mala fama, mientras los primeros rayos de sol del día emergen por encima de los edificios. El recuerdo de mis zapatos italianos avanzando en dirección a mi ático. Un semáforo en rojo, un claxon que de pronto despeja mi conciencia, y el silencio absoluto justo después…

Tras un largo fundido en negro, abrí los ojos, pues había asumido que sería espectador de mi propio final. Pero no vi ni la luz al final del túnel, ni campos de flores, ni imágenes secuenciales con los ‘greatest hits’ de mi vida. En su lugar, vislumbré -vagamente, entre tinieblas- una habitación de paredes pintadas de azul claro, con cenefas de nubecitas y unicornios. Estaba envuelto en una mantita de colores, muy suave al tacto. A mi lado había un sonajero de plástico, de colores chillones. Intenté incorporarme, pero no pude: Al parecer, mi columna vertebral se encontraba todavía en un estado algo inmaduro. Traté de hablar, gritar, preguntar, pero no emití sonido inteligible alguno. Frustrado, rompí en un llanto infantil sin fin, hasta que alguien me tomó en brazos y me dirigió unas dulces palabras de consuelo. Era mi madre. Para ser más concreto, mi nueva madre. Si no me fallan las cuentas, la segunda en mi vida.

Así que me encuentro en esta extraña situación, con todas mis habilidades intelectuales de hombre de cuarenta años intactas, pero limitadas al cuerpo fofo y desmadejado de un bebé. ¿Podéis entender lo que eso significa para alguien como yo?

Personalmente, no encuentro explicación racional posible. Esto es algo que va más allá de la ciencia o del nivel de conocimiento al que ha llegado la humanidad. Debe ser un castigo lanzado por algo o por alguien situado muy por encima de mi entendimiento, quizás debido a mi vida frívola y disoluta. O puede que sea el resultado de un hechizo lanzado sobre mí por alguna mujer despechada. Es posible que tan sólo sea mi destino, pero he aprendido que en esta situación no me gusta ser tan diferente a los demás. No es justo. Si tenía que morir, ¿por qué no lo podía hacer de la forma habitual, sin extravagancias ni truquitos de tres al cuarto?

De acuerdo: si lo pensamos bien (y yo he tenido tiempo suficiente, ya que entre toma y toma no puedo hacer otra cosa), es mejor estar aquí, tumbado en una cuna, que si mi luz se hubiera apagado para siempre. Aunque creedme: es esta una dura situación para alguien acostumbrado a tomar todo lo que la vida podía ofrecerle, consumiéndolo sin pensar apenas en el día siguiente. Antes, yo era como la cigarra del viejo cuento. Hoy soy la hormiga, atrapada en la desesperante rutina de un lactante desdentado.

Pero a día de hoy, hay que asumir que esta y no otra es mi realidad. Desconozco si soy una conciencia paralela a la real del bebé, o si él está sincronizado con mis pensamientos. O yo con él. ¡Eh! ¿Hay alguien más ahí? Os confirmo que, a las órdenes de mi cerebro, puedo mover vagamente mis piececitos y mis manitas, pero la cabeza me pesa aún en exceso, y no controlo mis esfínteres. Para alguien como yo, acostumbrado a lucir impoluto, cual dandy de épocas pretéritas, es muy duro notar cada tres o cuatro horas el olor de mi pañal rebosante.

No todo es negativo. Al menos, mi mente ha sobrevivido a mi antiguo cuerpo, y se ha reencarnado en un varón: tengo colita. Por cierto, me muerdo los pies con mucho arte. Y cuando mi nueva mamá me acicala, huelo muy bien. Alguna vez he querido darle las gracias, pero de mi boquita sin dientes tan sólo siguen emergiendo sonidos guturales, aún lejos de ser identificados como palabras con algún sentido.

Recuerdo cuando, al acercarme a una mujer, podía aspirar su perfume (era todo un experto, sabía cuál debía regalarles: uno y sólo uno es el ideal para cada chica) y preparar un plan para que acabara entre mis brazos. Ahora, cuando una señora me toma en los suyos, tan sólo puedo percibir intensificado el aroma a lavanda de mi ropita, y sentirme reconfortado con su calor. A vosotros os pasaría lo mismo: Tengo el desarrollo mental de un hombre de cuarenta y tantos pero la testosterona de un bebé recién nacido. ¿Hay alguien ahí disfrutando con esta condena? Apuesto a que a estas alturas del cuento, más de una.

Por momentos, creo que me voy a volver loco. Pero no puedo ni debo. ¿Cómo afectaría eso al bebé que soy? Estoy convencido de que me ha sido concedida una segunda oportunidad y que debo aprovecharla, aunque a medida que crezco me asaltan las dudas sobre las posibilidades de evolucionar como un niño normal, con esta mente adulta y repleta de prejuicios. ¿Acabaré siendo un monstruo de feria? ¿Podría sacar provecho de la situación? En mi vida anterior solía bromear con mis amigotes de que me hubiera gustado disfrutar a la vez de mi cuerpo de veinte años junto a la experiencia de mis treinta y cinco. Pero hoy me encuentro atrapado en otra situación, muy diferente.

Ya han pasado algunas semanas, posiblemente meses, y tengo que decir que, de forma inesperada, cada vez me siento mejor en mi cuerpo infantil. Me he acostumbrado a su rutina, y ¡por fin he aprendido a utilizar el sonajero! Además me han regalado un precioso osito de peluche, el cual me acompaña todas las noches a la hora de dormir. Bien, en realidad todavía no distingo demasiado bien entre día y noche, ya que la mayor parte del tiempo me lo paso dormitando en mi cunita.

Por otro lado, cada vez añoro menos mi vida adulta. De hecho, cada día que pasa pienso menos en ella. Ahora me parecen lejanas aquellas experiencias sensoriales, el roce y el olor de aquellas pieles, el aroma en el ambiente, mezcla de licores, tabaco, perfume y carmín. Hoy en día me tiene sin cuidado la presión de progenitores y sociedad por labrarse un porvenir, por tener un trabajo, por hacerlo bien, por parecer un hombre de provecho. Y ya no tengo que controlarme para no gastar toda la paga en fiestas y mujeres.

Aunque parezca extraño, no echo de menos saber quién va primero en la Liga. Tan sólo, de tanto en cuanto, me pregunto a mí mismo porqué era tan imbécil y trataba tan mal a las mujeres. Y no me sé responder. Por lo que he comprobado, no todas son tan perversas. Empezando por mi segunda madre, que tan sólo procura lo mejor para mí. Por lo que recuerdo, la primera no era así. En definitiva, no cambiaría por nada mi vida actual. Mis brazos y piernas han conseguido adquirir una cierta fuerza, he empezado a incorporarme y ya gateo un poquito. Mis padres están locos de contentos conmigo. Creo que he entendido mi nuevo nombre: Oscar. No me gusta mucho, pero supongo que es un mal menor al cual me iré acostumbrando.

Uy, mientras os explicaba esto, me he hecho pipí encima otra vez. ¡Os tengo que dejar, puesto que necesito un baño, un pañal nuevo y una buena ración de polvos de talco!

Por tanto, señores y especialmente señoras, deben saber que a estas alturas de mi nueva vida ya no me reconozco en mí mismo. He llegado a un punto en que la mayor parte del tiempo pienso ya como un bebé. Todas las experiencias anteriores han ido borrándose de mi cabeza, poco a poco pero inexorablemente. En lugar de mujeres y alcohol pienso todo el tiempo en peluches y papillas. Mi tránsito intestinal se ha regularizado aunque aún necesitaré un tiempo para poder ir solito al baño.

He dado ya mis primeros pasitos, y empiezo a ser algo más independiente. Más aún, creo que ya estoy preparado para pronunciar mi primera palabra con total claridad. He estado practicando en solitario estos últimos días, y estoy ansioso por decirla, en cuanto mi madre me coja en brazos y me saque del parque infantil. ¡Cuidado, que ahí viene! ¡Me está cogiendo! Ahí voy: ¡Maaa – maaa!

En ese momento, ella rompe en gritos de alegría e incluso se le escapa una lagrimita. Entonces, lo veo todo claro: Como en las películas, y a diferencia de cuando me atropellaron, mi vida de crápula ha pasado en un segundo por delante de mis tiernas pupilas infantiles. Finalmente, Luigi ha acabado de morir del todo, y desde este preciso instante, al abrazarme a mamá, ya soy tan sólo Oscar, un niño de pocos meses de edad con todo por aprender, con un mundo por delante para jugar a ‘prueba y error’, sin experiencias anteriores, prejuicios ni pensamientos adultos. En el intervalo de tiempo en que mi mente acaba de hacer el ‘reset’, confirmo que he aprendido la lección y me prometo a mí mismo que aprovecharé la ocasión y que gracias a esta segunda oportunidad nunca más volveré a ser un desalmado rompecorazones. También intentaré tratar de manera justa a todas las personas, con independencia de su género u origen. Espero que todas aquellas mujeres a las que dañé me hayan sabido perdonar. Estoy arrepentido, pero debo decir que fue bonito mientras duró. ¡Hasta siempre!


3. El relato de Rosa

Pilar es una rica empresaria en la cúspide del éxito. Siempre fue muy ambiciosa, ha trabajado duro y las cosas le van muy bien en lo profesional. Se mueve a la perfección en un mundo machista, y entre sus socios, camaradas y empleados es temida y respetada a partes iguales. En definitiva, a sus casi cincuenta años es de ese tipo de personas triunfadoras, orgullosas de sí mismas y plenamente satisfechas de haberse conocido.

A pesar de su fortuna, o quizás debido a ella, no es un dechado de virtudes y principios morales. Se ha casado un par de veces pero ninguno de los matrimonios ha acabado bien, lo que posiblemente demuestra lo complicado de su temperamento. Nunca le interesó tener descendencia, y ya sabe que se irá de este mundo sin probar la experiencia de la maternidad. Es millonaria, pero a la vez su vida personal es un tanto miserable. Nadie ha podido aguantar demasiado tiempo a su lado, y en el trato personal con los trabajadores de sus fábricas y empresas, es déspota, prepotente y presumida.

A pesar de todo, no parece que sus negocios se vean negativamente afectados por su mal carácter. De hecho, esa misma personalidad es la que le ha ayudado a progresar eliminando los obstáculos en su camino, cerrando tratos y haciéndose respetar en el sector en el que se mueve.

Un buen día, la empresaria decide comprar una finca para hacerse una gran casa en la mejor zona de la ciudad. Encarga al más exclusivo arquitecto del momento los planos para una estupenda mansión con todos los lujos y comodidades. En una reunión con el constructor es informada de que, muchos años atrás, había existido en esos terrenos un asentamiento de barracas de gente pobre, en su mayoría inmigrantes que buscaban un nuevo futuro al amparo de la reforma industrial de la zona. El asentamiento fue destruido y en todo ese tiempo, el terreno ha sido de propiedad municipal y no se ha construido nada en él.

Las obras de la casa nueva comienzan. Un día, mientras realiza una visita de control, el encargado le trae una especie de cofre cerrado que han encontrado cuando removían las tierras para preparar los cimientos. Probablemente alguien lo enterró antes de que derribaran las barracas.

Pilar hace que uno de los operarios abra el cofre, y descubre que éste contiene una cápsula del tiempo con muy pocas cosas, muy humildes todas ellas. Aparentemente parecen corresponder a un niño de unos diez o doce años: un cochecito de juguete destartalado, un plumier de madera muy antiguo con unos lapiceros dentro, unos cromos raídos de futbolistas, y una amarillenta nota de papel, firmada con unas iniciales:

‘Estos son los últimos recuerdos de una niñez dura y difícil, aunque casi feliz.

J.H.B.

6 de Julio de 1.964.’

En aquel momento, recibe una llamada en su teléfono móvil. Es de negocios, la reclaman en la sede de la empresa por lo que se marcha de la obra, abandonando el cofre en el maletero de su coche. Se olvidará de él durante un tiempo. Hasta que una noche, mientras está en el despacho de su hogar actual trabajando en unos documentos, Pilar lo recuerda súbitamente. Deja lo que está haciendo, baja al garaje, recupera el cofre, examina sus contenidos, y deja volar su imaginación hasta ponerse en la piel de aquel niño pobre que un día decidió enterrar sus tesoros más preciados. Los días siguientes se sorprende a sí misma pensando con frecuencia en el destino de ese niño. Se formula algunas preguntas: si estará vivo, si aún sigue en la ciudad, y si es así, qué hará ahora.

La empresaria decide buscar en Internet algo de información sobre aquel asentamiento chabolero de los años sesenta. Adquiere libros que hablan sobre aquella época, visita bibliotecas y hemerotecas, y va tomando consciencia de las difíciles circunstancias de vida de las personas que estuvieron allí. Por supuesto, no encuentra ni rastro del niño. Después de nuevas investigaciones, conversaciones con gente que vivió por la zona en la época, llamadas de teléfono, e incluso la contratación de un detective privado que fracasa en sus pesquisas, Pilar se rinde a la evidencia: nunca encontrará a ese mozalbete que un día guardó sus recuerdos de infancia en un pequeño cofre enterrado para que las descubriera ella, casi cuarenta años más tarde.

Tras asumir el fracaso de sus investigaciones, llega a la conclusión de que no tiene sentido continuar buscando. Limpia con cuidado el pequeño coche que encontró dentro del cofre, y lo coloca en una de las vitrinas de su despacho en la compañía. Parece una pieza vintage, de coleccionista, y queda muy bien allí. Poco a poco, se va olvidando del tema.

Pasan los días, hasta que llegamos a una mañana cualquiera en la empresa. Pilar está trabajando en su despacho, cuando la veterana empleada que reparte el correo y los paquetes decide entrar para entregarle en mano su correspondencia. Normalmente se la deja a la secretaria personal de Pilar, que ese día está ausente. Saluda con respeto y algo de temor al entrar. Evitando la mirada de la jefa, deposita varios sobres encima de la mesa. Pero antes de salir, clava su vista en algo que le hace quedarse parada ante la vitrina. Tras unos segundos, Pilar se impacienta y apremia a la empleada a moverse, hasta que se percata que ésta ha empezado a llorar.

– ¿Qué te pasa, Pepita? ¿Te encuentras bien? – le pregunta algo contrariada.

– Sí, disculpe señora Pilar, tan sólo es que he visto algo en esta vitrina que me ha hecho recordar mi niñez. Mi hermano tenía un cochecito como éste.

– ¿Ah, sí? Ven, siéntate y explícamelo, si eres tan amable – Pilar capta la posibilidad de que la empleada le pueda dar alguna pista genérica sobre aquellos años, pero para nada cree que pueda ayudarle a conocer el destino de aquel niño. Le prepara un café exprés de cápsula en su propia máquina. Saca el coche de juguete de la vitrina y lo pone en la mesa, delante de los ojos de Pepita.

– Bien, cuéntame sobre tu familia y tu hermano.

– No hay mucho que contar. Éramos muy pobres. Vivíamos en una casita muy humilde, construida por mi padre y sus familiares, en la zona del Rastrojo, en la ladera de la montaña, donde ahora hay todas esas casas de lujo. Por supuesto, la vivienda no era legal, pero allí intentábamos sobrevivir sin hacer daño a nadie, en un ambiente austero pero honrado. Nos ayudábamos los unos a los otros. Unos días alguien repartía tomates o lechugas de su huerto, otros los vecinos ayudaban a subir una nueva barraca para una familia recién llegada. Hasta que una tarde llegó un hombre del ayuntamiento con unas máquinas excavadoras. Lo recuerdo perfectamente. Tras darnos un par de días de margen, en una mañana los obreros tiraron todas las casas a tierra, mientras nosotros asistíamos al derribo sin poder hacer nada. Recuerdo ver llorar a muchas mujeres y niños. A mi familia le asignaron un piso de protección oficial en uno de los suburbios de la ciudad.

– ¿Sabías que me estoy construyendo una casa en esa zona?

– No, señora Pilar. No tenía ni idea.

– No importa. Durante la excavación para los cimientos los obreros encontraron una caja enterrada, con este cochecito dentro. Quizás podrías echarle un vistazo. Sería mucha casualidad, pero sabiendo que vivíais allí, ¿crees que es posible que sea el de tu hermano? Adelante, no lo dudes. Cógelo y examínalo.

La señora tomó el juguete entre sus manos trémulas.

– Por lo poco que recuerdo, se parece bastante. Sí, diría que podría ser el de mi hermano.

– Bien, ¿crees que es posible que pudiera conocerle para acabar de descubrir si este es el suyo? Si así fuera el caso, me gustaría devolvérselo. Supongo que le hará ilusión tras tanto tiempo, ¿no crees?

– Ay, señora Pilar –dijo la empleada, de nuevo con lágrimas en los ojos-, lo siento pero mi pobrecito hermano Alberto murió de poliomielitis, a los once años. Fue en diciembre de 1.963, antes de que nos fuéramos a vivir al piso nuevo.

– ¿Alberto? Creo que debe haber un error. La nota que encontré en la misma caja viene firmada con las iniciales J.H.B. El nombre de Alberto no corresponde con esas iniciales y además la fecha de la nota es de julio de 1.964.

– Señora, es que yo fui quién escribió esa nota. La “J” viene de Josefina, tal y cómo me llamaban en casa de pequeña. Como ya sabe, ese nombre es sinónimo de Pepa o Pepita. Como ya le he dicho, Alberto murió en diciembre. Lo enterramos una mañana lluviosa, en el cementerio de la montaña. Tiempo después, descubrí bajo la que era su cama una cajita con algunas cosas suyas, y como niña que era, creí que el mejor homenaje era enterrarlas también. Así que metí las cosas en un pequeño cofre que corría por casa, y como no podía ir sola a donde habíamos enterrado a Alberto, hice un hoyo en la parte de atrás de la casa y allí di sepultura a sus juguetes. Por entonces en aquel lugar las calles no estaban asfaltadas. Puse una nota firmada por mí, con mis iniciales, que es la que usted ha encontrado. Luego ya vino el desahucio, y el cofre y el cochecito desaparecieron de mi cabeza, a la vez que mi casita era derribada por aquellas máquinas. Nunca más había vuelto a pensar en ellos.

La empresaria no parecía muy convencida con la explicación de su trabajadora.

– Si te soy sincera, aunque supongo que no me engañas con las historias de tu infancia, no me puedo creer que este coche sea en realidad exactamente el de tu hermano. Demasiada coincidencia. Y yo no creo en ellas.

– Señora Pilar, le prometo que le he dicho la verdad en todo, al menos tal y como yo la recuerdo. Espere. Si no estoy equivocada, hay una manera de ratificar si este coche es el de Alberto o tan sólo uno parecido- Para horror de Pilar, Pepita presionó la parte trasera del juguete y lo desmontó.

– ¿Qué haces, insensata? ¡Lo vas a romper!

– No se preocupe, es sólo un segundo. Luego se puede volver a montar. Ajá, aquí está.

Le mostró un papel amarillento plegado en un rollito que había extraído del interior del juguete. En él se podía leer:

‘Este coche es propiedad de Alberto Hernández Bazán’

Acto seguido, la empleada puso sobre la mesa de su jefa su tarjeta de acceso, con el nombre completo: ‘Josefa Hernández Bazán. Comunicaciones y logística’.

Las iniciales de la nota coincidían plenamente con las de Josefina. Es decir, con las de Pepita. Con aquellas pruebas, Pilar no tuvo otro remedio que aceptar que había sido su empleada quién creó y enterró aquella cápsula del tiempo. Ante ella, sentada en su confortable sillón de ejecutiva, se quedó de piedra. No era el tipo de final que había figurado para aquel niño del cofre, pero una simple casualidad había ayudado a cerrar el ciclo abierto meses antes, cuando aquel operario le entregó el cofre cubierto de tierra.

En la escena final, se ve a Pilar y a Pepita en un cementerio, frente a una humilde sepultura. Antes de marchar, tras el cristal del nicho dejan un jarroncito con flores, acompañado de un pequeño cochecito y un viejo plumier.

– Después de tantos años, Alberto podrá volver a tener sus juguetes. No hay mejor lugar para ellos que este. – comenta Pilar a Pepita justo antes de marchar.

A raíz de esta experiencia, y como en cualquier cuento que se precie, a Pilar se le ablanda el corazón y, mejor tarde que nunca, acaba convencida de que debe tratar mejor a la gente.”


4. El relato de Alex

Aunque no llegara a calentar, el radiante sol que se filtraba por los ventanales de la iglesia contrastaba con el ambiente lúgubre de aquella triste mañana de invierno. Sentado en un austero banco de madera, Sergio asistía desolado al funeral por su padre. Por segunda vez en su vida, estaba experimentando el vacío por la pérdida de un ser próximo. Su madre les había dejado tres años antes, tras padecer una grave enfermedad que le mantuvo inconsciente los seis últimos meses.

Hijo único, su padre le había hecho prometer que si le pasaba lo mismo a él, no le dejaría sufrir tanto tiempo. No hizo falta cumplir la promesa ya que la fatal sorpresa llegó sin previo aviso. Dos noches atrás su progenitor había quedado ingresado en el hospital, en principio por unas pequeñas molestias respiratorias. No era la primera vez que se encontraba en esa situación, y asumiendo la levedad del problema, el hombre insistió a Sergio que no hacía falta que se quedara con él, y se despidieron con un abrazo. Esa misma noche, cerca de las dos de la mañana, sonó el teléfono móvil de Sergio. Antes de descolgar, su corazón fue atravesado por un mal presentimiento. Nadie llama a esas horas para ofrecer un cambio de operadora telefónica.

El cura finalizó el responso. Al ver desaparecer el ataúd con el cuerpo de su padre a punto de ser incinerado, Sergio se dio cuenta de que sin él ni su madre, sin hermanos ni pareja, definitivamente se había quedado solo en la vida. Tras dejar pasar un par de semanas, el mismo sentimiento seguía atormentando su alma, pero decidió que debía cerrar algunos temas prácticos que habían surgido a raíz del deceso de su padre. Acordó una cita con el notario para proceder a la apertura del testamento. Una vez allí, su sorpresa fue mayúscula cuando éste le comunicó que su progenitor le había legado el piso familiar, un coche utilitario, y exactamente, catorce mil quinientos doce euros con veinte céntimos. Ni más ni menos.

Sergio abandonó la notaría en un estado de total perplejidad. Su padre no era un hombre rico, pero el negocio familiar, una ferretería, había crecido hasta convertirse en una pequeña red de franquicias, por lo que la cantidad testada le pareció ínfima.

Volvió al piso que había heredado, por si entre los papeles y la correspondencia podía encontrar algún indicio o pista que pudiera explicar la inesperada descapitalización familiar. La búsqueda fue infructuosa. Sí encontró el anticuado teléfono móvil de su padre, sin batería. Buscó el cargador y dejó el aparato conectado. Entonces, vio algo sobre el escritorio del despacho. Un flamante ordenador portátil nuevo, muy fino y estiloso. Le extrañó porque su padre nunca había sido demasiado amante de las nuevas tecnologías. Disponía de móvil para llamadas de negocios, pero Sergio hubiera jurado que nunca había puesto un dedo sobre un teclado de ordenador. Abrió la tapa del portátil, y presionó el botón de encendido.

Tras unos segundos de espera, el sistema operativo le pidió una clave de entrada. No fue hasta el tercer intento cuando acertó con la correcta, una de las típicas de su padre.        

A continuación, un inusual escritorio virtual se mostró ante él. El fondo negro ayudaba a resaltar un único icono, correspondiente a un navegador. Al seleccionarlo se abría la página inicial de un servicio de correo electrónico, por suerte con el usuario y la clave informados, ya que habían quedado almacenados como cookies en el mismo navegador. Pudo acceder directamente a la bandeja de entrada. Para su sorpresa, estaba vacía. Ni un mensaje. Tampoco había correos enviados. No tenía sentido: Un ordenador con tan sólo un programa, que para colmo parecía no haber sido utilizado nunca.

Un sonido emitido por el móvil en carga le indicó que había vuelto a la vida. Pudo comprobar el listado de las últimas llamadas hechas y recibidas por su padre antes de morir. La mayoría eran conversaciones con Sergio o llamadas a algunos familiares, excepto un número que no pudo identificar. Ya que no encontró ninguna red wi-fi activada en el piso de su padre y en aquel lugar ya no podía hacer nada más, Sergio decidió volver a su casa con el móvil y el ordenador portátil bajo el brazo.

Ya allí, frente a su propio ordenador, buscó en Google aquel número de teléfono desconocido que aparecía en el registro de llamadas del móvil de su padre. Uno de los primeros resultados daba la solución: Correspondía al de una oficina local del Banco Suizo. Parecía ser que el viejo ferretero había descubierto las bondades de la banca privada, y que había sido titular de una cuenta secreta. Sergio pensó que las nuevas tecnologías abrían un sinfín de caminos nuevos, pero que a la vez era difícil evitar dejar huellas en ellos, como si siempre hubiera un Gran Hermano Digital dando fe de nuestros actos en la red.

Todavía no era demasiado tarde. Salió del piso y tomó un taxi hacia la oficina bancaria, situada en el centro de la ciudad, y oculta tras una discreta puerta bajo una placa dorada. Allí pidió entrevistarse con el director, un elegante y amanerado señor que le dio el pésame y le confirmó que poco antes de la muerte de su padre, éste había retirado la cantidad de trescientos mil euros, pagado las comisiones y cancelado la cuenta. Por supuesto, no era de su incumbencia saber qué pretendía hacer su cliente con ese dinero, y que tampoco le podía facilitar más información debido a las estrictas reglas de seguridad y privacidad del banco.

Sergio volvió algo confundido a su apartamento. Había algo que no cuadraba en todo aquello. ¿Qué había hecho su padre con los trescientos mil euros? ¿Quizás tenía una amante y le había puesto un piso? ¿O pertenecía a una sociedad secreta que le había reclamado el dinero? Que el supiera, ya no tenía deudas con nadie. El chico estaba hecho un mar de dudas.

Tras dejar pasar unos cuantos días más de reflexión, abrió de nuevo el portátil que había recuperado en el piso de su padre. No tenía sentido que lo hubiera adquirido para una única cuenta de correo electrónico. Y además, vacía. Al acceder a ella otra vez, a pesar de que las carpetas de recepción y envío seguían vacías, descubrió una decena de mensajes en la semi-oculta carpeta de borradores. Recordó que alguien le había contado alguna vez que esa técnica consistía en guardar allí correos ‘delicados’ para evitar el envío y rastreo por Internet. Un usuario remoto podía responder utilizando la misma cuenta en cualquier otro ordenador, sobrescribiendo el mensaje con la respuesta apropiada. Así los mensajes no se transmitían por la red, tan sólo se almacenaban en el servidor de correo y se recuperaban y respondían localmente. El más antiguo de aquella carpeta tenía un título algo extraño:

‘Dios hizo al mundo en siete días. Nosotros podemos superarlo’

Su padre nunca había sido demasiado religioso, por lo que el mensaje le descolocó aún más. Lo abrió y esa fue la puerta a una de las sorpresas más grandes que tendría nunca en su vida.

En él, una corporación llamada ‘Extend R Live’ explicaba que habían seleccionado a su padre ya que conocían su ‘problema de salud’ y tenían una oferta que de bien seguro ‘no podría rechazar’. Al parecer, alguien le había entregado en mano el portátil nuevo, conteniendo un único icono, el del navegador, junto a unas instrucciones básicas de uso.

Pero Sergio no entendía el contenido de aquel mensaje. Que el supiera, su padre no tenía problemas de salud, simplemente tuvo un ataque repentino que no pudo superar. Tuvo que seguir leyendo.

Tras confirmarles que podría estar interesado, los siguientes correos desvelaban el fin que su padre habría dado al dinero. Y aquí sí que venía una sorpresa en forma de traca final. ‘Extend R Live’ había desarrollado una innovadora técnica de criogenización combinada con un entorno de realidad virtual que ofrecía a las personas con dolencias graves en sus últimas fases, la posibilidad de morir para el resto de la humanidad, pero continuar viviendo en una consciencia alternativa. El cuerpo se mantenía en estado de suspensión en una cápsula, hibernando la posible enfermedad y sus consecuencias, mientras que el cerebro quedaba conectado a una red de experiencias sensoriales que simulaban perfectamente la vida cotidiana, pero esta vez sin problemas de salud ni de edad, en base a unos parámetros decididos tras una serie de reuniones con el interesado. El precio era de trescientos mil euros y era indispensable guardar absoluto secreto al respecto, incluyendo a los familiares próximos. La morada final se mantenía oculta por motivos de seguridad.

El resto de mensajes detallaban las acciones necesarias para finalizar el plan, incluida la muerte simulada del cliente, certificada por un médico a sueldo de la corporación, y su traslado tras el falso funeral a las dependencias secretas, donde viviría en plenitud aquella segunda oportunidad.

Así que su padre había ocultado a Sergio que, al igual que su madre, se encontraba aquejado de una grave enfermedad, en un estado avanzado de la dolencia y con pocas expectativas de curación. También había decidido de forma unilateral el contratar los servicios de aquella siniestra corporación. Incluso más que la noche de su muerte falsa, a Sergio le dolió el hecho de que su padre no confiara en él y que tuviera la sangre fría de despedirse con tranquilidad en el hospital aquella noche, sabiendo que no se iban a ver nunca más.

Al acabar de leer, Sergio, derrotado y más solo que nunca, tan sólo pudo pensar: Efectivamente, lo han conseguido. Esos hijos de perra han superado a Dios. A pesar de todo, que tengas buen viaje. Adiós, papá”.