Olivier d’Antoni

Portada_Dantoni_v2Hacía ya unos años que Olivier d’Antoni, un escritor totalmente desconocido hasta aquel momento, había conseguido el raro clamor unánime de crítica y público con la novela El artesano de almas”, primera entrega de una trilogía fantástica que desde la editorial habían bautizado con el nombre genérico de “El cielo en Tinieblas”, y que en el momento de iniciarse nuestra historia parecía haber quedado interrumpida.

El éxito de la novela había sido tan inesperado como absoluto. Tras un tímido inicio de vida comercial basado en el boca a boca de los lectores, desde la editorial se programó una intensa campaña publicitaria a nivel nacional, en diferentes soportes y sin escatimar gastos. El autor apareció en múltiples entrevistas de radio y televisión, ruedas de prensa, reportajes, eventos literarios y suplementos dominicales. Su impostado aspecto y refinados modales de ‘dandy’ de hace cien años le ayudaron a convertirse en una celebridad, casi al nivel de icono mediático. Su rostro reflejaba una madurez bien llevada, rematada por unos ojos penetrantes de color azul zafiro. Aparecía en público siempre impecable, por lo general con traje de chaqué de color oscuro y raya diplomática, pantalones perfectamente planchados y americana de un botón, chaleco a juego, camisa clara y un gran pañuelo rojo anudado al cuello. Coronaba su cabeza un sombrero de copa o en ocasiones un bombín, cubriendo un cabello oscuro, rizado y rebelde en escalada melena. La aguileña nariz quedaba algo suavizada por un gran bigote inglés acabado en puntas hacia abajo y una perilla bajo los labios en forma de gota invertida. Durante las entrevistas, en un estudiado gesto, gustaba de consultar la hora en un clásico reloj dorado de bolsillo. Su estilo marcó tendencia una buena temporada. Y lo que es más importante: vendió cientos de miles de ejemplares de su libro, que poco después fue traducido a un importante número de idiomas.

Más allá de su imagen y de su novela, poco se sabía del autor. Nadie pudo descubrir quién había sido hasta ese día, cuál era su origen, qué obras había escrito con anterioridad, su lugar de residencia, si tenía familia, o quienes formaban parte de su círculo de amistades. Desaparecía sin dejar rastro al final de cada entrevista o aparición pública, escoltado por la gente de la editorial, y no se volvía a saber de él hasta el siguiente evento. Durante más de un año y medio d’Antoni logró navegar con éxito sobre la ola mediática, hasta que su momento de gloria pareció desvanecerse cuando anunció en televisión su intención de continuar con la segunda parte de la trilogía. A partir de aquella declaración, la imagen bohemia del escritor desapareció de la escena pública como si de un añejo truco de magia se tratara. Muchos de los ansiosos lectores de la primera parte esperaron en vano el lanzamiento de su continuación durante meses. Numerosas hipótesis tomaron cuerpo, primero en los ambientes literarios, más tarde entre el público en general. Se especulaba con la posibilidad de un suicidio del autor en un país lejano, o con la idea de que aquel personaje fuera tan sólo la imagen pública de un juego experimental concebido por un grupo de periodistas locales que deseaban preservar su anonimato.