“Amigos para siempre”

Fútbol

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El locutor de televisión narraba la secuencia de la jugada, incrementando poco a poco el ritmo de su cantinela:

Sergio Busquets intercepta un balón en la línea de tres cuartos del ataque del Fútbol Club Barcelona…. Puede ser la última oportunidad del Barça para deshacer las tablas en esta trepidante y emocionante eliminatoria de semifinales de la Champions League, tras 180 minutos de intensidad y dureza…. Busquets pasa ahora a Iniesta, que le devuelve de primeras… Busquets hace un cambio de juego hacia la izquierda, desde donde se incorpora Neymar… Atención, Neymar desborda con un toque al defensa….. sigue avanzando hasta la línea de fondo… ¡cuidado que puede haber peligro!… Neymar centra hacia atrás, donde aparece Luis Suárez en el punto de penalti… ¡Pero Suárez deja pasar la pelota entre sus piernas, haciendo que Messi quede solo ante el portero! ¡¡¡¡Messi, Messi …. siiiii!!!! ¡¡¡¡¡ Gooooooooool, Goooooool, Gooooool!!!! ¡¡¡¡Goooool de Messi!!!! ¡No hay tiempo para más: El Barça, clasificado para una nueva final de la Liga de Campeones!

Fuera de sí, en el salón de su casa, Paco celebraba el gol de su equipo como si lo hubiera marcado él mismo. Saltaba sin control de una esquina a otra de la sala, y de allí al sofá. Lanzó el mando de la televisión hacia el techo, destrozándolo en mil pedazos. Pero en esos momentos, a él le daba lo mismo. Preso de una inexplicable euforia, se subió la parte superior del pijama y la pasó por encima de su cabeza. Luego, sin ver tres en un burro, se lanzó al suelo de rodillas, levantando los dos brazos al unísono para celebrar la clasificación para la final de la Champions, mientras rompía en gritos guturales hasta quedarse afónico y comenzaba a llorar de la emoción.

Su mujer asistía al espectáculo, entre atónita y atemorizada, desde una esquina del comedor. Nunca antes -al menos desde que estaban juntos, hacía ya más de veinte años- su marido había dado tales muestras de euforia incontrolable. Ni siquiera cuando bebía más de la cuenta, o cuando la madre de ella anunció que se marchaba a dar una vuelta al mundo que la iba a mantener lejos de casa durante un período mínimo de seis meses.

Sexo

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Sebas era capaz de reconocer para sus adentros que siempre había sido algo perezoso en las labores amatorias. De hecho, a medida que se iba haciendo mayor, el sexo había dejado de ser una prioridad y una necesidad fisiológica para transformarse en una especie de acuerdo tácito con Luisa, su pareja: un poco de placer compartido de vez en cuando, sin grandes estridencias, para después arroparse bajo las mantas, que al día siguiente había que ir a trabajar temprano.

No obstante, desde hacía unas cuantas semanas, Sebas experimentaba una nueva pulsión. No contento con los polvos protocolarios semanales, cada vez le pedía más y mejor sexo a Luisa, que no le rehusaba, encantada de seguir siendo capaz de despertar el deseo de su marido como cuando tenían veinte años.

Aquella noche lo habían hecho tres veces. Al acabar la tercera, exhausta, Luisa le preguntó:

– Pero, ¿Qué te pasa últimamente, león? ¿Te estás tomando algo y no me lo quieres confesar?

– Luisa, te juro que no. Es una pasión y una fuerza que me vienen de dentro. Como una segunda juventud…. Pero no tengo ni puñetera idea de donde viene toda esta energía.

– Me da lo mismo. Sólo quiero que siga así mucho tiempo – le dijo ella con ojos libidinosos.-

 

Running

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– ¿Otra vez te vas a correr?

– Sí.

– ¿Qué te ha dado con la tontería esa del running desde hace dos meses?

– No lo sé. Supongo que simplemente me he entrado el gusanillo.

– ¿Cómo?

– Que me gusta, y que me siento muy bien cuando acabo a pesar de terminar hecho polvo. No sé si me entiendes.

– No, no lo entiendo, si siempre me ha costado una barbaridad desincrustarte del sofá y sacarte de casa.

– Eso era antes. Ahora soy un hombre nuevo.

– ¿Un hombre nuevo? Tonterías, tú me estás engañando con otra.

– ¿Crees que te estoy engañando? ¿Que me pongo estas mallas, esta camiseta fosforito y estas zapatillas con destellos para irme de fiesta con otra mujer?

– No lo sé. La verdad es que si no es algo así, no tengo ninguna explicación alternativa. Si alguna vez que hemos ido al campo de excursión has venido reventado y con síntomas de alergia galopante a las flores y al aire libre.

– Ya te he dicho que he cambiado.

– Esto es muy raro. Algo te pasa por la cabeza y no sé qué es. Espero que no tengamos que ir a hacerte un TAC.

– No pienso seguir hablando de esto contigo. Si quieres te vienes conmigo un día, y comprobarás que lo único que hago es correr. Pero si te quedas atrás no pienses que me voy a parar a esperarte cada cinco minutos.

– No creerás que estoy tan loca como tú.  Te advierto que si esta noche llegas tarde tendrás que recalentarte la cena en el microondas porque yo no te voy a esperar para cenar.

– Vale…

Justo antes de que José Antonio saliera por la puerta, su mujer le envió el último dardo envenenado.

– Adelante, vete por ahí… ¿Pero sabes lo que pienso?

– ¿Qué?

– Que eso del correr está sobrevalorado.

Cervezas

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Martín siempre había sido un tipo apocado y tímido, poco dado a estridencias y salidas de tono. Pero aquella noche era diferente. Junto a unos cuantos compañeros de la oficina, se habían reunido en una de las cervecerías más céntricas y populares de la ciudad para celebrar el éxito de ventas del trimestre anterior.

Él, discreto, siempre solía mojar los labios poco a poco en su jarra de cerveza, haciendo durar su consumición tres veces más que la de sus amigos. De otra manera, el alcohol le afectaba demasiado y muy pronto le hacía sentirse cansado y deprimido. Pero esa noche era diferente: se sentía optimista, y en lugar de hacerle perderse en brumas, cada nueva jarra de cerveza hacía que su mente se encontrara más despejada. Mucho más de lo que había estado nunca.

Su amigo Antonio se dirigió a él tras pedir la cuarta ronda.

– Martín, ¿te encuentras bien?

– Estoy fresco como una rosa, Toni.

– ¿Estás seguro? ¡Si tú no bebes nunca, y creo que esta es tu tercera o cuarta cerveza de la noche!

– Totalmente seguro. Te prometo que estoy bien, con fuerza y poderoso. De hecho, mañana pienso hablar con el jefe y le voy a pedir aumento de sueldo. Y… ¿te suena Marina de contabilidad? Voy a invitarla a cenar, mañana mismo también.

– ¿Marina? ¿La chavala esa que está como un queso? No sé si podrás subir esa montaña, amigo.

– Yo lo intento, y si me dice que no, pues a por otra. Y si me dice que sí, ¿cómo te quedarías?… Apuesto a que os dejaría de piedra a todos vosotros.

– Martín, dime la verdad… ¿te has tomado algo más que las cervezas?

– Te juro que no. Sólo es que desde hace algunas semanas me siento a tope y el alcohol no me afecta como antes.

– Tú no me engañas: aunque no lo aparentes, estás totalmente borracho y no sabes lo que dices. Ven, que vamos a comprobar una cosita.

– Sin problemas.

Toni y Martín se dirigieron hacia la salida de la cervecería, en dónde se encontraba un aparado medidor de alcoholemia. Por supuesto, no iba a ser tan preciso como el de la guardia de tráfico, pero al menos Toni quería comprobar si Martín estaba tan afectado por las cervezas que su mente se encontraba en una especie de estado de lucidez temporal, previa a la tormenta de la borrachera y la resaca.

Mientras Martín soplaba por el extremo de una pajita de plástico unida por el otro lado a la máquina, el resto de compañeros se acercaban poco a poco, curiosos. Algunos empezaron a vitorearle un poco antes de acabar. Al hacerlo, Martín se apartó hacia un lado. Entonces Toni se acercó al visor digital de la máquina y anunció el resultado a la concurrencia, que estalló en aplausos y carcajadas.

– ¡Es cierto, el muy cabrón ha dado 0.0!

El aniversario.

Paco, Sebas y Jose Antonio habían llegado puntuales a la cita en el restaurante favorito del grupo. Era el primer aniversario desde que Santi, su amigo y compañero de toda la vida, les había dejado huérfanos y con un vacío en el corazón que ninguno de ellos había podido llenar hasta el momento. Santi era un ser único, divertido, gran bebedor, deportista, muy forofo del Barça y un diablillo con las chicas, soltero recalcitrante. Aunque su existencia había sido relativamente corta, sus amigos sabían que había disfrutado cada minuto como si fuera el último, aprovechando más su estancia en la tierra que la mayoría de gente que llegara a cumplir cien años.

Una vez, poco antes de marcharse para siempre, Santi -en una especie de premonición macabra- les había hecho prometer que el día que él no estuviera, como homenaje, debían tratar de continuar con sus virtudes y olvidarse de sus defectos, sin duda también muy numerosos. Los demás, como es obvio, se tomaron a broma sus palabras sin saber que el fin de su amigo estaba realmente cercano.

Un cuarto de hora más tarde, llegó Martín, y se sentó a la mesa. Su rostro aparecía blanco como una lápida de mármol.

– Tío, ¿qué te pasa? ¡Parece que hayas visto un fantasma!

– Pues casi, casi.

– Cálmate y nos explicas… ¿Te pido una tila?

– ¿Una tila? Lo que necesito es un gin-tonic.

– ¿A las dos de la tarde? ¿Tú? Realmente debe ser grave lo que te ha pasado.

– No os lo váis a creer. Pero antes que nada, quiero haceros una pregunta. ¿Últimamente, habéis notado algún cambio en vosotros?

– Yo tengo cada vez más canas y menos pelo, ¿te refieres a eso? – dijo Sebas.

– No exactamente. Me refiero a cambios de actitud, de vitalidad, de ganas de vivir…

Los otros se miraron entre sí. Sabían que la respuesta era positiva, y comenzaron a explicar sus nuevas aficiones y puntos de vista en la vida. Cuando concluyeron, Martín volvió a hablar.

– Precisamente, algo parecido me está pasando a mí desde hace unos pocos meses. De repente tengo unas ganas locas de vivir y de hacer cosas que nunca había hecho antes, y el alcohol no me afecta para nada. Al principio me extrañaba porque, que yo supiera, no estaba tomando complementos vitamínicos ni me estaba drogando. Entonces empecé a atar cabos.

– ¿Cabos? ¿De qué estás hablando, Martín?

– Vayamos paso a paso, os lo explicaré todo pero tened paciencia.

Martín sacó una cajita de terciopelo verde del bolsillo de su chaqueta, y la abrió, mostrando el contenido a sus compañeros. En su interior se podía ver un pequeño diamante engarzado en un anillo dorado.

– Cuando me llamó el notario para entregarme este anillo como parte de la herencia de Santi, no os lo quise comentar porque suponía que era algo personal que me había dejado como prueba de nuestra amistad, y no quería heriros si yo había sido el elegido entre los cuatro. Pero me temo que no es el único anillo con diamante que tenemos, ¿o me equivoco, chicos?

De nuevo los otros tres se miraron entre sí, hasta que Jose Antonio habló.

– Es verdad: yo también fui al notario y me entregó otro anillo muy parecido. No os lo dije por las mismas razones que Martín. Nuestra amistad no podía romperse por una cosa así.

Los otros dos confirmaron que habían sido convocados por el mismo notario en el mismo período, tras morir Santi. Martín podía acabar de explicar la historia.

– Es decir, que cada uno de nosotros tenemos un pequeño diamante, cuatro en total… Atentos, que ahora viene lo bueno. ¿A qué no sabéis de dónde había sacado Santi estos cuatro diamantes?

– Sorpréndenos – dijo Paco, temiéndose cualquier salida de su antiguo e imprevisible amigo.-

– Veréis, mi cambio de actitud empezó a reflejarse poco después de recibir el diamante. Así que esta mañana, con motivo de nuestra cita, he decidido tomar el toro por los cuernos y llamar a la madre de Santi.

– ¿Y qué te ha explicado?

– Sentaros bien en las sillas. Santi no compró los diamantes.

– ¿Qué quieres decir, que son robados?

– No. Quiero decir que esos diamantes… son Santi.

– ¿Qué coño estás diciendo, chalado? No te acabes el gin tonic, por favor.

– Estoy siendo totalmente sincero. Estos diamantes han sido producidos con las cenizas de Santi. Me lo ha confirmado su madre esta mañana. Antes de marcharse, él le pidió que mantuviera el secreto, pero ha acabado confesándomelo.

José Antonio, Paco y Sebas se habían quedado sin palabras. Martín seguía hablando.

– El proceso es muy sencillo, y dura entre cuatro y cinco semanas tras la incineración. Por lo que me ha explicado, en primer lugar las cenizas son convertidas en carbono, y luego pasan por otro proceso para convertirlas en grafito. Una vez realizada la transformación química, el material se purifica varias veces, y se expone a temperaturas de 1.700 grados. Mientras, se va preparando el ambiente donde se realizará el cultivo.  Al cabo de unas semanas el material se convierte en una hermosa gema de diamante, un diamante en bruto, que será pulido y tallado hasta dar como resultado las piedras que hemos heredado.

– Joder, estoy alucinando.

– Al parecer, cada diamante humano requiere de 500 gramos de cenizas. Como cada cuerpo deja en promedio entre 2.5 y 3 kilos de cenizas, pueden realizarse hasta 5 diamantes por persona. El primero de los diamantes de Santi iba a ser para su madre, y los otros cuatro nos los dejó a nosotros. Según ella, fue una de sus últimas voluntades cuando vio el fin cercano. Antes de morir le dijo que quería estar siempre con nosotros, y que no se le ocurría una mejor manera que hacerlo que ésta.

– Santi, genio y figura. Así que, por alguna razón que no podemos justificar, estos diamantes nos han hecho adquirir sin saberlo su actitud ante la vida. Gracias, amigo. – dijo Sebas.-

– No declares eso en un juzgado o te tomarán por loco, -añadió Paco entre sonrisas.- Que grande eras, y que grande serás siempre, cabrón, estés donde estés, – concluyó.-

Los cuatro amigos levantaron sus copas y brindaron mirando hacia el cielo, desde donde bien seguro Santi continuaba velando por ellos, potenciándoles las habilidades y las aficiones que una vez hicieron de él un campeón entre campeones.

Fin.

Dedicado a mis amigos Sergi y Manolo, co-guionistas de este desaguisado durante una tarde de chistes y cervezas. ¡Por la amistad, y para siempre!

P.D. Verdugo.