Miquel Setcases

Portada_MiquelEntender las complejas aristas de la personalidad de Miquel Setcases sería tarea imposible sin repasar antes sus condicionantes y antecedentes familiares. El padre de Miquel, bautizado con el nombre de Eduardo Federico Setcases i Vallmajó, había nacido en Barcelona en plena Guerra Civil, en el seno de una familia perteneciente a la añeja burguesía catalana, un grupo de clanes que, cual lagartijas arrimándose al sol que más calienta, siempre habían contado con la habilidad suficiente para estar próximos a las huestes vencedoras en todos los conflictos que habían asolado la ciudad desde tiempos inmemoriales. Por tanto era la suya una estirpe bien posicionada por aquel entonces, pero lo fue mucho más al finalizar la guerra. El padre de Eduardo -y por tanto abuelo de Miquel- era un ambicioso e intrigante emprendedor llamado Arturo Setcases i Sanahuja. Como premio a su fidelidad al bando ganador recibió un par de fábricas textiles al finalizar la guerra, una en el barrio de Poblenou de la misma Barcelona y otra en Mataró. El abuelo Setcases tuvo hasta seis hijos con su esposa oficial, tres niños y tres niñas. Siempre tuvo especial cuidado en no dejar embarazada a alguna de sus numerosas amantes, pues no deseaba hijos bastardos que pudieran beneficiarse de parte de su herencia. Instalados desde los inicios de la posguerra, la familia vivía en un palacete modernista situado en pleno barrio gótico. Durante sus mejores años, aquellas paredes fueron testigos de una rebosante actividad, entre fiestas, recepciones, bailes y cenas de gala con lo más granado de los linajes de la ciudad, sirvientes arriba y abajo, y niños corriendo entre las habitaciones perseguidos por sus cuidadoras. No obstante, la infancia de Eduardo Setcases no fue todo lo agradable que se podría suponer. Su padre, un tanto liberal como hemos visto en temas sociales, era extremadamente severo en las cuestiones familiares, y reprendía a su prole con violencia física y psicológica al más mínimo comportamiento erróneo. Utilizó a su primogénito Eduardo como ejemplo para el resto en un buen número de ocasiones.

A los once años fue enviado a un caro internado en Suiza, donde aparte de disciplina e idiomas, bien pocas cosas útiles le inculcaron. Una de ellas es que en su entorno había dos tipos de personas, las que eran servidas y las que servían. O lo que es lo mismo, las que tenían dinero –como ellos- y las que no.

El joven Setcases no estaba a favor de tales argumentos y distinciones de clase, lo que le llevó a no pocos conflictos con sus docentes en el internado. Volvió a casa al cumplir los diecisiete, cuando se matriculó en derecho en la Universidad de Barcelona. Como recibimiento, su padre le regaló una noche iniciática con la más preciosa de las chicas de la más exclusiva casa de citas para caballeros de la época. Ya conocido por todos como Eduard, no tuvo problemas para acabar la carrera con brillantísimas calificaciones, aunque su círculo de amistades seguía tan limitado como cuando se había marchado a Suiza.

Llegaron entonces los difíciles años sesenta para el clan. Los nuevos ministros tecnócratas del régimen habían diseñado una serie de estrategias económicas para fomentar la apertura del país al resto de Europa, haciendo que disminuyera el proteccionismo oficial con las industrias locales y que muchas de éstas se encontraran en problemas debido a la incipiente competencia. Este fue el caso de las empresas Setcases, a pesar de que las malas lenguas de la época apuntaron más bien a una relación inapropiada con una joven hija de un militar para explicar la caída en desgracia del patriarca de la familia. Tras una serie de desastrosas inversiones, Arturo Setcases perdió las fábricas, el palacete, los automóviles de lujo, la residencia estival en Camprodón, y también el palco en el Liceo. La familia se arruinó totalmente. Él y su sufridora esposa, siempre a su lado a pesar de todas las traiciones, emigraron a América del Sur con sus dos hijas pequeñas, donde emprendieron una nueva vida al amparo de algún otro sombrío dictador, aunque nunca tan exitosa como la que dejaron atrás.

Los hijos mayores se quedaron en el país y se las arreglaron como pudieron. Pero en lo que respecta al primogénito, aquella crisis familiar no le afectó tanto como cabría esperar. Se había desligado del yugo paterno pocos años antes y había decidido empezar casi de cero. Al acabar la carrera ingresó como profesor de Derecho Penal en la Facultad de la Universidad de Barcelona con un sueldo relativamente modesto. Poco después se enamoró de una chica que había conocido en la facultad, y acabó casándose con ella. Mientras tanto participó, de incógnito, en movimientos sociales y manifestaciones contrarias al régimen. Abrió un pequeño bufete de abogados. Se prometió a sí mismo ser fiel a sus principios y a su esposa, y trabajar en una idea de vida diferente a la que su padre y el régimen le habían acostumbrado. Creía en la democracia y en el pueblo, todo lo contrario de lo que había defendido Artur Setcases, el patriarca de la familia. En lo único en lo que siguió siendo como su padre fue en lo relativo a la fe. Eduard siguió siendo un profundo creyente y practicante cristiano.

Fueron años de ideales elevados para Eduard. Pero poco a poco, el éxito inevitable de su estilo de vida dedicado, recto y discreto se encargó de rebajar dichos ideales a los niveles necesarios para no sentirse obligado a renunciar a los beneficios conseguidos. En primer lugar, tras la muerte del dictador Franco, al entrar el país en un proceso de transición democrática, las cosas le empezaron a ir bien en el bufete de abogados. Tan bien que pronto se convirtió en uno de los despachos más prestigiosos de la ciudad, atrayendo tanto a los mejores profesionales del derecho como a todo tipo de clientes, colmando sus arcas y haciendo muy ricos a sus socios. Tanto, que a principios de los ochenta Eduard adquirió de nuevo el palacete que su familia había perdido veinte años atrás. Allí colocó a su familia, que constaba de esposa y cinco hijos, cuatro varones y una chica, la más joven. Miquel había sido el tercero en llegar. También por aquellos años fue nombrado catedrático de derecho penal, y gozaba de gran reconocimiento en los ambientes universitarios y profesionales relativos a su campo.

Como el resto de sus hermanos, Miquel fue criado en un entorno entre culto y bohemio, con abogados y políticos ocupando de nuevo las tertulias y habitaciones primero del piso familiar, más tarde del palacete modernista. Pero también con gentes de los ambientes literarios o de las artes escénicas de la ciudad.

A pesar de todo, Miquel tenía un problema que le hacía un poco diferente a los demás.