Héctor Gálvez

Portada_HectorEn ocasiones Héctor recordaba aquella imagen: una niña, llorando y medio escondida tras un árbol del parque, mientras paralizada por el miedo observaba como a unos pocos metros de distancia un grupito de cuatro o cinco preadolescentes, de unos catorce o quince años, daba patadas a otro chico, que rebozado en un suelo de tierra seca no podía decidir si era mejor tratar de levantarse y salir corriendo, combatir en desventaja o seguir cubriéndose el abdomen con los brazos. Por supuesto, el chico era él mismo, y lo curioso del caso es que hasta cinco minutos antes de tal escena, él consideraba como sus amigos a los mismos que le estaban propinando la paliza. Tantos años después, Héctor reconocía que en aquella época de su vida no podía ser considerado como un modelo de comportamiento. Tercer hijo de una humilde familia, vivía con sus padres y dos hermanas mayores en un pequeño piso de un barrio obrero de Badalona, allí donde la ciudad hacía frontera con su vecina suburbial, Santa Coloma de Gramanet. Por aquel entonces había dejado la EGB sin conseguir el graduado escolar, puesto que no le gustaba estudiar y prefería pasar el día callejeando con una pandilla de amigos más o menos en su misma situación, moviéndose entre su barrio y la zona de la Calle del Mar, fumando los primeros pitillos que alguien había sustraído a sus hermanos mayores – o directamente en el quiosco donde los vendían sueltos-, y dejando pasar el tiempo en la playa si hacía sol, o en los salones recreativos de la Rambla de Badalona cuando llovía o el viento era demasiado cortante para sufrirlo demasiado tiempo en plena calle. No tenían prisa, y no esperaban demasiado del futuro.

Hasta que llegó aquel día. Con sus amigos, habían llegado hasta un pequeño parque situado cerca del centro. En un banco, compartían una litrona de cerveza que alguno de ellos había podido desvalijar de la nevera familiar. Reían y se metían con la gente que andaba por allí. Hasta que una niñita despreocupada de unos doce o trece años pasó por delante de ellos en dirección a su colegio, una escuela religiosa regentada por un grupo de monjas pertenecientes a las misioneras de la Sagrada Familia de Nazaret. Llevaba el correspondiente uniforme escolar, unos calcetines blancos que le llegaban a la altura de las rodillas, zapatos de charol negros y a la espalda una enorme cartera cargada de libros. Uno de los colegas de Héctor lanzó un comentario soez a la chica, que se asustó un poco y apresuró la marcha. Cuando un segundo compañero intentó hacerse el gracioso con un nuevo comentario poco afortunado, Héctor se enfadó con ellos y les pidió que dejaran en paz a la niña. Los otros, poco acostumbrados a que les levantaran la voz, se indignaron e insultaron a su compañero, algo que no era inhabitual cuando estallaba algún conflicto entre ellos. Pero en aquella ocasión Héctor no pudo soportar que se metieran con aquella niña, ni tampoco que se mofaran de él en su propia cara, así que se revolvió y dio un empujón a uno de los gañanes. La discusión se fue complicando irremisiblemente hasta que llegaron a las manos, en un combate desigual de cuatro contra uno.

Por fortuna para Héctor, los matones se cansaron pronto de atizarle. O tal vez vieron alguien acercándose, pero el caso es que de repente se marcharon corriendo y le dejaron allí, sólo y magullado, tirado en el suelo y escupiendo tierra.

Con más dolor en el alma que en los riñones, Héctor se incorporó, y volvió a sentarse, exhausto, en el banco que con anterioridad había estado compartiendo con sus ex compinches. Tenía rasguños por toda la cara, un ojo hinchado y la chaqueta rajada por tres sitios. Por el rabillo del ojo bueno consiguió ver una figura que se acercaba cautelosamente. Era la niña que había tratado de defender, que le preguntó con inocencia.

– ¿Estás bien?

– Sí. Déjame tranquilo, vete – contestó Héctor, herido en su orgullo.-

– Gracias por lo que has hecho.

– No he hecho nada especial, por tanto nada tienes que agradecerme.

– He oído lo que me habían dicho esos chicos, y que tú les has pedido que no siguieran.

– Pues te equivocas, les he dicho que eran unas nenazas y que con eso no iban a asustar ni a mi abuela.

– Ya veo. Por eso te han pegado, ¿no?

– Te he dicho que me dejes en paz. Vuelve a tu colegio con las monjitas.

– Eso haré, pero antes déjame que te ayude.

La niña sacó un pañuelo de tela de su cartera, corrió a una fuente que estaba a unos metros de distancia, y humedeció el pañuelo con agua fresca. Volvió al banco donde descansaba Héctor, y con cuidado le limpió el barro y la sangre de las heridas de la cara. Sin ser consciente de ello, Héctor se relajó un poco y bajó la guardia. Cuando pudo recuperar la atención, tan sólo pudo ver que la niña había salido corriendo en dirección a su colegio, sin decir nada más. En su camino se volvió un par de veces para mirar y sonreír tímidamente a su benefactor. Tras perderle de vista, Héctor miró el pañuelo que ella había dejado a su lado. Lo tomó en sus manos, todavía mojado y sucio, y se lo metió en un bolsillo de su pantalón. Algo había cambiado en su mundo, desde aquel momento y para siempre.