“El visitante inesperado”

1. LA SALIDA.
El día se había levantado fresco pero despejado, el tiempo ideal para lo que habíamos planeado como un relajante fin de semana de invierno en los Pirineos. Tras conducir un par de centenares de cómodos kilómetros a través de autopistas y carreteras comarcales, nos desviamos por una vía rural que se iniciaba en la base de una de las múltiples elevaciones montañosas de la zona.

Desde allí, entre verdes campos y tramos sin asfaltar salpicados de boñigas de vaca, una sinuosa carretera nos conduciría hasta nuestro destino. Tras casi nueve kilómetros de lenta subida, detuvimos los coches al lado de la primera casa del minúsculo pueblo, en la parte más baja. Elevando la vista se mostraban orgullosas no más de una veintena de casas esparcidas sin orden por la ladera, sobre las cuales reinaban las ruinas de un castillo medieval. Un bonito lugar con un halo mágico alrededor, sin duda.

Nuestros amigos, con los cuales íbamos a compartir la casa que habíamos alquilado, aparcaron tras nosotros. Los niños de cada pareja, nerviosos por el largo trayecto, bajaron rápidamente de los coches. Tras estirar un poco las piernas, nos adentramos en el pueblo, totalmente vacío en apariencia. Todas las viviendas eran de piedra y pizarra, algunas de las cuales -entre ellas aquella que íbamos a habitar los próximos dos días- habían sido restauradas.

En la puerta de aquella casa nos recibió la dueña, una señora de unos cuarenta años con el rostro surcado de arruguitas, y los mofletes rosados.

– Hola, soy Araceli, de Can Vidal. Hablé con alguna de vosotras – se dirigió a las chicas- para concretar el alquiler y quedar hoy. Supongo que es la primera vez que os acercáis a Sant Andreu de la Font, ¿Verdad?

– Sí, la primera- respondimos todos al unísono.

– Estupendo, estoy segura de que este pueblecito os va a encantar. Desde la iglesia hay unas vistas preciosas al valle.

– ¿Cuanta gente habita en él hoy en día? – preguntó uno de nosotros.

– Uy, aquí habrá actualmente alrededor de veinte casas mal contadas – respondió la lugareña -. En verano, hay bastante movimiento. Pero ahora en invierno tan sólo vive una familia de forma permanente. Y este fin de semana no están.

– ¿Entonces tú y tu familia no vivís aquí?

– Esta era la casa familiar hasta que fallecieron mis padres, pero actualmente vivimos en Sort, la capital de la comarca.

– ¿Quieres decir que estaremos solos en el pueblo durante el fin de semana?

– Bueno, solos no creo. Siempre hay turistas que suben a visitar el pueblo o gente que mantiene aquí una segunda vivienda que decide pasar el fin de semana de vez en cuando. Y también están las brujas del lugar – dijo la señora con una sonrisa enigmática.

– ¿Brujas? Respondimos todos, sorprendidos. Los ojos de los más pequeños se abrieron como platos.

– Efectivamente – respondió ella, visiblemente satisfecha de poder explicar una vez más la historia- . El pueblo tiene su origen en la segunda parte del siglo XI. Desde entonces, campesinos y ganaderos, pero también caballeros, nobles, embajadores, abades, consejeros y políticos han nacido y crecido aquí. Y tampoco nos podemos olvidar de las brujas. En el año 1.510, el dominio cayó bajo el gobierno de los Condes de Cardona, que para reforzar su poder, iniciaron procesos de brujería contra las habitantes de lugar. Berenguer de Copons, nombrado Procurador General y Administrador del Condado de Vilamur, emprendió una caza de brujas que se prolongó durante todo el siglo XVI, con un número indeterminado de procesos, delaciones, venganzas y falsedades, en detrimento de los lazos sociales del pequeño pueblo y de su capacidad de resistencia contra los señores feudales.

– Fascinante, – respondió nuestro amigo Toni. – Sigue, por favor.

– Y así sucedió que en 1.576, tuvo lugar el juicio de tres de aquellas desdichadas en la sala grande del castillo de los condes, ahí arriba.

– ¿Ese que está en ruinas?

– El mismo. Estuvo en pie hasta inicios del siglo XX, cuando quedó deshabitado totalmente.

– ¿Y qué pasó con las brujas?- preguntó Beatriz, la compañera de Toni mientras abrazaba a una de sus hijas, ya algo asustada con la historia.

– Fueron condenadas a la hoguera, siendo la sentencia ejecutada el día después en la pradera que acoge la torre del mismo castillo, bajo la atenta mirada del resto de habitantes del pueblo. Se dice que una de ellas, mientras se abrasaba en la hoguera, pronunció un hechizo por el cual el pueblo caería bajo una serie de plagas que ella misma en persona se encargaría de ejecutar.

– Je je je.. – sonreí yo sin evaluar las posibles consecuencias- la típica historia de la bruja cuyo espíritu queda vagando por el pueblo tras morir acusada injustamente por la inquisición.

– No te lo tomes a broma, muchacho – me cortó seriamente Araceli-. Un mes justo después del proceso, durante una gran tormenta un rayo destruyó la torre del castillo, y otro propagó un incendio en el pueblo. Esa sólo fue la primera de las maldiciones que han ido azotando al pueblo a lo largo de los siglos. Sequías, nevadas continuadas de varias semanas de duración, más incendios, éxodo, hambres, enfermedades…

– Vamos, lo típico en un pueblo aislado de alta montaña – seguí yo desafiando a la historia de terror que nos explicaba la aldeana.

– Algo molesta, Araceli concluyó la conversación.

– Como quieras, pero no deberías tomar a guasa las tradiciones y la historia oral de un pueblo. Algunas tardes de invierno, si se afina el oído, se puede oir el lamento de las brujas atravesando las calles del pueblo.

– Lo siento, no pretendía ser maleducado, es que soy de ciencias- intenté disculparme sin demasiado éxito.

La broma no provocó cambio alguno en el semblante de la anfitriona. Simplemente dejó de hablar, giró sobre sus pies, se dirigió a la puerta de la casona, la abrió y nos invitó a pasar. Durante ese intervalo de breves segundos, mi mujer tuvo tiempo de matarme con la mirada un par de veces.

Una vez dentro, comprobamos que el interior, incluídos muebles, electrodomésticos y decoración, era nuevo y magnífico, y estaba sobradamente equipado para las inclemencias del invierno, incluyendo en la sala de estar una bonita chimenea.

Araceli nos explicó que la casa había sido restaurada recientemente. Nos mostró las habitaciones y el funcionamiento de la moderna calefacción por radiadores, que ya había iniciado su trabajo, por lo que la casa se encontraba a una temperatura confortable. Desde el balcón se vislumbraban un buen número de picos nevados, varios pueblos más abajo en el valle, así como la carretera que lo cruzaba.

Tras explicarnos los últimos detalles, procedimos a pagar la estancia. La dueña de la casa nos entregó las llaves de la casa y preguntó si teníamos alguna cuestión más.

– Muchas gracias, por nuestra parte todo parece bien- le contestamos.

– Estupendo. Una cosa más: Si le va bien, le pediré a mi marido que suba a media tarde para comprobar que la calefacción funciona correctamente y que no necesitáis nada.

– Muchas gracias, pero no creo que haga falta, – contestó Toni. – Llevamos en los coches comida, bebida, juguetes, mantas, y todo lo necesario para pasar el fin de semana. No hagas subir a tu marido los nueve kilómetros de curvas solo para ésto. Además, si hay algún problema tenemos móviles y por lo que veo hay buena cobertura.

– No es ningún esfuerzo, la verdad. Tenemos huertos cerca de aquí, y hay que cuidarlos. Para nosotros es sencillo subir, nos conocemos las grietas y desconchones de cada curva de la carretera – concluyó ella con una sonrisa sincera.

– Gracias. Seguro que estaremos bien. Como hemos acordado, mañana por la tarde, después de comer, recogeremos todo y te dejaremos las llaves encima de la mesa de la cocina.

Tras comprobar que todo quedaba bajo control, Araceli se despidió, salió de la casa y cerró suavemente la puerta. Desde la ventana observamos como su figura se perdía entre las otras casas. Acto seguido salimos a la calle de nuevo para traspasar todas las bolsas con ropa, enseres, comida y bebida, desde los coches hasta el interior de la casa, y comenzamos a preparar la comida del sábado. Tras comer, recoger y lavar la cubertería, los cacharros, los platos y los vasos, nos dedicamos a descansar un rato en los cómodos sofás de la sala de estar, mientras los niños jugaban con sus videoconsolas portátiles y las niñas quedaban sentadas a la mesa mientras dibujaban princesitas góticas de labios negros.

A media tarde, decidimos salir a visitar el pueblo. Nos colocamos los anoraks y los guantes, y abandonamos nuestro refugio. Una fría temperatura nos recibió en el exterior, mientras arriba en la montaña un banco de densa niebla amenazaba con cubrir al pueblo en breve. No obstante, enfilamos la puerta y callejeamos un buen rato, sin vislumbrar ningún alma. O quizás sí, puesto que en realidad nos cruzamos con un par de gatos.

Casi sin darnos cuenta, la niebla había tomado las cuatro calles del pueblo mientras la oscuridad de la tarde amenazaba con hacer caer a alguno de los niños al suelo, irregular y empedrado, por lo que decidimos volver al calor de la chimenea. A esa hora, las luces exteriores de algunas casas se encontraban encendidas, a pesar de no habernos topado con persona humana alguna durante nuestro paseo.

Nada más entrar encendimos en el hogar unos troncos que habíamos recogido de la leñera, en el exterior de la casa. La temperatura volvió a subir mientras preparábamos la cena. Primero para las criaturas, luego lo haríamos más tranquilamente los mayores.

Una vez los pequeños hubieron acabado, las dos parejas nos sentamos a cenar, mientras algunos niños jugaban a un juego de mesa y el resto veía la televisión. Una escena relajante para una noche que aún deparaba alguna que otra sorpresa.

2. EL VISITANTE.

A media cena, sonaron de repente unos toquecitos en la puerta principal. Nos miramos sorprendidos puesto que ya era tarde, cerca de las diez de la noche, y por supuesto no esperábamos visita alguna a esas horas. Mi amigo Toni se levantó, y abrió la puerta con cuidado, poco a poco. Un hombre esperaba fuera con una bolsa de plástico en una mano y un extraño objeto en la otra.

– Hola, buenas noches. Soy Joanot Vidal, de los Vidal de Sant Andreu. Os traigo unos obsequios.

– Pase, pase por favor – dijo Toni algo sorprendido mientras nos miraba sin saber muy bien qué hacer en realidad. El resto nos encogimos de hombros pero activamos los sentidos por si detectábamos algún comportamiento sospechoso o peligroso en el desconocido. La situación no era muy normal y las alertas se disparan en estos casos.

– Gracias. -dijo él mientras pasaba al interior- Solía vivir en esta casa, está bastante cambiada.- El visitante ofrecía un aspecto algo desmadejado. El cabello algo largo, descuidado y canoso, la cara surcada de arrugas, el bigote abundante y la barba de varios días. Sus ojos eran intensamente azules, brillantes y tristes a la vez. Una chaqueta antigua cubría su camisa desgastada a rayas. Unos pantalones de pana oscuros, manchados de tierra y rotos por los bajos cubrían sus piernas, mientras unas botas de aspecto militar aún más sucias completaban el cuadro.

– Que aproveche.- comentó el recién llegado.

– Gracias, – respondieron las chicas.- ¿Quiere un poco? – Añadieron utilizando la fórmula que habían aprendido de sus familias cuando alguien se presentaba de imprevisto en mitad de una comida o cena.

– No gracias, no tengo hambre. – Contestó el tal Joanot. – De hecho os traía algo de comida.

Enseñó el contenido de su bolsa: Estaba llena de patatas cubiertas aún con tierra, como si las hubiera acabado de recoger. Llegué a la conclusión de que serían del huerto familiar y que el sujeto era el marido de Araceli. La bolsa contenía además una botella de vino cubierta de polvo. Joanot entregó la bolsa a Toni, que procedió a dejarla en la cocina antes de volver al grupo.

El visitante mostró entonces el otro objeto que había traído consigo: una pequeña y ajada maleta, de la cual extrajo un acordeón. Los niños, hasta ese momento en segundo plano, se acercaron a observar el instrumento. La más pequeña preguntó:

– ¿Qué es eso?

– Es un acordeón diatónico – respondió el visitante. – Se diferencia del acordeón normal, o cromático, porque en este su estructura musical depende de algunas escalas determinadas y fijas en el instrumento. Es muy típico en los Pirineos. En un lado tiene los bajos y acordes que usualmente se usan para acompañar la música o melodía que se interpreta en el otro lado, donde la nota de una misma tecla redonda cambia dependiendo si el aire sale o entra.

– Pero ¿Funciona? – La chiquilla cortó la explicación; quería ir al grano.

– ¡Claro que sí! ¿Queréis que la probemos? – Preguntó Joanot al grupo de niños, que ya se arremolinaba a su alrededor.

– !Siiiiiiiiii¡ – Respondieron todos al unísono, con ilusión, mientras los padres nos mirábamos extrañados por el extraño comportamiento del visitante. Observamos con algo de aprensión como los niños se acercaban al desconocido sin miedo alguno. Diría que alguno de los adultos echó un vistazo a la situación de los cuchillos de cocina, para tenerlos controlados frente a cualquier eventualidad.

El visitante entonó algunas canciones infantiles en un idioma un tanto incomprensible, e instó a los niños a acompañarle.

– ¿En qué idioma estás cantando? – preguntó uno de ellos.

– Es una variante del catalán que se usaba hasta hace algunos años aquí, en los Pirineos. – respondió el inesperado trovador, sin dejar de tocar el instrumento.

Las canciones se prolongaron durante un buen rato, hasta que supongo que el músico interpretó alguna de nuestras miradas impacientes.

– Creo que es un poco tarde, os debería dejar acabar de cenar – dijo, tras lo cual se descolgó el instrumento del cuello y se dispuso a guardarlo en su maleta.

De nuevo, fue interrumpido por la más pequeña:

– Por favor, ¿Podría hacerme una foto con el acordeón?

– Claro que sí, guapa, – dijo él mientras le colocaba la cinta por encima de los hombros y le ayudaba a aguantar el pesado instrumento. En ese momento, Toni sacó con el teléfono móvil un par de fotos de la niña, con Joanot y el acordeón.

Tras las fotos el visitante guardó el instrumento en la maleta, y se despidió de todos.

– Gracias por este ratito; veo que la casa ha quedado muy bien. Que paséis una buena noche, yo me vuelvo por donde vine, quedo tranquilo.

Los demás devolvimos el saludo y le acompañamos a la puerta, con un cierto alivio al ver que quedábamos solos de nuevo. Toni se dispuso a cerrar el portal.

– Toni, cierra bien la puerta con llave, por favor, le dijo su mujer. No me fío de ese tipo, me daba mala espina y he estado todo el rato pendiente de que no hiciera nada raro.

– Beatriz, – le dije yo- , creo que todos hemos tenido la misma sensación. Este Joanot tenía algo extraño en la mirada y en su comportamiento. Igual es que somos demasiado de ciudad y esto de visitar a los vecinos en mitad de la noche, que es normal en los pueblos, no lo es para nosotros…

– Quizás, pero te aseguro que no me fío de estas patatas roñosas y llenas de tierra que ha traído. Siempre que nos vamos de casa rural nos pasa algo raro.

Todos reímos con la ocurrencia de Bea, algo más relajados. El resto de la noche transcurrió sin más sobresaltos, así como el día siguiente, durante el cual visitamos en profundidad el pueblo y otros preciosos lugares del valle. Así llegó la hora de partir.

3. PREGUNTAS SIN RESPUESTA.

Mientras estábamos cargando los coches para la vuelta, se presentó Araceli, la dueña.

– Hola, como hacía buen tiempo he subido un poco antes a por las llaves, ¿Qué tal ha ido todo? ¿Os ha gustado la visita?

– Todo muy bonito y tranquilo, un lugar bucólico y relajante – dijo Toni.

– Me alegro de que os haya gustado. Por cierto, disculpad que ayer mi marido no se pudiera pasar, tuvo que ir a Tremp a hacer una visita y ya se le hizo tarde.

En ese momento todos nos miramos extrañados. Mi mujer fue la primera que reaccionó.

– Ehhh. Perdona, creo que hay un malentendido. Tu marido vino ayer, algo tarde. Sobre las diez de la noche.

– ¿Mi marido? – respondió Araceli.- Imposible, estuve con él en casa a partir de las ocho, cuando llegó de la visita. ¿No me estaréis vacilando por la historia que os expliqué ayer de las brujas? Era por supuesto una leyenda, os la expliqué para ambientaros un poco en la historia del pueblo.

– No, en serio: no estamos bromeando. – dije yo. – Pero entonces, ¿Quién es ese tal Joanot Vidal que nos visitó ayer? Un tipo con bigote, camisa a rayas y pantalones de pana. Dijo que había vivido en la casa, por lo que debe ser alguien de tu familia.

La dueña de la casa se sentó en uno de los escalones de la entrada, algo desconcertada.

– No sé quién es ese individuo. No hay nadie actualmente en la familia que se llame Joanot – dijo con cara de no entender nada. – Mi marido se llama Sebastià Martí.

– El visitante trajo patatas que supusimos eran del huerto familiar, una botella de vino y tocó un acordeón extraño con los niños – añadió Bea-. Creo que no llegó en ningún coche, y que se marchó caminando.

La cara de Araceli cambió de la desconfianza a una nueva mueca, mezcla de pánico y desconcierto.

– Ohhh ¡Dios mío! No…. No… Es imposible. Aparte de que os visitara un desconocido que llegara a pie, lo cual no tiene mucho sentido atendiendo a la temperatura exterior y a la hora, tan sólo puedo encontrar una explicación y no es nada racional. El último Joan o Joanot de la familia que vivió en esta casa… Era mi abuelo… que murió hace más de sesenta años. Era una especie de cantante y poeta que iba de pueblo en pueblo por todo el valle, tocando su acordeón diatónico en fiestas populares. Luego se hizo de los maquis y lo mataron en la montaña las tropas franquistas.

– ¿Qué estás diciendo? ¡Eso es imposible! Estuvimos ayer con él, lo podemos comprobar – dijo Toni, buscando las fotos que hizo a su hija con la cámara del móvil. Hasta que su rostro quedó blanco al llegar a la imagen en cuestión.

– Ostia, no puede ser… No, no me lo puedo creer – dijo totalmente fuera de sí.

– Toni, ¿Qué pasa? – le preguntó preocupada Beatriz, su mujer.

– Mira tú misma la foto – le pasó el móvil.

En la pantalla del dispositivo se veía la imagen de la pequeña… aguantando ella sola el acordeón en vilo. Nadie más sostenía el instrumento. Nadie más aparecía en la foto. Tampoco en la siguiente. Bea empezó a sollozar y buscó a su hijita para abrazarla.

– Tranquilos, estamos todos bien. – Dije yo.- Debe haber una explicación racional para todo esto… Pero no consigo encontrarla.

Mientras tanto, Araceli Vidal había entrado en la casa y ahora salía de nuevo con lo que parecía un grueso libro de tapas de piel, bastante desgastado.

– Dentro de la casa supongo que habéis visto una puerta cerrada con llave -dijo-. Pues bien, esa puerta da a un trastero donde guardamos los productos de limpieza, sábanas limpias y algunos objetos antiguos que conservamos tras la restauración de la casa, hace un año. Entre esos objetos está este album con fotos antiguas de la familia. Y si no me equivoco, debe haber alguna de mi abuelo.

Se sentó de nuevo en los escalones de entrada y empezó a hojear las páginas amarillentas del álbum. Hasta que encontró lo que buscaba.

– Mirad, aquí hay una foto de Joanot Vidal, mi abuelo.

Todos nos abalanzamos hacia ella. Efectivamente, allí estaba Joanot, un poco más joven que el de la noche anterior, con menos arrugas, afeitado y con su bigote perfectamente recortado. Entre sus manos sostenía el acordeón diatónico que había tocado la noche anterior ante nuestros ojos. Araceli despegó la foto de la página, la giró y leyó las palabras escritas:

“Joanot Vidal. Fiesta mayor de Sort, Julio de 1.949”

– Pues es él, no hay duda, aunque un poco más joven que ayer -afirmó Toni. Los demás tan sólo pudimos asentir mientras tratábamos de recuperar el aliento. – Además creo que he encontrado otra prueba- dijo, mostrándonos la botella de vino que nos había obsequiado durante su visita. Miramos a la botella, a la que Toni había sacado brillo.

Todos vimos que la etiqueta era de una bodega desconocida, al menos para nosotros. Pero lo que nos llamó la atención fue la fecha que aparecía en ella: “Añada de 1.951”.

De nuevo, no pudimos hacer otra cosa que callar. Los niños nos observaban preocupados pero de algún modo entendían que era mejor no interrumpir el momento. Pasados unos minutos, convenimos que no íbamos a sacar nada en claro, por lo que era mejor emprender el viaje de vuelta a casa.

Al despedirse, Araceli recordó que al menos nosotros nos íbamos a casa y que probablemente no volveríamos a Sant Andreu de la Font, pero que ella y su familia iban a tener que vivir con esa incertidumbre hasta que alguien pudiera dar con una explicación racional. En silencio, nos abrazamos con la dueña, le entregamos la botella de vino, y subimos a los coches.

Justo antes de dejar el pueblo, frente a la primera casa, paré y tiré una bolsa con basura al único contenedor del lugar. Mientras cerraba la tapa, juraría que pude oir un triste lamento, prolongado y profundo, que venía de entre las calles.

Mi mujer y yo no abrimos prácticamente la boca durante el trayecto de vuelta.