El Relato de Rosa

Pilar es una rica empresaria en la cúspide del éxito. Siempre fue muy ambiciosa, ha trabajado duro y las cosas le van muy bien en lo profesional. Se mueve a la perfección en un mundo machista, y entre sus socios, camaradas y empleados es temida y respetada a partes iguales. En definitiva, a sus casi cincuenta años es de ese tipo de personas triunfadoras, orgullosas de sí mismas y plenamente satisfechas de haberse conocido.

A pesar de su fortuna, o quizás debido a ella, no es un dechado de virtudes y principios morales. Se ha casado un par de veces pero ninguno de los matrimonios ha acabado bien, lo que posiblemente demuestra lo complicado de su temperamento. Nunca le interesó tener descendencia, y ya sabe que se irá de este mundo sin probar la experiencia de la maternidad. Es millonaria, pero a la vez su vida personal es un tanto miserable. Nadie ha podido aguantar demasiado tiempo a su lado, y en el trato personal con los trabajadores de sus fábricas y empresas, es déspota, prepotente y presumida.

A pesar de todo, no parece que sus negocios se vean negativamente afectados por su mal carácter. De hecho, esa misma personalidad es la que le ha ayudado a progresar eliminando los obstáculos en su camino, cerrando tratos y haciéndose respetar en el sector en el que se mueve.

Un buen día, la empresaria decide comprar una finca para hacerse una gran casa en la mejor zona de la ciudad. Encarga al más exclusivo arquitecto del momento los planos para una estupenda mansión con todos los lujos y comodidades. En una reunión con el constructor es informada de que, muchos años atrás, había existido en esos terrenos un asentamiento de barracas de gente pobre, en su mayoría inmigrantes que buscaban un nuevo futuro al amparo de la reforma industrial de la zona. El asentamiento fue destruido y en todo ese tiempo, el terreno ha sido de propiedad municipal y no se ha construido nada en él.

Las obras de la casa nueva comienzan. Un día, mientras realiza una visita de control, el encargado le trae una especie de cofre cerrado que han encontrado cuando removían las tierras para preparar los cimientos. Probablemente alguien lo enterró antes de que derribaran las barracas.

Pilar hace que uno de los operarios abra el cofre, y descubre que éste contiene una cápsula del tiempo con muy pocas cosas, muy humildes todas ellas. Aparentemente parecen corresponder a un niño de unos diez o doce años: un cochecito de juguete destartalado, un plumier de madera muy antiguo con unos lapiceros dentro, unos cromos raídos de futbolistas, y una amarillenta nota de papel, firmada con unas iniciales:

‘Estos son los últimos recuerdos de una niñez dura y difícil, aunque casi feliz.

J.H.B.

6 de Julio de 1.964.’

En aquel momento, recibe una llamada en su teléfono móvil. Es de negocios, la reclaman en la sede de la empresa por lo que se marcha de la obra, abandonando el cofre en el maletero de su coche. Se olvidará de él durante un tiempo. Hasta que una noche, mientras está en el despacho de su hogar actual trabajando en unos documentos, Pilar lo recuerda súbitamente. Deja lo que está haciendo, baja al garaje, recupera el cofre, examina sus contenidos, y deja volar su imaginación hasta ponerse en la piel de aquel niño pobre que un día decidió enterrar sus tesoros más preciados. Los días siguientes se sorprende a sí misma pensando con frecuencia en el destino de ese niño. Se formula algunas preguntas: si estará vivo, si aún sigue en la ciudad, y si es así, qué hará ahora.

La empresaria decide buscar en Internet algo de información sobre aquel asentamiento chabolero de los años sesenta. Adquiere libros que hablan sobre aquella época, visita bibliotecas y hemerotecas, y va tomando consciencia de las difíciles circunstancias de vida de las personas que estuvieron allí. Por supuesto, no encuentra ni rastro del niño. Después de nuevas investigaciones, conversaciones con gente que vivió por la zona en la época, llamadas de teléfono, e incluso la contratación de un detective privado que fracasa en sus pesquisas, Pilar se rinde a la evidencia: nunca encontrará a ese mozalbete que un día guardó sus recuerdos de infancia en un pequeño cofre enterrado para que las descubriera ella, casi cuarenta años más tarde.

Tras asumir el fracaso de sus investigaciones, llega a la conclusión de que no tiene sentido continuar buscando. Limpia con cuidado el pequeño coche que encontró dentro del cofre, y lo coloca en una de las vitrinas de su despacho en la compañía. Parece una pieza vintage, de coleccionista, y queda muy bien allí. Poco a poco, se va olvidando del tema.

Pasan los días, hasta que llegamos a una mañana cualquiera en la empresa. Pilar está trabajando en su despacho, cuando la veterana empleada que reparte el correo y los paquetes decide entrar para entregarle en mano su correspondencia. Normalmente se la deja a la secretaria personal de Pilar, que ese día está ausente. Saluda con respeto y algo de temor al entrar. Evitando la mirada de la jefa, deposita varios sobres encima de la mesa. Pero antes de salir, clava su vista en algo que le hace quedarse parada ante la vitrina. Tras unos segundos, Pilar se impacienta y apremia a la empleada a moverse, hasta que se percata que ésta ha empezado a llorar.

– ¿Qué te pasa, Pepita? ¿Te encuentras bien? – le pregunta algo contrariada.

– Sí, disculpe señora Pilar, tan sólo es que he visto algo en esta vitrina que me ha hecho recordar mi niñez. Mi hermano tenía un cochecito como éste.

– ¿Ah, sí? Ven, siéntate y explícamelo, si eres tan amable – Pilar capta la posibilidad de que la empleada le pueda dar alguna pista genérica sobre aquellos años, pero para nada cree que pueda ayudarle a conocer el destino de aquel niño. Le prepara un café exprés de cápsula en su propia máquina. Saca el coche de juguete de la vitrina y lo pone en la mesa, delante de los ojos de Pepita.

– Bien, cuéntame sobre tu familia y tu hermano.

– No hay mucho que contar. Éramos muy pobres. Vivíamos en una casita muy humilde, construida por mi padre y sus familiares, en la zona del Rastrojo, en la ladera de la montaña, donde ahora hay todas esas casas de lujo. Por supuesto, la vivienda no era legal, pero allí intentábamos sobrevivir sin hacer daño a nadie, en un ambiente austero pero honrado. Nos ayudábamos los unos a los otros. Unos días alguien repartía tomates o lechugas de su huerto, otros los vecinos ayudaban a subir una nueva barraca para una familia recién llegada. Hasta que una tarde llegó un hombre del ayuntamiento con unas máquinas excavadoras. Lo recuerdo perfectamente. Tras darnos un par de días de margen, en una mañana los obreros tiraron todas las casas a tierra, mientras nosotros asistíamos al derribo sin poder hacer nada. Recuerdo ver llorar a muchas mujeres y niños. A mi familia le asignaron un piso de protección oficial en uno de los suburbios de la ciudad.

– ¿Sabías que me estoy construyendo una casa en esa zona?

– No, señora Pilar. No tenía ni idea.

– No importa. Durante la excavación para los cimientos los obreros encontraron una caja enterrada, con este cochecito dentro. Quizás podrías echarle un vistazo. Sería mucha casualidad, pero sabiendo que vivíais allí, ¿crees que es posible que sea el de tu hermano? Adelante, no lo dudes. Cógelo y examínalo.

La señora tomó el juguete entre sus manos trémulas.

– Por lo poco que recuerdo, se parece bastante. Sí, diría que podría ser el de mi hermano.

– Bien, ¿crees que es posible que pudiera conocerle para acabar de descubrir si este es el suyo? Si así fuera el caso, me gustaría devolvérselo. Supongo que le hará ilusión tras tanto tiempo, ¿no crees?

– Ay, señora Pilar –dijo la empleada, de nuevo con lágrimas en los ojos-, lo siento pero mi pobrecito hermano Alberto murió de poliomielitis, a los once años. Fue en diciembre de 1.963, antes de que nos fuéramos a vivir al piso nuevo.

– ¿Alberto? Creo que debe haber un error. La nota que encontré en la misma caja viene firmada con las iniciales J.H.B. El nombre de Alberto no corresponde con esas iniciales y además la fecha de la nota es de julio de 1.964.

– Señora, es que yo fui quién escribió esa nota. La “J” viene de Josefina, tal y cómo me llamaban en casa de pequeña. Como ya sabe, ese nombre es sinónimo de Pepa o Pepita. Como ya le he dicho, Alberto murió en diciembre. Lo enterramos una mañana lluviosa, en el cementerio de la montaña. Tiempo después, descubrí bajo la que era su cama una cajita con algunas cosas suyas, y como niña que era, creí que el mejor homenaje era enterrarlas también. Así que metí las cosas en un pequeño cofre que corría por casa, y como no podía ir sola a donde habíamos enterrado a Alberto, hice un hoyo en la parte de atrás de la casa y allí di sepultura a sus juguetes. Por entonces en aquel lugar las calles no estaban asfaltadas. Puse una nota firmada por mí, con mis iniciales, que es la que usted ha encontrado. Luego ya vino el desahucio, y el cofre y el cochecito desaparecieron de mi cabeza, a la vez que mi casita era derribada por aquellas máquinas. Nunca más había vuelto a pensar en ellos.

La empresaria no parecía muy convencida con la explicación de su trabajadora.

– Si te soy sincera, aunque supongo que no me engañas con las historias de tu infancia, no me puedo creer que este coche sea en realidad exactamente el de tu hermano. Demasiada coincidencia. Y yo no creo en ellas.

– Señora Pilar, le prometo que le he dicho la verdad en todo, al menos tal y como yo la recuerdo. Espere. Si no estoy equivocada, hay una manera de ratificar si este coche es el de Alberto o tan sólo uno parecido- Para horror de Pilar, Pepita presionó la parte trasera del juguete y lo desmontó.

– ¿Qué haces, insensata? ¡Lo vas a romper!

– No se preocupe, es sólo un segundo. Luego se puede volver a montar. Ajá, aquí está.

Le mostró un papel amarillento plegado en un rollito que había extraído del interior del juguete. En él se podía leer:

‘Este coche es propiedad de Alberto Hernández Bazán’

Acto seguido, la empleada puso sobre la mesa de su jefa su tarjeta de acceso, con el nombre completo: ‘Josefa Hernández Bazán. Comunicaciones y logística’.

Las iniciales de la nota coincidían plenamente con las de Josefina. Es decir, con las de Pepita. Con aquellas pruebas, Pilar no tuvo otro remedio que aceptar que había sido su empleada quién creó y enterró aquella cápsula del tiempo. Ante ella, sentada en su confortable sillón de ejecutiva, se quedó de piedra. No era el tipo de final que había figurado para aquel niño del cofre, pero una simple casualidad había ayudado a cerrar el ciclo abierto meses antes, cuando aquel operario le entregó el cofre cubierto de tierra.

En la escena final, se ve a Pilar y a Pepita en un cementerio, frente a una humilde sepultura. Antes de marchar, tras el cristal del nicho dejan un jarroncito con flores, acompañado de un pequeño cochecito y un viejo plumier.

– Después de tantos años, Alberto podrá volver a tener sus juguetes. No hay mejor lugar para ellos que este. – comenta Pilar a Pepita justo antes de marchar.

A raíz de esta experiencia, y como en cualquier cuento que se precie, a Pilar se le ablanda el corazón y, mejor tarde que nunca, acaba convencida de que debe tratar mejor a la gente.”