El Relato de Paula

Es de madrugada en la gran ciudad. Las calles están desiertas y en absoluto silencio, tan sólo iluminadas por el alumbrado público y de forma ocasional por los faros de algún vehículo. De repente, un extraño murmullo quiebra la calma nocturna en una de las principales avenidas. Sobre el asfalto, un tipo descalzo y en ropa interior está siendo perseguido por una jauría de perros rabiosos. Suda. Está desesperado. Mira hacia atrás de tanto en cuanto, sólo para darse cuenta de que los perros le están ganando terreno. En un momento de lucidez, decide que aquella situación es totalmente absurda, y consigue darse cuenta de que está soñando, atrapado en una pesadilla. Es sorprendente que sea consciente de la situación, pero ya ha experimentado lo mismo en otras ocasiones, en las que para salir del mal trago tan sólo tenía que tratar de despertar. Debe actuar rápido, ya siente el aliento apestoso de los canes rozando sus talones. Con la esperanza de poder escapar del maldito sueño de una vez por todas, cierra los ojos y se concentra con todas sus fuerzas.

No obstante, al abrirlos, a pesar de que los perros asesinos han desaparecido, se da cuenta de que la estrategia no ha sido un completo éxito, pues no se ha despertado en su cama, tal y cómo esperaba. Simplemente parece haber entrado en una nueva alucinación. Ahora se encuentra en un pequeño bote de madera sin remos, justo en el centro de un inmenso pantano. Al igual que con los perros, este es otro de sus grandes miedos interiores. En este caso, el trauma proviene de su infancia, más o menos de cuando tendría unos diez u once años. En una excursión con el colegio al lago más extenso de su región, un compañero algo guasón le explicó que mucho tiempo atrás un niño había caído a él, perdiéndose entre sus aguas, para no aparecer sino al cabo de los meses frente a las costas de los Estados Unidos en forma de putrefactos restos. Le explicaron que aquel macabro viaje fue posible debido a que el lago estaba comunicado por corrientes internas con el mar Mediterráneo, y que las mareas habían llevado el cuerpo del desdichado niño a cruzar el Atlántico y presentarse, cual inmigrante clandestino y fantasmal, en un puerto del este de los Estados Unidos. La historia, aunque probablemente falsa, se grabó a fuego en lo más profundo de su alma. Desde aquel momento, cualquier gran extensión de agua cerrada le provocaba un profundo e inconfesable pánico.

Pero volvamos a la acción. Si recordáis, el protagonista está soñando que se encuentra en una situación comprometida, en una barca en mitad de un lago inmenso. Entiende que su subconsciente le está jugando una mala pasada, sometiéndole a un viaje de horror por sus temores más profundos. Antes eran los perros persiguiéndole, ahora el amenazador pantano. Se intenta despertar de nuevo, pero al moverse se desequilibra, cae al agua y se hunde a plomo. Pero no se ahoga, sino que sigue semiconsciente entre extraños seres acuáticos de forma humanoide, que nadan y revolotean a su alrededor.

Así, va encadenando varias pesadillas en las cuales se reflejan sus principales obsesiones y aprensiones. Aunque intenta despertar en cada una de ellas, no puede escapar del círculo vicioso.

Hasta que en una de estas pesadillas en serie, se acaba encontrando en un diminuto espacio desconocido, rodeado de la más absoluta de las oscuridades. Todo está en silencio. Hace calor y le duele la cabeza. Se encuentra tumbado sobre unos cojines y con la cabeza envuelta en algo parecido a una venda. Asume que es otra broma de su subconsciente, en la que ha sido enterrado vivo y se encuentra en el interior de lo que aparenta ser un nicho o una cripta. Otro de sus pánicos más profundos. Asustado, y dado que los intentos anteriores por salir del trance no fueron suficientes, decide que debe provocarse el despertar de forma más drástica. Recuerda que una vez soñó que el autocar en el que viajaba caía por un barranco, y que la propia impresión de caer al vacío y estar a punto de chocar con las rocas del fondo del acantilado le hizo despertarse inmediatamente, justo antes del impacto.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho, consigue volver un poco la cabeza hacia atrás, y descubre un punto difuso de claridad, proveniente de una de las paredes de la cripta. Llega a la conclusión de que para poder escapar no basta con cerrar los ojos y desearlo. Necesita provocar una catarsis, un cambio violento, como aquel golpe contra las rocas. Toma una rápida decisión, harto de ser el juguete roto de su psique. Si en el sueño del autocar le había servido, ¿Por qué no iba a hacerlo ahora?

Hace acopio de todas sus fuerzas para liberarse de lo que él cree que es su mortaja. Aunque algo renqueante, consigue levantarse, y trata de correr con todas sus fuerzas hacia la tenue luz. Está convencido de que el choque contra la pared, o contra lo que haya, le devolverá, esta vez sí y de manera definitiva, al mundo real.

Pero en realidad el desgraciado ha incurrido en un error fatal. Sin ser consciente de ello, en realidad ya se había despertado… Sobre el sofá del diminuto apartamento en la costa que estaba compartiendo durante las vacaciones de verano con unos amigos. Esa noche habían salido de fiesta, y él había bebido hasta quedar inconsciente. Los compañeros lo habían llevado al apartamento envuelto en una toalla que probablemente habrían hurtado de algún tendedero cercano, porque haciendo el idiota se había caído al agua en la playa. Allí lo dejan, entre bromas, durmiendo la borrachera en el sofá del pequeño comedor. Al despertarse, aturdido por la resaca, no recuerda nada ni reconoce el lugar, y asume que sigue soñando, atrapado en una pesadilla en la que está enterrado vivo, envuelto en una mortaja que en realidad es la toalla. Es cuando, en ese error definitivo, decide correr hacia la luz que proviene de la ventana abierta del apartamento, para intentar darse un golpe contra la pared y despertar. Pero el apartamento y la ventana son, desgraciadamente, reales en esta ocasión. También lo es la distancia a la calle, puesto que el apartamento se encuentra a cuatro pisos de altura. Lo último que ve nuestro amigo, en un último instante de lucidez, son los adoquines de la acera. Tan sólo entonces comprende su error, una fracción de segundo antes de que su cabeza impacte contra el duro suelo.