El Relato de Miquel

Buenas noches. Perdonen que les moleste, pero necesito su colaboración para aclarar un asunto que me está ocurriendo y que hasta ahora no sé explicarme demasiado bien. Oh, es cierto: discúlpenme, todavía no me he presentado, así que hagamos las cosas como es debido y empecemos por el principio.

Mi nombre es José Luis, aunque todos mis amigos me llaman Luigi, medio en broma, medio en serio, desde los tiempos en que éramos los reyes de la noche en Ibiza. Buenos tiempos aquellos, sí señor: Mañanas de sol intenso, arena abrasadora y cerveza fría. Tras la comida -rápida y sin complejos la mayoría de las veces-, una siesta relajada, una buena ducha, la elección de un envoltorio adecuado para la ocasión, y ¡a arrasar barras de bar, pistas de baile y corazones!

Y no siempre en ese orden, puesto que confieso que para mí las mujeres siempre fueron básicamente un pasatiempo. Bien, no exactamente siempre. Pero sí desde aquella ocasión en que me enamoré como sólo puede hacerse la primera vez, y ella acabó quebrando mis ilusiones de juventud. Me juré a mí mismo que el género femenino al completo pagaría por aquel fracaso original. A partir de entonces, ya nunca me acerqué a ninguna de ellas con la suficiente intensidad y respeto como para conservarla demasiado tiempo.

Así fueron cayendo los años. Ya pasaba de los cuarenta, pero no entraba en mis planes aquello que algún iluminado llamó ‘sentar la cabeza’, y hasta hace bien poco continuaba con mis parrandas de fin de semana y seguía tan fresco, como si los excesos no se acumularan a mis espaldas ni afectaran a mis huesos.

Pero, llegados a este punto, debo confesaros que algo ha cambiado. De repente, me encuentro preso… en el cuerpo de un recién nacido. Sí, de un bebé.

Me hago cargo de vuestra sorpresa. No, no estoy loco ni me ha dado una insolación. La verdad es que yo tampoco no entiendo y ni siquiera recuerdo muy bien lo que me ha pasado. Por eso necesito vuestra ayuda, si es posible. Destellos de lucidez salpican mi mente de tanto en cuanto, cada vez más espaciados en el tiempo. Llegan a mi ahora pequeño cerebro los ecos de otra noche de juerga bañada en alcohol. Un abrazo de despedida con mis compañeros de farra a la salida de algún local de mala fama, mientras los primeros rayos de sol del día emergen por encima de los edificios. El recuerdo de mis zapatos italianos avanzando en dirección a mi ático. Un semáforo en rojo, un claxon que de pronto despeja mi conciencia, y el silencio absoluto justo después…

Tras un largo fundido en negro, abrí los ojos, pues había asumido que sería espectador de mi propio final. Pero no vi ni la luz al final del túnel, ni campos de flores, ni imágenes secuenciales con los ‘greatest hits’ de mi vida. En su lugar, vislumbré -vagamente, entre tinieblas- una habitación de paredes pintadas de azul claro, con cenefas de nubecitas y unicornios. Estaba envuelto en una mantita de colores, muy suave al tacto. A mi lado había un sonajero de plástico, de colores chillones. Intenté incorporarme, pero no pude: Al parecer, mi columna vertebral se encontraba todavía en un estado algo inmaduro. Traté de hablar, gritar, preguntar, pero no emití sonido inteligible alguno. Frustrado, rompí en un llanto infantil sin fin, hasta que alguien me tomó en brazos y me dirigió unas dulces palabras de consuelo. Era mi madre. Para ser más concreto, mi nueva madre. Si no me fallan las cuentas, la segunda en mi vida.

Así que me encuentro en esta extraña situación, con todas mis habilidades intelectuales de hombre de cuarenta años intactas, pero limitadas al cuerpo fofo y desmadejado de un bebé. ¿Podéis entender lo que eso significa para alguien como yo?

Personalmente, no encuentro explicación racional posible. Esto es algo que va más allá de la ciencia o del nivel de conocimiento al que ha llegado la humanidad. Debe ser un castigo lanzado por algo o por alguien situado muy por encima de mi entendimiento, quizás debido a mi vida frívola y disoluta. O puede que sea el resultado de un hechizo lanzado sobre mí por alguna mujer despechada. Es posible que tan sólo sea mi destino, pero he aprendido que en esta situación no me gusta ser tan diferente a los demás. No es justo. Si tenía que morir, ¿por qué no lo podía hacer de la forma habitual, sin extravagancias ni truquitos de tres al cuarto?

De acuerdo: si lo pensamos bien (y yo he tenido tiempo suficiente, ya que entre toma y toma no puedo hacer otra cosa), es mejor estar aquí, tumbado en una cuna, que si mi luz se hubiera apagado para siempre. Aunque creedme: es esta una dura situación para alguien acostumbrado a tomar todo lo que la vida podía ofrecerle, consumiéndolo sin pensar apenas en el día siguiente. Antes, yo era como la cigarra del viejo cuento. Hoy soy la hormiga, atrapada en la desesperante rutina de un lactante desdentado.

Pero a día de hoy, hay que asumir que esta y no otra es mi realidad. Desconozco si soy una conciencia paralela a la real del bebé, o si él está sincronizado con mis pensamientos. O yo con él. ¡Eh! ¿Hay alguien más ahí? Os confirmo que, a las órdenes de mi cerebro, puedo mover vagamente mis piececitos y mis manitas, pero la cabeza me pesa aún en exceso, y no controlo mis esfínteres. Para alguien como yo, acostumbrado a lucir impoluto, cual dandy de épocas pretéritas, es muy duro notar cada tres o cuatro horas el olor de mi pañal rebosante.

No todo es negativo. Al menos, mi mente ha sobrevivido a mi antiguo cuerpo, y se ha reencarnado en un varón: tengo colita. Por cierto, me muerdo los pies con mucho arte. Y cuando mi nueva mamá me acicala, huelo muy bien. Alguna vez he querido darle las gracias, pero de mi boquita sin dientes tan sólo siguen emergiendo sonidos guturales, aún lejos de ser identificados como palabras con algún sentido.

Recuerdo cuando, al acercarme a una mujer, podía aspirar su perfume (era todo un experto, sabía cuál debía regalarles: uno y sólo uno es el ideal para cada chica) y preparar un plan para que acabara entre mis brazos. Ahora, cuando una señora me toma en los suyos, tan sólo puedo percibir intensificado el aroma a lavanda de mi ropita, y sentirme reconfortado con su calor. A vosotros os pasaría lo mismo: Tengo el desarrollo mental de un hombre de cuarenta y tantos pero la testosterona de un bebé recién nacido. ¿Hay alguien ahí disfrutando con esta condena? Apuesto a que a estas alturas del cuento, más de una.

Por momentos, creo que me voy a volver loco. Pero no puedo ni debo. ¿Cómo afectaría eso al bebé que soy? Estoy convencido de que me ha sido concedida una segunda oportunidad y que debo aprovecharla, aunque a medida que crezco me asaltan las dudas sobre las posibilidades de evolucionar como un niño normal, con esta mente adulta y repleta de prejuicios. ¿Acabaré siendo un monstruo de feria? ¿Podría sacar provecho de la situación? En mi vida anterior solía bromear con mis amigotes de que me hubiera gustado disfrutar a la vez de mi cuerpo de veinte años junto a la experiencia de mis treinta y cinco. Pero hoy me encuentro atrapado en otra situación, muy diferente.

Ya han pasado algunas semanas, posiblemente meses, y tengo que decir que, de forma inesperada, cada vez me siento mejor en mi cuerpo infantil. Me he acostumbrado a su rutina, y ¡por fin he aprendido a utilizar el sonajero! Además me han regalado un precioso osito de peluche, el cual me acompaña todas las noches a la hora de dormir. Bien, en realidad todavía no distingo demasiado bien entre día y noche, ya que la mayor parte del tiempo me lo paso dormitando en mi cunita.

Por otro lado, cada vez añoro menos mi vida adulta. De hecho, cada día que pasa pienso menos en ella. Ahora me parecen lejanas aquellas experiencias sensoriales, el roce y el olor de aquellas pieles, el aroma en el ambiente, mezcla de licores, tabaco, perfume y carmín. Hoy en día me tiene sin cuidado la presión de progenitores y sociedad por labrarse un porvenir, por tener un trabajo, por hacerlo bien, por parecer un hombre de provecho. Y ya no tengo que controlarme para no gastar toda la paga en fiestas y mujeres.

Aunque parezca extraño, no echo de menos saber quién va primero en la Liga. Tan sólo, de tanto en cuanto, me pregunto a mí mismo porqué era tan imbécil y trataba tan mal a las mujeres. Y no me sé responder. Por lo que he comprobado, no todas son tan perversas. Empezando por mi segunda madre, que tan sólo procura lo mejor para mí. Por lo que recuerdo, la primera no era así. En definitiva, no cambiaría por nada mi vida actual. Mis brazos y piernas han conseguido adquirir una cierta fuerza, he empezado a incorporarme y ya gateo un poquito. Mis padres están locos de contentos conmigo. Creo que he entendido mi nuevo nombre: Oscar. No me gusta mucho, pero supongo que es un mal menor al cual me iré acostumbrando.

Uy, mientras os explicaba esto, me he hecho pipí encima otra vez. ¡Os tengo que dejar, puesto que necesito un baño, un pañal nuevo y una buena ración de polvos de talco!

Por tanto, señores y especialmente señoras, deben saber que a estas alturas de mi nueva vida ya no me reconozco en mí mismo. He llegado a un punto en que la mayor parte del tiempo pienso ya como un bebé. Todas las experiencias anteriores han ido borrándose de mi cabeza, poco a poco pero inexorablemente. En lugar de mujeres y alcohol pienso todo el tiempo en peluches y papillas. Mi tránsito intestinal se ha regularizado aunque aún necesitaré un tiempo para poder ir solito al baño.

He dado ya mis primeros pasitos, y empiezo a ser algo más independiente. Más aún, creo que ya estoy preparado para pronunciar mi primera palabra con total claridad. He estado practicando en solitario estos últimos días, y estoy ansioso por decirla, en cuanto mi madre me coja en brazos y me saque del parque infantil. ¡Cuidado, que ahí viene! ¡Me está cogiendo! Ahí voy: ¡Maaa – maaa!

En ese momento, ella rompe en gritos de alegría e incluso se le escapa una lagrimita. Entonces, lo veo todo claro: Como en las películas, y a diferencia de cuando me atropellaron, mi vida de crápula ha pasado en un segundo por delante de mis tiernas pupilas infantiles. Finalmente, Luigi ha acabado de morir del todo, y desde este preciso instante, al abrazarme a mamá, ya soy tan sólo Oscar, un niño de pocos meses de edad con todo por aprender, con un mundo por delante para jugar a ‘prueba y error’, sin experiencias anteriores, prejuicios ni pensamientos adultos. En el intervalo de tiempo en que mi mente acaba de hacer el ‘reset’, confirmo que he aprendido la lección y me prometo a mí mismo que aprovecharé la ocasión y que gracias a esta segunda oportunidad nunca más volveré a ser un desalmado rompecorazones. También intentaré tratar de manera justa a todas las personas, con independencia de su género u origen. Espero que todas aquellas mujeres a las que dañé me hayan sabido perdonar. Estoy arrepentido, pero debo decir que fue bonito mientras duró. ¡Hasta siempre!