El Relato de Alex

Aunque no llegara a calentar, el radiante sol que se filtraba por los ventanales de la iglesia contrastaba con el ambiente lúgubre de aquella triste mañana de invierno. Sentado en un austero banco de madera, Sergio asistía desolado al funeral por su padre. Por segunda vez en su vida, estaba experimentando el vacío por la pérdida de un ser próximo. Su madre les había dejado tres años antes, tras padecer una grave enfermedad que le mantuvo inconsciente los seis últimos meses.

Hijo único, su padre le había hecho prometer que si le pasaba lo mismo a él, no le dejaría sufrir tanto tiempo. No hizo falta cumplir la promesa ya que la fatal sorpresa llegó sin previo aviso. Dos noches atrás su progenitor había quedado ingresado en el hospital, en principio por unas pequeñas molestias respiratorias. No era la primera vez que se encontraba en esa situación, y asumiendo la levedad del problema, el hombre insistió a Sergio que no hacía falta que se quedara con él, y se despidieron con un abrazo. Esa misma noche, cerca de las dos de la mañana, sonó el teléfono móvil de Sergio. Antes de descolgar, su corazón fue atravesado por un mal presentimiento. Nadie llama a esas horas para ofrecer un cambio de operadora telefónica.

El cura finalizó el responso. Al ver desaparecer el ataúd con el cuerpo de su padre a punto de ser incinerado, Sergio se dio cuenta de que sin él ni su madre, sin hermanos ni pareja, definitivamente se había quedado solo en la vida. Tras dejar pasar un par de semanas, el mismo sentimiento seguía atormentando su alma, pero decidió que debía cerrar algunos temas prácticos que habían surgido a raíz del deceso de su padre. Acordó una cita con el notario para proceder a la apertura del testamento. Una vez allí, su sorpresa fue mayúscula cuando éste le comunicó que su progenitor le había legado el piso familiar, un coche utilitario, y exactamente, catorce mil quinientos doce euros con veinte céntimos. Ni más ni menos.

Sergio abandonó la notaría en un estado de total perplejidad. Su padre no era un hombre rico, pero el negocio familiar, una ferretería, había crecido hasta convertirse en una pequeña red de franquicias, por lo que la cantidad testada le pareció ínfima.

Volvió al piso que había heredado, por si entre los papeles y la correspondencia podía encontrar algún indicio o pista que pudiera explicar la inesperada descapitalización familiar. La búsqueda fue infructuosa. Sí encontró el anticuado teléfono móvil de su padre, sin batería. Buscó el cargador y dejó el aparato conectado. Entonces, vio algo sobre el escritorio del despacho. Un flamante ordenador portátil nuevo, muy fino y estiloso. Le extrañó porque su padre nunca había sido demasiado amante de las nuevas tecnologías. Disponía de móvil para llamadas de negocios, pero Sergio hubiera jurado que nunca había puesto un dedo sobre un teclado de ordenador. Abrió la tapa del portátil, y presionó el botón de encendido.

Tras unos segundos de espera, el sistema operativo le pidió una clave de entrada. No fue hasta el tercer intento cuando acertó con la correcta, una de las típicas de su padre.        

A continuación, un inusual escritorio virtual se mostró ante él. El fondo negro ayudaba a resaltar un único icono, correspondiente a un navegador. Al seleccionarlo se abría la página inicial de un servicio de correo electrónico, por suerte con el usuario y la clave informados, ya que habían quedado almacenados como cookies en el mismo navegador. Pudo acceder directamente a la bandeja de entrada. Para su sorpresa, estaba vacía. Ni un mensaje. Tampoco había correos enviados. No tenía sentido: Un ordenador con tan sólo un programa, que para colmo parecía no haber sido utilizado nunca.

Un sonido emitido por el móvil en carga le indicó que había vuelto a la vida. Pudo comprobar el listado de las últimas llamadas hechas y recibidas por su padre antes de morir. La mayoría eran conversaciones con Sergio o llamadas a algunos familiares, excepto un número que no pudo identificar. Ya que no encontró ninguna red wi-fi activada en el piso de su padre y en aquel lugar ya no podía hacer nada más, Sergio decidió volver a su casa con el móvil y el ordenador portátil bajo el brazo.

Ya allí, frente a su propio ordenador, buscó en Google aquel número de teléfono desconocido que aparecía en el registro de llamadas del móvil de su padre. Uno de los primeros resultados daba la solución: Correspondía al de una oficina local del Banco Suizo. Parecía ser que el viejo ferretero había descubierto las bondades de la banca privada, y que había sido titular de una cuenta secreta. Sergio pensó que las nuevas tecnologías abrían un sinfín de caminos nuevos, pero que a la vez era difícil evitar dejar huellas en ellos, como si siempre hubiera un Gran Hermano Digital dando fe de nuestros actos en la red.

Todavía no era demasiado tarde. Salió del piso y tomó un taxi hacia la oficina bancaria, situada en el centro de la ciudad, y oculta tras una discreta puerta bajo una placa dorada. Allí pidió entrevistarse con el director, un elegante y amanerado señor que le dio el pésame y le confirmó que poco antes de la muerte de su padre, éste había retirado la cantidad de trescientos mil euros, pagado las comisiones y cancelado la cuenta. Por supuesto, no era de su incumbencia saber qué pretendía hacer su cliente con ese dinero, y que tampoco le podía facilitar más información debido a las estrictas reglas de seguridad y privacidad del banco.

Sergio volvió algo confundido a su apartamento. Había algo que no cuadraba en todo aquello. ¿Qué había hecho su padre con los trescientos mil euros? ¿Quizás tenía una amante y le había puesto un piso? ¿O pertenecía a una sociedad secreta que le había reclamado el dinero? Que el supiera, ya no tenía deudas con nadie. El chico estaba hecho un mar de dudas.

Tras dejar pasar unos cuantos días más de reflexión, abrió de nuevo el portátil que había recuperado en el piso de su padre. No tenía sentido que lo hubiera adquirido para una única cuenta de correo electrónico. Y además, vacía. Al acceder a ella otra vez, a pesar de que las carpetas de recepción y envío seguían vacías, descubrió una decena de mensajes en la semi-oculta carpeta de borradores. Recordó que alguien le había contado alguna vez que esa técnica consistía en guardar allí correos ‘delicados’ para evitar el envío y rastreo por Internet. Un usuario remoto podía responder utilizando la misma cuenta en cualquier otro ordenador, sobrescribiendo el mensaje con la respuesta apropiada. Así los mensajes no se transmitían por la red, tan sólo se almacenaban en el servidor de correo y se recuperaban y respondían localmente. El más antiguo de aquella carpeta tenía un título algo extraño:

‘Dios hizo al mundo en siete días. Nosotros podemos superarlo’

Su padre nunca había sido demasiado religioso, por lo que el mensaje le descolocó aún más. Lo abrió y esa fue la puerta a una de las sorpresas más grandes que tendría nunca en su vida.

En él, una corporación llamada ‘Extend R Live’ explicaba que habían seleccionado a su padre ya que conocían su ‘problema de salud’ y tenían una oferta que de bien seguro ‘no podría rechazar’. Al parecer, alguien le había entregado en mano el portátil nuevo, conteniendo un único icono, el del navegador, junto a unas instrucciones básicas de uso.

Pero Sergio no entendía el contenido de aquel mensaje. Que el supiera, su padre no tenía problemas de salud, simplemente tuvo un ataque repentino que no pudo superar. Tuvo que seguir leyendo.

Tras confirmarles que podría estar interesado, los siguientes correos desvelaban el fin que su padre habría dado al dinero. Y aquí sí que venía una sorpresa en forma de traca final. ‘Extend R Live’ había desarrollado una innovadora técnica de criogenización combinada con un entorno de realidad virtual que ofrecía a las personas con dolencias graves en sus últimas fases, la posibilidad de morir para el resto de la humanidad, pero continuar viviendo en una consciencia alternativa. El cuerpo se mantenía en estado de suspensión en una cápsula, hibernando la posible enfermedad y sus consecuencias, mientras que el cerebro quedaba conectado a una red de experiencias sensoriales que simulaban perfectamente la vida cotidiana, pero esta vez sin problemas de salud ni de edad, en base a unos parámetros decididos tras una serie de reuniones con el interesado. El precio era de trescientos mil euros y era indispensable guardar absoluto secreto al respecto, incluyendo a los familiares próximos. La morada final se mantenía oculta por motivos de seguridad.

El resto de mensajes detallaban las acciones necesarias para finalizar el plan, incluida la muerte simulada del cliente, certificada por un médico a sueldo de la corporación, y su traslado tras el falso funeral a las dependencias secretas, donde viviría en plenitud aquella segunda oportunidad.

Así que su padre había ocultado a Sergio que, al igual que su madre, se encontraba aquejado de una grave enfermedad, en un estado avanzado de la dolencia y con pocas expectativas de curación. También había decidido de forma unilateral el contratar los servicios de aquella siniestra corporación. Incluso más que la noche de su muerte falsa, a Sergio le dolió el hecho de que su padre no confiara en él y que tuviera la sangre fría de despedirse con tranquilidad en el hospital aquella noche, sabiendo que no se iban a ver nunca más.

Al acabar de leer, Sergio, derrotado y más solo que nunca, tan sólo pudo pensar: Efectivamente, lo han conseguido. Esos hijos de perra han superado a Dios. A pesar de todo, que tengas buen viaje. Adiós, papá”.