Alex Alsina

Si en aquellos días alguien le hubiera pedido que evaluara con una nota su vida, Alex Alsina la hubiera calificado con un aprobado justo, sin más. Hasta el momento su existencia había transcurrido por unos cauces de total normalidad, sin sobresaltos ni vicisitudes especiales. Fue el único vástago de una pareja un tanto intrascendente fuera de su círculo familiar y de amistades, la típica familia de clase media de los años ochenta. Los únicos vicios –si se les puede llamar así- del clan eran el cine de los domingos, alguna escapada veraniega, y limitados caprichos sin demasiada importancia. Vivían en un pequeño ático localizado en un populoso barrio de una de las ciudades del cinturón industrial de Barcelona. El padre trabajaba como contable en una gestoría, y la madre lo hacía en casa, pero también a tiempo parcial en una mercería cercana, con el objetivo de conseguir un dinerito extra para asegurar la supervivencia del trío. En definitiva, Alex disfrutó, como cualquier hijo de vecino, de una infancia tranquila y relajada, casi insulsa. Sus padres inculcaron en él tan sólo unos pocos principios básicos: integridad y respeto a las opiniones de los demás, sin dejar de mantener un cierto espíritu crítico contra las ideas impuestas, y una ética de vida discreta, honesta y fiel a dichos principios.

A la temprana edad de cinco años, a Alex le fue otorgado un regalo que nunca fue consciente de haber pedido, pero que iba a influir de manera notable en su proceso de formación personal. Aquel curso, prácticamente sin esfuerzo, había aprendido a leer en la escuela con relativa desenvoltura y rapidez, motivado por una innata curiosidad en descifrar lo que se escondía tras los extraños símbolos en negro sobre blanco que su padre interpretaba en el periódico, y que en ocasiones parecían útiles para decidir la película del fin de semana. Al poco tiempo, en el local situado en los bajos del edificio donde vivía se inauguró un negocio en forma de librería-papelería. Allí se ofrecía todo tipo de material escolar y de dibujo, libros, juegos y juguetes, revistas y diarios. Y en particular para Alex, los tebeos de la época -cuando aún casi nadie usaba el término ‘cómic’-, sector por entonces liderado en nuestro país por la hiperactiva editorial Bruguera. Casi cada tarde, después de llegar del colegio y con la connivencia del encargado de la papelería -un vejete gruñón pero de buen corazón al que por alguna razón Alex parecía caer bien-, tomaba prestado uno de los últimos ejemplares publicados durante la semana y se lo subía a casa. Tras leerlo con mucho cuidado, por lo habitual en el sofá de la salita de estar, lo devolvía impecable, para así al día siguiente disponer de una nueva opción de repetir el proceso. Cuando ahorraba unas cuantas pesetillas, intentaba comprar alguno de aquellos tebeos en la tienda con el fin de mantener a su amigo contento. Con esa táctica, leyó la mayoría de las historietas y colecciones de los personajes de moda entre los chavales de aquellos tiempos. A medida que crecía, amplió y diversificó sus lecturas hasta incluir en su lista diversas colecciones de libros juveniles. Los leía con pasión antes de conciliar el sueño, tendido o recostado en la cama, y con la única compañía de la luz de un flexo colocado sobre su mesita de noche, un proceso que a veces se extendía por varias horas. No todos los niños de la época tuvieron la suerte de acceder tan libre y despreocupadamente a aquel universo de aventuras, fantasía y conocimiento. En unos años en que las bibliotecas públicas parecían ser más bien un cementerio de libros viejos al por mayor, en contraposición a los soportes multiculturales en los que se han convertido hoy en día, Alex se transportó en innumerables ocasiones desde su habitación a mundos lejanos, luchó contra dragones, descendió al centro de la tierra, liberó y se enamoró de princesas, llegó al borde del sistema solar, y peleó en grandes batallas a lomos de su corcel o surcando los mares del sur. En aquellas interminables noches dejó volar su imaginación y aprendió a apreciar la literatura como una amiga fiel que nunca le fallaría.

Todo ello le ayudó a moldear una personalidad afable, imaginativa, aventurera y creativa que hacía las delicias de sus compañeros de aventuras en el colegio, en el barrio y durante los veranos en el pueblo. Aunque pronto se dio cuenta que de alguna manera, tarde o temprano, se acabaría ese tiempo de felicidad inconsciente y de sensación absoluta de despreocupación que caracteriza a la infancia. Aquel previsible fin de la inocencia de Alex se precipitó tras la vuelta de unas vacaciones estivales, un mes antes de cumplir los catorce años. Aquella tarde se le heló el corazón al comprobar que la librería de los bajos de su bloque había cerrado. En su lugar habían abierto un bar. Nunca volvió a ver al vendedor, del que ni siquiera se pudo despedir. La herida tardó en cicatrizar. A pesar de que en ese momento no se dio cuenta, este hecho aparentemente inocuo iba a modificar poco a poco aunque de manera inexorable su personalidad, y facilitó el empujón definitivo a la transformación gradual de su alma, desde el color blanco y puro de su recién abandonada infancia hacia tonos más oscuros y complejos. El fin abrupto y común del verano y de la librería no fueron los únicos responsables del cambio: a los pocos días inició el curso en un nuevo instituto. Aquello fue su definitiva puesta de largo en la adolescencia, con nuevas ilusiones y metas, pero sobretodo dudas, confusiones y expectativas en camino de ser defraudadas.

A pesar de sus diversas aficiones y distracciones, Alex nunca dejó de ser un estudiante responsable que iba aprobando con suficiencia los diferentes cursos, sin destacar -o mejor dicho, sin querer destacar- demasiado. Su terapia de realidad y su proceso de advenimiento como ser adulto y responsable se prolongó durante unos cuantos años, incluyendo ciertos altibajos naturales. Casi sin ser consciente, y siempre guiado de buena fe por las expectativas de su familia, llegó el día de ir a la universidad. Tras superar la selectividad, se inscribió en los estudios de Economía y Empresa en la facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona. En el momento de decidir no lo tenía muy claro, pero finalmente eligió esa carrera porque uno de sus mejores amigos del instituto decidió matricularse allí, y él se dejó convencer para acompañarlo. Tras el primer año, su amigo abandonó la facultad y el contacto con Alex. Pero por inercia y por no desilusionar a sus padres, él sí que continuó hasta el final, a decir verdad sin ponerle demasiada pasión al asunto.

Tras licenciarse y buscar trabajo por un corto período de tiempo, consiguió un puesto como auditor junior en una gran corporación, una prominente consultoría de negocios que en su publicidad se jactaba de forjar cada temporada un buen puñado de cerebros preparados para ser los líderes de un esplendoroso futuro. En aquellos tiempos Alex se enfundaba mecánicamente cada mañana, cual soldado de un ejército profesional, su uniforme de trabajo consistente en un traje oscuro, una camisa de manga larga a tonos suaves, y una corbata a juego cuyo nudo debía mantener impecable toda la jornada laboral, de diez horas de media. Todo definido y delimitado en las normas de estilo de vestuario de la consultora. En ocasiones, al verse en el espejo no se reconocía a sí mismo, sino que le daba la sensación de estar contemplando las facciones de un extraño. Alguna vez, sobretodo en temporadas con puntas de trabajo y estrés, había quedado atrapado e inmóvil frente a su reflejo, sin poder despegar los pies del suelo, observándose sin llegar a comprender que aquel espectro con ojeras era él mismo, en un trance que podía llegar a prolongarse varios minutos.

En la parte positiva, aquella temporada recibió interesantes lecciones sobre cómo funcionan los negocios de una gran empresa (en realidad, de manera muy similar a la vida misma), y prosperó en la jerarquía de mando de la consultoría. Hizo buenas amistades, de aquellas que se deben mantener toda la vida, y, aunque fuera tan sólo en contadas ocasiones, disfrutó de su trabajo y de los viajes y pequeñas aventuras que llevaba asociados. Tras ser asignado a un proyecto estratégico para una empresa de seguros de hogar y empresa, y después de trabajar allí como jefe de equipo durante un par de años, un contacto interno del cliente le hizo llegar una oferta para formar parte de la plantilla fija de la aseguradora. Aceptó casi de inmediato.

Así, el día en el que Alex recibió la segunda entrega de la trilogía de d’Antoni, hacía ya tiempo que se ganaba la vida como gestor de riesgos en la compañía aseguradora. Por aquel entonces el director de su departamento andaba algo nervioso debido a la caída de la facturación por tercer mes consecutivo, y presionaba a su equipo para que afinasen al máximo en sus análisis y ofertas. La estrategia de la empresa se basaba puramente en la consecución de objetivos y en la captación de clientes a cualquier precio. El tradicional buen ambiente en la oficina se había transformado en una especie de mezquina carrera en pos de los beneficios. A pesar de todo, Alex no rechazaba formar parte de la competición. Cada vez con más frecuencia se llevaba trabajo a casa para destacar entre los demás, mientras que a la vez aumentaba su hastío por la continua presión a la que era sometido. El trabajo en la oficina era, en resumen, rutinario y burocrático. No había margen para la imaginación ni para la creatividad. Por supuesto, no era el tipo de trabajo con el que Alex había soñado cuando era niño. De hecho a esas alturas ni se acordaba de sus sueños ni de sus esperanzas de aquellos años, puesto que los había dejado olvidados en el mismo cajón de la memoria donde había dejado aparcada su inocencia infantil.

Llevaba cuatro años y medio en la empresa aseguradora, y ya había comprobado de sobras que aquel puesto tampoco le hacía feliz, tal y como había pasado con los anteriores.