La crisis del individuo común en la nueva sociedad digital

Unos días atrás, el Blog ‘La Guarida del héroe‘ de la editorial Héroes de papel me publicó un extenso artículo en el que intentaba definir algunos de los factores que a mi parecer estaban generando una especie de crisis existencial genérica en ciertos sectores de la sociedad, especialmente entre aquellas personas que están actualmente entre los 40 y los 70 años de edad, y entre las cuales me incluyo. A continuación transcribiré en esta entrada el ensayo completo, al que también podéis acceder en estos dos enlaces.

Primera Parte en La Guarida del Héroe.

Segunda Parte en la Guarida del Héroe.

Y ahora, el texto completo. Me gustaría saber qué os ha parecido, y si estáis de acuerdo conmigo o no.


La crisis del individuo común en la sociedad digital, por Pedro D. Verdugo.

La Fuga de Logan es una novela de ciencia ficción distópica publicada en 1967 por William F. Nolan y George Clayton Johnson que presenta una sociedad futura donde tan solo son tolerados los menores de 21 años. Aquellos que superan esa edad son obligados a confinarse y sumirse en un estado de letargo del que jamás podrán escapar. Es un mundo solo apto para ejemplares perfectos, jóvenes y sanos, donde no tienen cabida los elementos defectuosos o con el desgaste de la edad a sus espaldas.

Esta premisa, que parecería una idea absurda a ojos del lector/espectador de hoy en día, podría no estar tan alejada de nuestra realidad actual. Tras el cambio de milenio el individuo común de una cierta edad (sobre todo, aquellas personas situadas actualmente en el rango entre los cuarenta y los setenta años) se ha visto obligado a enfrentarse a una serie de problemas nunca planteados con anterioridad. Las formas de relacionarse, de compartir la información y de disfrutar del tiempo libre han evolucionado con celeridad desde la aparición de internet y las redes sociales, y no todo el mundo ha logrado acostumbrarse a este nuevo modelo de sociedad altamente digitalizada.

Así, muchas de esas personas en plena madurez como animal social -y probablemente en el momento más activo de sus vidas profesionales- están predestinadas a caer, tarde o temprano, en la conocida como crisis de la mediana edad, enfrentados a un ecosistema interconectado, cambiante y caprichoso para el cual no han sido educados ni entrenados, en una crisis global que no entiende de géneros, orígenes, orientación política o situación económica.

En las siguientes secciones (6 puntos y una conclusión) trataremos de analizar cuáles podrían ser esos cambios que, para bien o para mal, parecen estar afectando en los últimos tiempos a ese individuo común, hombres y mujeres que no logran encontrar su lugar en la sociedad de inicios del siglo XXI. Descartamos del análisis, por un lado, a los niños, adolescentes y jóvenes menores de treinta años, puesto que los consideramos nativos digitales que viven con naturalidad toda esa exposición a las nuevas tecnologías y a los cambios sociales asociados a ellas, mientras que por otro lado las personas en la tercera edad pueden vivir dichos cambios con la distancia de aquel que no está obligado a hacerlos suyos, por lo que tampoco formarían parte del corpus estudiado en este ensayo.

1. La llegada de una nueva generación de nativos digitales sobradamente preparados.

Más o menos un par de décadas atrás se produjo el advenimiento profesional de una nueva generación, los conocidos como millennials o Generación Y, aquellos nacidos entre los años 80 y los 90 del siglo pasado que crecieron con todas las comodidades del primer mundo y que son especialistas en productos de consumo y ocio.

Estos primeros nativos digitales han ido sustituyendo, de manera sistemática y silenciosa, más o menos disimulada, más o menos tolerada, a personas perfectamente válidas pero que ya se encuentran en la edad madura. Esta situación bien podría ser el resultado natural de los habituales mecanismos evolutivos que se encargan de reemplazar cada generación activa con la siguiente, algo que siempre ha sucedido, pero preguntémonos: con las nuevas expectativas de vida y salud, ¿es este realmente un proceso similar a los anteriores? Si no es así, ¿alguna de esas diferencias podría ser consecuencia directa de la reciente revolución digital de la sociedad?

Sería lícito preguntarse en qué posición quedan ahora esas personas que nacieron en las décadas anteriores a los millennials. No olvidemos que este grupo de hombres y mujeres, hoy entre los 40 y la edad de la jubilación, fueron los responsables de la irrupción de Internet y de las redes sociales, y en su gran mayoría siguen siendo individuos plenamente funcionales desde el punto de vista profesional y social.

La cuestión es si la nueva sociedad digital puede permitirse el lujo de dejar que estas personas sean relegadas paulatinamente a un segundo plano, o si por el contrario se debería seguir contando con ellos de manera mucho más activa. Es decir, ¿tienen aún los mayores de 40 años algo que ofrecer a este mundo en continua evolución, o debemos asumir como natural e imparable la tendencia de apartarles de los niveles más avanzados del ocio, de los negocios y de la actualidad?

2. La influencia de las redes sociales e internet

Es innegable que en las últimas dos décadas se han sucedido una serie de grandes cambios en las maneras de interaccionar de las personas de cualquier edad gracias a la telefonía móvil y a las redes sociales (RRSS). Según un informe de febrero del 2018 del Mobile Economy de GSMA, asociación organizadora del Mobile World Congress de Barcelona, el año 2017 hubo por primera vez más líneas móviles (7.8000 millones) que población mundial. Como consecuencia, parece bastante evidente que la mayoría de estas personas que poseen un móvil lo utilizan -de manera más o menos consciente- para informarse, relacionarse y jugar.

Sin embargo, la sensación es que entre grandes capas de la población adulta existe un desconocimiento y un temor casi atávico a la evolución de lo que se ha dado en llamar nuevas tecnologías. Muchas de estas personas no han llegado a entender aún que, en el fondo, las redes, los ordenadores, los teléfonos móviles y el resto de artefactos tecnológicos de última generación son sólo herramientas a las cuales damos buen o mal uso según nuestras necesidades e intenciones.

Internet NO ES el Armaggedon. La cuestión aquí es discernir si los delincuentes que usan internet o su cara oculta, la Deep Web, perpetrarían o no delitos similares si no se existiera la posibilidad del anonimato absoluto en la red de redes y sus bajos fondos. Apostamos por una respuesta afirmativa: Internet es solo un medio, no un fin, al igual que unas simples tijeras pueden ser útiles tanto para hacer un collage en el colegio como para cercenar la yugular de una persona. Debemos entender que Internet es una herramienta y somos sus usuarios los que decidimos cómo y para qué queremos usarla. Por desgracia hay que admitir que esa es la misma raza humana que nunca descansa cuando se trata de inventar nuevas formas de hacer el mal.

En definitiva, podría parecer que esta última revolución tecnológica nos ha cambiado profundamente, pero esto no es cierto: quien tenía malas intenciones las seguirá manteniendo, y aquellos que iban con un lirio en la mano lo seguirán sosteniendo con similar candidez.

3. Las Fake News como realidad alternativa.

Queramos o no, esta es una sociedad que nos obliga a estar en contacto con otras personas, pero ¿tenemos claro quiénes son nuestros amigos en realidad? ¿Confiamos en ellos? En general, todo el mundo necesita a alguien en quién apoyarse cuando vienen mal dadas. Pero también es muy posible que alguna vez nos hayamos sentido traicionados por una persona por la que hubiéramos puesto la mano en el fuego.

Ya sea por pura amistad, por candidez o por seguidismo, muchos de estos contactos nos suelen inducir a creer en las Fake News, las noticias falsas que corren por Internet y que muchos aceptan como reales solo porque cuadran con sus creencias, intereses u orientación política. ¿Quién puede considerarse libre de ellas? El acceso de cualquier usuario a las RRSS hace que los rumores y comentarios que antes quedaban circunscritos a la plaza del pueblo o a la barra de un bar se expandan, evolucionen y se transformen, como en una analogía moderna del juego del teléfono que nos divertía de niños. Y la vez, la gente ha desarrollado una capacidad especial para ofenderse por muy poco y reaccionar con violencia, amparada por la relativa seguridad y anonimato de las redes sociales.

Tuiteros, yotubers e instagrammers no suelen conseguir seguidores a base de colegueo, respeto y buenas maneras. Los usuarios son retroalimentados por el conflicto y la crítica. Cuanto más impactante sea el vídeo, el mensaje o la foto, o más polémica sea la noticia, más ruido se generará y más visionados y seguidores se obtendrán. En estos entornos se permite ser machista, racista y políticamente incorrecto, y adquiere poder la figura del hater, gente que siempre está en contra de todo y a la que molesta cualquier opinión que no se alinee con la concepción pura del mundo, la sociedad y la política que ellos tienen.

La posverdad se impone. Por más que pasen los años y las generaciones, los vicios más antiguos de nuestros antepasados se mantienen en plena forma: el chisme y la envidia, en pareja indivisible, excitando a las masas.

La pregunta, en definitiva, es si deberíamos limitar estas actitudes o promover de una vez y por todas una libertad de expresión absoluta y global, aún a sabiendas de que habrá situaciones que nos molestarán y nos harán daño como seres individuales.

4. La inmadurez del hombre y la mujer modernos y el machismo asimilado.

El siglo XX fue un período de grandes cambios, cuando masas ingentes de niños y adolescentes fueron obligados a dejar la escuela y luchar en guerras atroces y sin sentido. Cuando estas acabaron, los jóvenes supervivientes se integraron como trabajadores de pleno en la sociedad, formando familias y tratando de prosperar, aunque siempre recordando la experiencia de pasar hambre, miedo y calamidades, lo cual les hizo madurar de golpe y mantener una actitud conservadora el resto de sus vidas.

Con la relajación de esos modelos a partir de los años 60 y 70 del siglo XX, las generaciones posteriores olvidaron paulatinamente la experiencia de la guerra y se entregaron a los cambios demandados por la sociedad del bienestar del último tercio del siglo. A día de hoy, todo ese proceso ha desembocado en una proliferación de hombres y mujeres afectados por el síndrome de Peter Pan, personas adultas que no acaban de asumir el paso del tiempo.

Tampoco podemos obviar que en este principio del siglo XXI sigue vigente una lacra que, más que disminuir, se ve potenciada y compartida cada día un poquito más gracias a la globalización de las comunicaciones y de la información. Esa lacra no es otra que el machismo, como problema transversal, afectando a todas las capas de la sociedad y géneros, puesto que muchas mujeres lo son sin ni siquiera planteárselo. En muchas ocasiones actúa como un monstruo durmiente en cada uno de nosotros, alimentado por la educación que hemos recibido tanto en el colegio como en casa, por la publicidad, y por los modelos de comportamiento que nos influencian desde los libros, el cine y la televisión. En particular, el género masculino sigue sin saber interpretar correctamente las señales. No es No, está claro, pero de ahí al pagafantismo más humillante hay un amplio espectro de posibilidades no siempre bien entendidas y manejadas tanto por hombres como por mujeres.

Tomando un ejemplo reciente, ¿es el “Me Too” una reivindicación que va a cambiar para bien el punto de vista de las personas en sus relaciones, o sólo una reacción totalmente lícita aunque temporal de ciertos  colectivos destinada a perder fuelle con el paso del tiempo? ¿Será tan sólo uno más de los movimientos reivindicativos de “usar y tirar”, como la indignación por los atentados en Kabul, por los naufragios de pateras en el Mediterráneo o por los asesinatos y secuestros de Boko Haram?

El cambiar esta cultura del machismo y del poder físico de hombres sobre mujeres solo será posible si gobernantes y legisladores promueven un cambio de mentalidad más profundo, que empiece en la familia, pase por la educación en los colegios, institutos y universidades, y se vea continuado por los medios de comunicación y entretenimiento, que deberían dejar de banalizar situaciones no tan solo de violencia física sino también de la intelectual o psíquica, en muchas ocasiones bastante más difícil de detectar y corregir.

5. La nueva sociedad es más permisiva y laxa con la violencia.

Continuando con la orientación del punto anterior, nos estamos acostumbrando a la violencia de las imágenes de Redes Sociales y Televisión, integrándolas en nuestra rutina habitual y normalizándolas bajo la excusa de que ‘siempre ha sido así, sólo que ahora se sabe más’.

Sería necesario asumir que esta es una sociedad cada vez más permisiva con dicha violencia. Sí, nuestro primer mundo es cada vez más materialista y menos sensible, el postureo ha tomado el poder y abduce tanto a adolescentes como a adultos. ¿O es que, en realidad, siempre ha sucedido de esta manera? ¿Estaremos cayendo en un estado mental cercano al de “Comfortably Numb (Cómodamente Adormecido”, el tema del álbum The Wall (1979) de los Pink Floyd? ¿Es este conformismo una enfermedad social, la nueva denominación de un tipo especial de depresión/hastío/indiferencia?

Quizás en el fondo tan solo sea una falta de empatía global la que nos acecha como colectivo.

6. Los líderes de la sociedad y el principio de Peter.

El principio de incompetencia de Peter sostiene que las personas que realizan bien su trabajo suelen ser promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, hasta que llegan a uno para el cual ya no son aptos, alcanzando entonces un máximo de incompetencia que afecta a los empleados a su mando, que acaban haciendo mal su trabajo a causa de un mal jefe.

Por otro lado, el individuo común del siglo XXI se ve continuamente expuesto y comparado con los “verdaderos” triunfadores, perfiles del tipo Donald Trump, Kim Kardashian o Cristiano Ronaldo, polémicos y amados u odiados a partes iguales. En base a esa comparación, muchas de estas personas anónimas pueden llegar a la conclusión de que pasarán por este mundo bajo la sombra de la mediocridad y sin dejar huella alguna.

De hecho, el fenómeno fan se ha exacerbado también gracias a las RRSS. De cantantes, deportistas y actores hemos pasado a encumbrar a youtubers, instagrammers e influencers. Aunque también es posible que esta competición sea un tanto más democrática: un dispositivo = un voto. Cabría entonces preguntarse si aún somos libres de decidir lo que nos gusta, a quién amamos, a quién odiamos, o es todo un espejismo y nos limitamos a seguir los caminos marcados por estos líderes de cartón piedra.

Como idea troncal en este ensayo también sostenemos que nos encontramos sumidos en una crisis total de creatividad. Envueltos en una catarata de informaciones, novedades y cambios tecnológicos, todo parece inventado ya, nos da la sensación de que cualquiera es mejor que nosotros en cualquier cosa que intentamos y, como hemos visto, estos líderes de cartón piedra saben muy bien cómo alardear de sus éxitos, aunque todo lo que se mueva a su alrededor sea una gran mentira.

En resumen, un grupo de mediocres populistas con demasiada confianza en sus posibilidades ha tomado el poder y dominan el mundo actual, accediendo a los puestos claves de mando y de liderazgo, solo para demostrar una y otra vez que no son aptos para ello. Y aun así, el pueblo los sigue siguiendo, apoyando y votando. Desafortunadamente, la mayoría de las personas no parecen darse cuenta de lo crítico de la situación y deberíamos asumir que ya es demasiado tarde para evitar el desastre. El destino de estos Illuminati es perpetuarse en sus posiciones de privilegio en detrimento de personas válidas pero que adolecen del carisma, de la visibilidad o del clamor popular necesario.

Conclusiones

Este ensayo no pretende ser un análisis exhaustivo de la sociedad digital en los países del primer mundo, ni tampoco un panfleto reivindicativo de las bondades de las personas en la edad madura en contraposición con las nuevas generaciones de jóvenes “indolentes y pasivos”. No va en contra de nadie, sea cual sea su edad, género u origen.

Al contrario, aunque el ejercicio pueda parecer un tanto pesimista, en realidad trata de pensar en positivo y destacar los cambios de mentalidad que necesitará la humanidad en las próximas décadas para adaptarse al imparable progreso tecnológico sin perder sus objetivos como sociedad. A ese respecto, hemos obviado expresamente temas políticos, demográficos o económicos puesto que estos deben ser analizados de manera mucho más profunda y detallada por sus correspondientes expertos.

En definitiva, no hay duda de que nuestros jóvenes deberán lidiar como mínimo con los mismos problemas que hemos destacado, y que tendrán que enfrentarse con muchos otros que a día de hoy desconocemos. Pero también está claro que estos niños, niñas y adolescentes son nuestro único futuro, por lo que debemos ser cuidadosos, comprensivos y receptivos si queremos que hereden un planeta con un mínimo de humanidad y funcionalidad en el que todo el mundo pueda expresarse y reivindicarse como persona de pleno derecho, independientemente de su raza, nacionalidad u orientación sexual.

 

Pedro D. Verdugo.

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