Relato original: La mesita de noche.

Como hacía cada jueves tras finalizar el episodio semanal de su serie favorita, Ángela se dirigió a paso ligero hacia el dormitorio, se metió nerviosa en la cama y se acurrucó sin perder un segundo. No se acostumbraba a estar sola en el piso, que se le hacía grande y frío, en especial desde que su marido había aceptado el puesto de consultor jefe en un proyecto que le hacía viajar a Alemania y pernoctar fuera del hogar durante toda la semana laboral. Se calmó un poco al pensar que sólo quedaba un día para estar juntos de nuevo, y se cubrió con el edredón hasta la altura de la nariz.

Poco antes de casarse, la pareja se había hipotecado con la compra de un bonito ático en una zona en expansión de la ciudad, y en ocasiones ella sentía un sudor frío en la piel al pensar que alguien pudiera tratar de acceder a la terraza privada o a la propia vivienda, saltando o descolgándose desde el bloque colindante, todavía en obras. Otras noches su típico miedo a la oscuridad se transformaba en un pánico irracional, y entonces su mente no dejaba de divagar, imaginando escenas morbosas y surrealistas en ambientes acechados por la penumbra.

No lo podía evitar, siempre había sido muy asustadiza. Por ejemplo, no logró conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada aquella vez que, de novios, él se empeñó en ir al cine a ver una agobiante película japonesa de terror. Otra situación complicada sucedió ya en el ático, una de aquellas noches solitarias, cuando ella creyó oír un ruido extraño, corrió a la cocina en busca de unas tijeras grandes, se metió en la cama y se quedó encogida en posición fetal. Sólo después de pasar cerca de una hora en esa postura se convenció de que todo era fruto de su imaginación y dejó de aferrar la herramienta, con las manos ya doloridas por la continua tensión. Su marido se echó unas buenas risas cuando Ángela le explicó el incidente.

En realidad, esa sensación de miedo a estar sola no era nueva. Suponía que era debido a que siempre había compartido dormitorio con alguien: de pequeña, con su hermana, hasta que ésta se independizó, y luego con su abuelita, que se había mudado a la casa de los padres de Ángela cuando se hizo demasiado mayor para vivir sola. Tan sólo disfrutó de ser la única usuaria de la habitación por un corto espacio de tiempo cuando la abuela falleció, pocos meses antes de la boda.

Esa noche trató de respirar hondo y a intervalos regulares para tranquilizarse, pero su cerebro sobreexcitado se empeñó en recordarle que últimamente había visto a gente un tanto sospechosa merodeando por el barrio. Pensó que cuando su marido volviera para ese fin de semana tenía que comentarle su idea de instalar una alarma en el piso, puesto que creía que desde hacía un par de meses la puerta principal de su edificio no cerraba del todo bien. Pocos días atrás, incluso había detectado un papelito sospechoso colocado en una de las esquinas del portal, y ante sus dudas la vecina del segundo le comentó con un punto de malicia que había visto en las noticias que a veces los cacos marcaban las casas interesantes utilizando ese tipo de señales.

Abajo en la calle, los clientes del bar situado en los bajos del bloque entraban y salían entre discusiones deportivas, conversaciones subidas de tono y carcajadas, formando un bullicio que llegaba amortiguado a los oídos de Ángela, tres pisos más arriba. Detestaba verse atrapada por tal estado de paranoia irracional, pero entonces casi se le paró el corazón al notar pasos en el terrado, ya en el piso superior. Estiró un poco más el edredón, hasta casi bloquearse por completo las vías respiratorias. Tan sólo le sobresalían la frente y los ojos, que se obligaba a mantener cerrados con un celo tal vez excesivo. Notaba como sus pies seguían helados y echaba de menos el calor del cuerpo de su marido a su lado en esas noches frías de invierno.

Dejó así pasar los minutos, inmóvil y conteniendo la respiración. Oyó de nuevo un pequeño ruido, casi imperceptible pero de alguna manera más amenazante, puesto que esta vez parecía estar más cerca, ya dentro del piso. Pensó que quizás estaba soñando, sin poder decidir si se encontraba en vela, vigilia o sueño profundo. El sonido se transformó en un chasquido, como el que suena al abrir una puerta. Los pasos parecían acercarse, poco a poco. De repente, Ángela recordó que en aquella otra ocasión no había devuelto las tijeras a la cocina, así que debían seguir en el cajón superior de su mesita de noche. Su mente se ofuscó al percibir como una sombra se aproximaba a su cuerpo cubierto por el edredón, en el preciso momento en que ella abría el cajón, sus dedos aferraban con ahínco el instrumento y, gritando con desesperación, saltaba de la cama y se lo clavaba en el cuello al sorprendido visitante una única vez, mortalmente.

Sólo entonces Ángela se percató de su gran error, recordando con consternación que desde hacía dos semanas su serie favorita había retrasado un día su emisión. En paralelo, cayó en la cuenta de que el bar de abajo sólo abría por las noches los viernes y los sábados.

Por desgracia, aquel que yacía agonizante a los pies de la cama no era, ni mucho menos, un intruso.

FIN.

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