Nuevo Relato Corto: Business Trip

Desde la Web del Péndulo de Newton, hoy os explicaré una vieja batallita de mis tiempos de consultor tecnológico por esos mundos de Dios, una historia que al parecer tenía olvidada en el fondo de mi cabeza, pero que ciertos acontecimientos recientes han hecho salir a flote de nuevo. Inicialmente, este relato fue publicado como un hilo de Twitter.

Todo este recuerdo se originó hace tan sólo unos días, cuando me reuní de nuevo con algunos viejos amigos y compañeros de una de las empresas en las que trabajé entre el 1997 y el 2003, una potente firma de Bases de Datos, Software y Consultoría de Barcelona.

En dicha reunión, aparte de ponernos al día, algunos me recordaron la increíble cadena de despropósitos y desventuras que afectó a mi grupo durante un viaje de vuelta a casa desde uno de nuestros clientes. Es el momento de rememorar todo lo que sucedió entonces.

Situémonos. Todo lo que os voy a explicar es totalmente verídico – a menos que mi memoria haya decidido jugarme una mala pasada – y sucedió durante el otoño del 2002. El cliente, una importante empresa industrial situada en un pueblo de la Toscana cercano a Siena, en Italia.

La misión del equipo de trabajo al que estaba asignado consistía en preparar, configurar e instalar allí la nueva versión de nuestro software de gestión de empresas en algo menos de seis meses, un plazo bastante ambicioso pero habitual en proyectos de este tipo.

Yo me había incorporado tarde, sustituyendo a un compañero que un día determinado, a media mañana y sin preaviso, dejó caer el bolígrafo, entregó su portátil y sin decir nada más se marchó de Italia y de la consultoría buscando un destino profesional más al sur.

La “semana de autos” nos habíamos desplazado a la Toscana siete consultores, de ambos géneros, más un gerente. Habíamos estado trabajando a media jornada (es decir, unas 12 horas al día) y por fin llegó el viernes y la hora de volver a Barcelona.

Son las dos de la tarde y los ocho estamos preparados para salir hacia el aeropuerto de Pisa. El plan es desplazarse por carretera con los dos coches de alquiler disponibles, volar desde allí y estar a la hora de la cena en casa. Como veréis, nada sucedió como estaba previsto.

Justo en este momento es cuando empieza el despropósito. Ya en el vestíbulo de la empresa industrial, siento ganas de ir al baño. Dejo mi maleta a un lado y subo a los servicios de la planta de oficinas de la fábrica. Menos de tres minutos más tarde vuelo a estar abajo. Solo.

Un minuto más tarde aparece otra compañera, a la que llamaremos B. Me mira con cara de desconcierto. “¿Dónde están los demás?”, me pregunta. Mi respuesta se limita a encogerme de hombros. Salimos juntos a los jardines exteriores del edificio. Ni rastro de los demás.

“Creo que se han ido sin nosotros”, logro responder. Intentamos contactar con ellos mediante el teléfono móvil. Nadie contesta a nuestras llamadas. Sin perder la calma, B -que habla mucho mejor italiano que yo- se dirige a las oficinas para pedir ayuda.

A los pocos minutos B aparece con uno de los chicos italianos que trabaja allí. Nos dice que no nos preocupemos, que contactará con Enzo, el bedel de la fábrica (vive allí con su familia) para que nos lleve en su coche particular al aeropuerto.

B y yo salimos a esperar a Enzo al jardín. Tarda 20 minutos y aparece con pinta de haber estado bebiendo, haciendo la siesta o ambas. Lo peor no es su estado, sino el “bólido” con el que pretende llevarnos a Pisa, un decrépito FIAT 600 que debe tener unos 35 ó 40 años.

Aun así, es nuestra única opción viable por el momento. B sube al asiento del copiloto, y atrás me acomodo yo con las maletas y los portátiles. Ella se abrocha el cinturón. Yo no tengo tal oportunidad (no hay cinturones en mi asiento), pero quedo bien encajado por el equipaje.

Enzo inicia el trayecto. Sale con tranquilidad del recinto de la fábrica, pero nada más poner los neumáticos sobre la carretera, se libera el espíritu de Tazio Nuvolari que ha poseído al bedel y -no bromeo- pone al FIAT a 150 por hora. Empiezo a dar bandazos a cada curva de la carretera.

Alguien le debe haber dicho a Enzo que teníamos prisa, y el hombre se ha animado tanto que posiblemente lleguemos a adelantar a los vehículos de nuestros compañeros. Durante el trayecto uno de los maletines de portátil se desplaza y me golpea la cabeza. Creo que me desmayo.

Cuando vuelvo en mí, B -que no se había dado cuenta del incidente- me comenta que ha podido hablar con uno de los compañeros por móvil. Al parecer cada uno de los conductores ha pensado que íbamos en el otro coche. Quedamos en reunirnos en el aeropuerto de Pisa.

Llegamos allí, mareados y con ganas de apearnos del FIAT. Sacamos nuestras maletas y corremos por el aeropuerto, puesto que a pesar de todo se nos ha hecho bastante tarde. Al llegar a la posición del resto, el gerente, al que llamaremos señor F, nos hace un gesto de calma.

Tras pedirnos disculpas por el descuido en la fábrica, nos explica que hay una huelga no anunciada del personal de cabina de la línea aérea que nos iba a llevar a Barcelona. El vuelo se ha cancelado. Son las tres y media de la tarde.

Al parecer, la única combinación viable en ese momento es volar a Roma – Fiumicino, donde el señor F cree que podremos reclamar y tomar otro vuelo directo a Barcelona. Nos encomendamos a nuestra suerte y hacemos tiempo en la terraza del aeropuerto tomando un limoncello.

Llegada la hora, despegamos de Pisa en dirección a Roma. Aterrizamos cuando todavía tengo en la garganta la mitad de los cacahuetes que una azafata de Alitalia con malas pulgas ha ido lanzando con desdén a los pasajeros.

Al llegar a Roma, se ha declarado un pequeño incendio en uno de los edificios del aeropuerto, por lo que nos confinan en el avión durante 45 minutos. Al final bajamos por la escalera directamente a la pista. No hay “fingers”, tampoco autobús. Hay que ir andando a la terminal.

Son cerca de las 8, la hora en la cual deberíamos estar aterrizando en el Prat según el plan original. Tarde y sin vuelo de vuelta asignado aún, el rebaño de consultores liderado por el señor F se dirige por un terminal en obras hacia el mostrador de Alitalia.

Pero no hay plazas libres en ningún vuelo para Barcelona esa noche. La alternativa es quedarse a dormir en algún hotel cercano a Fiumicino y confiar en que haya plazas en algún vuelo del sábado. Nos rebelamos, queremos volver a casa lo antes posible.

El señor F consigue en el mostrador una solución intermedia: hay asientos disponibles para un vuelo que sale casi a media noche… con dirección a Madrid. No es lo mejor, pero al menos nos permitirá acercarnos un poco más a nuestro destino final. Allí alquilaremos un par de coches.

Como hay tiempo, picamos algo en una de las cafeterías del aeropuerto, antes de cruzar los arcos detectores de metales. Cuando nos dirigimos allí, próxima la hora de salida, nos encontramos otra incidencia. Allí hay una cola de varios minutos, y quizá no lleguemos a tiempo.

Tomando una decisión arriesgada y osada, decidimos colarnos por delante de toda esa gente. A esas alturas ya no estamos para ostias, pero la gente de la cola tampoco. Intentamos explicarnos a empujones mientras avanzamos. Nadie nos entiende.

Sin saber muy bien cómo, al final logramos pasar íntegros por el arco detector. D, un compañero de Zaragoza, se gira a los viajeros que nos estaba abucheando y anuncia solemnemente “Amici italiani, grazie mille”. Se incrementan los abucheos. Una zapatilla vuela hacia nosotros.

Unos pasos más adelante, me doy cuenta de que me he dejado el móvil en la cinta de detección. Corro hacia atrás mientras el resto avanza. No lo encuentro. Unos minutos después, ya a punto de rendirme y abandonar la idea de dormir en casa, un alma caritativa lo encuentra y me lo entrega.

Sin más incidentes -de momento- tomamos el avión que nos lleva a Madrid. Son cerca de la una de la noche cuando aterrizamos allí. Recogemos el equipaje y en volandas, corremos hacia los mostradores de las empresas de alquiler de automóviles. Todas esas compañías han bajado ya la persiana. De hecho, a esas horas, Barajas está semivacío.

Uno de nosotros pregunta a una señora de la limpieza. Dice que igual puede encontrar a un trabajador de una de las empresas de alquiler.  A esas horas, sin coches de alquiler y ni siquiera un hotel para poder dormir unas horas como alternativa, nuestro destino inmediato depende de esa amable señora de la limpieza.

Finalmente, aparece con un tipo despeinado y con la camisa por fuera. Le explicamos al tipo nuestra triste historia, y parece apiadarse de nosotros. Abre el mostrador y nos entrega las llaves de los dos últimos coches que le quedan en el parking. Con el fin de evitar que alguien se olvide de mí otra vez, me engancho al señor F, uno de los conductores.

Apretujados pero confiados en que nuestras desgracias han acabado, tomamos la carretera en dirección a Zaragoza. Vamos cuatro consultores en cada coche, incluyendo al gerente. Me quedo adormilado cuando el señor F y una de las chicas empiezan a hablar de cuestiones del trabajo. Al rato, me despierto, creyendo que ya hemos llegado al aeropuerto de Barcelona, donde tenemos que entregar los coches de alquiler.

Falsa alarma: nos encontramos en la estación de servicio de La Puebla de Alfinden en Zaragoza, donde dejaremos a D, el maño del grupo. Yo empiezo a sentir un hormigueo en la vejiga de nuevo, pero decido no arriesgarme a meterme en el baño de la estación de servicio. A esas horas y con el cansancio acumulado, alguno de estos es capaz de olvidarse de mí de nuevo.

Estamos ya llegando al final de la aventura. Son cerca de las 8 de la mañana cuando el señor F nos deja en la parada de taxis del entonces Terminal 1 del aeropuerto del Prat, antes de retornar el coche de alquiler. Brevemente me despido de mis compañeros y pico en la ventanilla del primer taxi.

El taxista estaba durmiendo, y asustado, de manera instintiva coge un bate de béisbol de debajo del asiento. Cuando se percata de que no tengo pinta de secuestrador de taxis, baja la ventanilla y me pregunta sorprendido: “¿Ya han llegado los primeros aviones?”

Le contesto que no, pero que si me lleva a casa le puedo explicar una interesante aventura. Accede, y mientras le cuento los detalles de la noche me mira como si fuera un bicho raro. Creo que está a punto de dejarme en mitad de la carretera.

Finalmente, a las ocho y media de la mañana, más de doce horas y muchos kilómetros después de lo esperado, el taxi me deja en la puerta de casa. Me descalzo y me lanzo a la cama, aun vestido. Logro pensar: “esto no es vida”.

Seis meses después, dejaba la consultoría.

 

 

 

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