Los tres cerditos y el lobo feroz capitalista

En el País de los Cerdos, tres alegres y confiados cerditos vivían bajo el manto protector de sus padres en un pequeño piso a las afueras de la gran ciudad. El tiempo pasó, los cerditos crecieron y una noche que habían cenado panceta con patatas guisadas, papá y mamá cerdo tuvieron una conversación mientras fregaban los platos.

– Mamá Cerda, estoy hasta los jamones de mantener a estos tres haraganes. ¿Qué se creen, que esto es un hotel y que están a gastos pagados? Se hacen mayores y no puede ser que sigan aquí viviendo del cuento y sin pegar un palo al agua.

– No te sulfures Papá Cerdo, ya sabes que tienes que cuidarte la tensión. Los dos pequeños todavía son demasiado jóvenes y no están preparados para enfrentarse al mundo.

– Me parece que los estás sobreprotegiendo demasiado y que a este paso nos van a salir gilipollas. ¿Y qué piensas del mayor, también tenemos que seguir dándole coba?

– Con él quizás sí que tengas razón. Se pasa todo el día encerrado en su habitación jugando a la video consola y no es capaz ni de poner la mesa o lavarse su ropa.

– ¿Lo ves? Este es un caradura y se está aprovechando de nuestra hospitalidad, pero su dolce vita se va a acabar. Tiene que buscar un trabajo, me da lo mismo si es de gigoló o recogiendo la mierda que dejan los caballos en los desfiles militares. Pero no voy a aguantar este plan un día más. Quiero que se vaya de casa, a ver si así espabila.

Cuando el día siguiente Mamá Cerda fue a la habitación de su primogénito a explicarle la decisión de su padre, éste le miró con cara sorprendida, pero como era tan perezoso no se opuso a las órdenes. Resignado, abrió el armario, colocó un poco de ropa en una mochila y preparó una maleta con su mayor tesoro: la PigStation 4, los mandos y los juegos. Con ese mínimo equipaje, se marchó de casa buscando un futuro mejor.

El mayor de los tres cerditos tuvo suerte y pronto encontró una ocupación como guardia forestal.  Viviría en una cabaña de montaña con el techo de paja. El trabajo consistía en pasear de tanto en cuanto por los caminos adyacentes y vigilar el bosque con los prismáticos por si se declaraba un incendio. El resto del tiempo, el generador eléctrico diesel de la cabaña le aseguraba la autonomía necesaria para poder jugar a la consola, y la conexión vía satélite le permitía estar conectado a la red en todo momento. Era feliz.

Pasaron unos cuantos meses, y Mamá Cerda volvió a notar algo taciturno a su marido mientras cortaba virutas de una paletilla ibérica en la cocina.

– Te veo preocupado, Papá Cerdo. ¿Qué te pasa?

– El trabajo. He oído que van a declarar un ERE y que planean pasar la producción a otro país.

– ¡Qué cerdada! – reaccionó ella, muy enojada-.

El cabeza de familia miró a su esposa con gesto amargo y le contestó.

– Si se confirma ese jodido ERE, no vamos a poder seguir manteniendo a estos dos zánganos que aún tenemos en casa. Haremos un esfuerzo con Júnior, porque todavía está estudiando en la facultad, pero el mediano ya no estudia ni trabaja. Y sólo lo veo a la hora de comer o cenar. ¿A qué coño dedica el resto del tiempo?

– Se pasa el día entero con la guitarra y escribiendo canciones y poemas. Dice que quiere ser cantante o escritor.

– ¡Ja! ¿Cantante o escritor? Como siga así lo que va a ser es un muerto de hambre. Mamá Cerda, no sé que hemos hecho mal con él, pero tiene que espabilar.

Para invitar a salir de casa a su hijo mediano, Mamá Cerda utilizó una estrategia similar a la que había usado con el mayor, pero en esta ocasión él opuso una férrea resistencia tratando de confundir a su madre con palabrería de escritor de tres al cuarto.

– Mamá, que sepas que conseguir lo que quieres es tan difícil como no conseguir lo que quieres. Porque entonces tienes que averiguar qué hacer con ello, en lugar de averiguar qué hacer sin ello.

No obstante, Mamá Cerda era una mujer preparada: ella también había leído mucho, y contraatacó sin vacilar.

-Hijo, debes dejar de preocuparte por envejecer y empezar a pensar en crecer. Y lo harás mejor fuera de casa.

Humillado en su especialidad por su propia madre, el mediano de la familia no tuvo otra opción que marcharse con el rabito entre las piernas y la guitarra a la espalda. Un colega le ofreció cobijo en una comuna hippy situada en una casa de madera, donde compartiría techo con otros cochinos bohemios, se pasaría la mayor parte del tiempo fumando alfalfa e intentaría componer unas canciones o en su defecto la novela puerca del siglo. Sin buscarla, había encontrado la vida que siempre había soñado.

Alrededor de un año más tarde, Júnior convocó de manera solemne a sus padres en la sala de estar del piso familiar. Por fin había aprobado la última asignatura en la facultad de negocios, y les informó que se marchaba de casa puesto que había conseguido un buen trabajo en una entidad financiera de la capital. Papá Cerdo, muy orgulloso, le comentó a su esposa.

– No me equivoqué cuando aposté por Júnior: él salvará el honor de esta familia, porque si debemos confiar en los otros dos, vamos arreglados.

Y así llegamos a las Navidades siguientes. Mamá Cerda había convocado a sus tres hijos para celebrar la Nochebuena. Que hubieran echado de casa a los dos mayores no significaba que no los quisieran. Así que alrededor de un excelente cochinillo asado con pimientos, espárragos y cebollitas caramelizadas, la familia se puso al día de sus vidas. El hermano mayor empezó.

– Bueno, la verdad es que yo no puedo decir que las cosas me vayan demasiado bien. Al parecer, un lobo feroz capitalista ha comprado la montaña en donde trabajaba como guardabosques para construir una urbanización de lujo. Precisamente hoy han venido unas excavadoras, han tirado la cabaña al suelo y me han dejado de pezuñas en la calle.

– ¡Qué hijos de loba! –se indignó Mamá Cerda, algo sobreactuada-.

– Yo tampoco tengo buenas noticias –dijo el marrano mediano-. Van a derribar todos los edificios de la manzana donde está la comuna en la que vivo, precisamente ahora que estaba a punto de firmar por una discográfica de primera categoría. Creo que planean construir un centro comercial.

Papá Cerdo habló en ese momento.

– Me temo que yo también tengo que daros una mala noticia: han cerrado la fábrica y vamos a tener que abandonar este piso. Al parecer un fondo de inversión ha adquirido la empresa y van a mover toda la producción al país de los Osos Panda.

– ¡Desgraciados! ¡A mí esos nunca me han engañado, a pesar de sus caras redonditas de no haber roto nunca un plato! ¡Qué puedes esperar de gente que sólo come bambú! – añadió Mamá Cerda, en un elevado estado de excitación-.

Júnior, el cerdito más joven, había estado escuchado a sus hermanos y a sus padres con gesto grave pero tranquilo, y por fin intervino en la conversación

– Familia, creo que puedo ayudaros. Con unos socios estoy montando un restaurante de lujo en la capital y necesitamos personal. Como estamos empezando no os puedo pagar nada, pero al menos os ofrezco un techo para dormir en un edificio de ladrillo muy resistente y a prueba de recalificaciones, más dos comidas calientes al día. ¿Qué me decís?

Los dos cerditos mayores y Papá Cerdo se miraron entre sí aliviados, y no tardaron en aceptar la propuesta de Júnior, abrazándose y saltando alrededor de la mesa.

El más joven de la familia miró a su madre y le guiñó un ojo al comprobar la explosión de felicidad del resto. Su plan secreto para el reagrupamiento familiar había funcionado. La entidad financiera en la que trabajaba no era un banco normal y corriente, de los que dan préstamos a trabajadores y viven de cobrar comisiones, sino un potente fondo de inversión desde el que había podido manejar los hilos para aprobar y financiar la urbanización de la montaña, la construcción del centro comercial y el cierre de la fábrica.

El más joven y a su vez el mayor de los cerdos de aquella familia había acabado siendo aquel feroz lobo capitalista al que su padre y sus hermanos temían. Pero él sabía que tenía un buen motivo: todo lo había hecho para que la familia pudiera estar junta de nuevo.

FIN

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