Una pequeña historia de superhéroes (o por qué odio los Carnavales)

En estos días de locura colectiva y relajamiento moral debo confesarles algo: odio los festejos asociados al culto pagano del carnaval. Sí, odio esta absurda tradición con todas mis fuerzas. No entiendo esa estúpida manía de la gente por ponerse ropa ridícula, pelucas piojosas, máscaras cutres o maquillaje del todo a un euro en la cara, salir a la calle haga frío o calor y ponerse a bailar y a reír como si sus vidas no fueran en realidad una auténtica basura.

Siento ser tan sincero, pero es que no me entra en la cabeza toda esa absurda locura. Ver las comparsas pasar por mi calle me pone frenético, y de mala leche cuando compruebo la suciedad y el desorden que dejan a su paso. Si la gente dedicara ese mismo esfuerzo a estudiar y a trabajar, qué diferente sería este país, y qué tranquilo viviría yo. Y es que de los carnavales me molesta todo:  los disfraces, el ruido, las aglomeraciones de gente, las majorettes, las bandas de música o la felicidad artificial que intentan contagiarme. Y en especial detesto a los señores pretendidamente graciosos de las chirigotas de Cádiz. No aguanto el acento exagerao de sus canciones ni sus actuaciones, más tristes y sórdidas que un festival de fin de curso perpetrado por los alumnos de un jardín de infancia de Chernobyl en el año 87.

No, señores, conmigo no cuenten para esa bobada de los Carnavales.

Y tengo mis razones, no crean que no. Todo viene de cuando era un niño, hace de eso muchísimos años ya, aunque lo conservo nítido en mi memoria. Era un día de febrero de finales de los años setenta del siglo pasado, y la película Superman, el primer blockbuster del cine de superhéroes estaba en boca de todos. La protagonizaba el guapo Christopher Reeve y todas las madres soñaban con él. Incluso la mía. Y lo que es peor, también mi abuela. Como podrán comprobar a continuación, dos mujeres de armas tomar que sin llegar al metro y medio podían haber gobernado Corea del Norte con mano de hierro durante varias décadas sin romperse una uña.

No es de extrañar por tanto que entre las dos decidieran que el niño de la familia (es decir, yo) tenía que ir al Carnaval de ese año vestido como el hombre de acero alérgico a la kriptonita. Yo, a mis seis o siete años no pude negarme y hoy en día no se me caen los anillos al recordar que hasta me hizo un poco de ilusión. Está claro que a esa edad uno no había desarrollado todavía el sentido del ridículo extremo que me hace sentir vergüenza ajena por la mayoría de las cosas que se salen de los buenos usos y costumbres.

Mi abuela era una hábil costurera, y tenía en su piso una vieja máquina de coser marca Singer de color negro. La guardaba en una especie de mueble convertible de madera que permitía proteger de forma práctica la propia máquina y los productos de costura. Recuerdo que la parte posterior de la puerta del mueble tenía unos cajoncitos repletos de cosas mágicas e inesperadas para un niño de seis años: entre carretes de hilo de diferentes colores y grosores, dedales plateados, agujas y alfileres, se podían también encontrar bolígrafos, lápices, soldados, indios y vaqueros de plástico, diminutos coches metálicos, naipes desemparejados, bizarros recuerdos de viaje, y en general cualquier artículo diminuto que a mi abuela le apeteciera conservar. Recuerdo como me gustaba trastear entre esos cajoncillos, aunque a veces me llevaba un doloroso recuerdo en forma de alfiler clavado en uno de mis dedos. Pero otras veces encontraba algún tesoro que me alegraba el día.

Así que a principios de aquel lejano febrero mi abuela se puso manos a la obra para confeccionar el traje de superhéroe en base a las fotos de una revista que mi madre había comprado en el kiosko de la esquina. Recuerdo que lo que le costó más fue el bordado de la “S” de Superman.

A los pocos días mi superabuela ya tenía listo mi traje de mini-super-héroe. Era precioso, de color azul brillante combinado con una capa y unos calzones de color granate (¿en que estaría pensando el primer dibujante del personaje?), casi a juego con unas botas de agua rojas que ya tenía en el armario. Debo confesar que a esas alturas yo ya estaba entusiasmado y que me hacía mucha ilusión que todos mis compañeros del colegio lo vieran. Quería pasearlo por la calle, saltar y bailar con él. Lo que más me gustaba era la capa, que hacía volar corriendo de arriba abajo por el pasillo de casa de mis abuelos. Lo que menos, cuando me tenía que quedar quieto mientras la yaya y mi madre ponían alfileres sobre el traje que llevaba colocado para acabar de adaptarlo a mis medidas. Además, las tardes que iba a probármelo a casa de mi abuela, ella me preparaba un tazón de chocolate y con una simple mirada sugería amablemente a mi  abuelo que saliera a comprar churros. Los comíamos en la cocina tras caerles por encima una nevada de azúcar gracias a  un azucarero de los que se tenían que voltear una y otra vez para echar el producto.

Y así llegó el día en que el flamante traje debía debutar en el colegio. Iba a ser la envidia de todos los niños y niñas de primero de EGB. Planeaba quitarme el abrigo y recorrer el camino entre casa y el colegio más lentamente que de costumbre con el objetivo de que todo el mundo pudiera disfrutar de mi traje. Pero justo antes de salir de casa, mi madre tuvo una de sus ideas extrañas de última hora, que suelen ser el preludio de una tragedia anunciada: añadir un antifaz al traje de Superman. Yo protesté.

─ Pero mamá, ¡si Superman no lleva antifaz!

─ Bueno, pero el nuestro es un Superman de barrio. Verás que bien te queda.

Era inútil protestar. En cuestiones de filosofía casera e infantil, mi madre era como una tirana de cara amable que siempre acababa ganando las batallas. Así que me tuve que llevar el antifaz al colegio, aunque lo guardé en el bolsillo del chaquetón antes de salir. A la hora del patio, cuando se iba a celebrar la fiesta, me acordé del antifaz de color púrpura y me asaltó un repentino sentimiento de culpa si no lo llevaba. Así que justo antes de pisar el patio me lo coloqué en la cara, y sin esperar más salí corriendo y con los nervios a flor de piel por ser el primero que diera una vuelta entera con mi capa volando al viento y mis botas de agua rojas a punto de despegar del suelo.

Pocos segundos después, un superhéroe de un metro veinte impactaba a toda velocidad contra uno de los árboles del patio del colegio, gracias a que el antifaz se había bajado un poco, tapándome del todo los ojos e impidiéndome visualizar cualquier objeto o persona que tuviera por delante. Todo el colegio vio como el mini-Superman rebotaba contra ese árbol y caía hacia atrás, ya sin sentido. Al menos eso me privó de escuchar la monstruosa carcajada colectiva que se produjo en aquel instante de vergüenza absoluta para mi historial íntimo.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en mi cama, con un chichón en la frente del tamaño de una pelota de ping-pong, y mi madre colocándome un paño frío, sin saber si reír o llorar.

Comprenderán por tanto que desde aquel triste día odio desde lo más profundo de mi ser todo lo que tenga que ver con disfraces, máscaras y pelucas. ¡Muerte al señor Carnaval, muerte a la diversión pagana!

 

FIN

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