Desajuste de cuentas (Nuevo relato)

30 de mayo de 1942, 4:10 de la mañana.

Cortijo los Rosales, sierra de Málaga.

El enésimo relincho de Esmeralda advirtió a Tomás que el señor ya estaba de vuelta. Se incorporó del camastro que compartía con su esposa y cuatro de sus cinco chiquillos en la única habitación de la humilde cabaña. Aurora, la más pequeña, dormía en una cunita que le había hecho él mismo con una caja de madera que había sobrado en la casa grande.

Hacía dos días que no se sabía nada de don Eulogio en el cortijo, desde que éste había salido con su preciosa yegua a unos asuntos de negocios sin desvelar cuándo pensaba volver. En realidad no era la primera vez que el señor llegaba a altas horas de la madrugada con sus facultades afectadas. Por suerte, Esmeralda conocía perfectamente el camino de vuelta desde el pueblo y no necesitaba que le guiara un jinete lúcido.

Debido a la proximidad de su choza con la casa principal, Tomás solía ser quien ayudaba a descabalgar a don Eulogio en aquellas ocasiones. Luego lo acomodaba en una pequeña habitación de la primera planta que quedaba junto a las caballerizas, donde dormiría la borrachera unas cuantas horas más. Probablemente no estaba obligado a hacerlo, pero Tomás era un hombre de buen corazón y a pesar de la mala fama de su jefe en el valle, no podía olvidar que le había proporcionado un trabajo y un techo bajo el que dormir con su familia, poco después de que la guerra acabase. Y todo ello sin hacerle preguntas incómodas sobre su pasado o sobre sus preferencias políticas.

Y es que don Eulogio Moreno Márquez era uno de los terratenientes de la zona y como tal, había apoyado el golpe de estado del 36. Al acabar la contienda, no había dudado en beneficiarse de la victoria de los nacionales, y era temido tanto por los campesinos que labraban sus tierras como por la mayoría de los habitantes del pueblo. De aspecto rudo y huraño, pescuezo escaso, amplias espaldas, anchos brazos y unas manos que parecían sostener dos racimos de dedos gruesos y fuertes como tenazas, Eulogio era inmune a los sentimientos que despertaba en los demás. Su vida parecía estar basada en tres pilares: trabajar como un mulo, tener cuidado de sus negocios, y procurar que a su madre, la anciana señora María, no le faltara de nada. Las únicas debilidades que se le conocían eran su yegua y una afición desmesurada por las timbas ilegales de cartas que se organizaban entre latifundistas y caciques de los pueblos de la comarca.

Mientras Tomás se calzaba sus alpargatas de esparto, notó como en el exterior el caballo parecía más inquieto que de costumbre: resoplaba y hacía sonar sus cascos contra la piedra del camino. Abandonó su choza, y aún algo adormilado, consiguió llegar hasta la altura de Esmeralda. Era noche cerrada y algunos nubarrones tapaban una luna en cuarto menguante, por lo que la visibilidad era muy limitada. Comenzó a separar los pies del señor de los estribos de la silla de montar. Alzó los brazos y le asió de la cintura para bajarlo del todo, haciendo un esfuerzo para mantenerlo sobre sus propias espaldas. Don Eulogio parecía totalmente ido y se dejaba hacer como si fuera un muñeco de trapo. A pesar del peso muerto que debía soportar, Tomás se dirigió hacia las cuadras, paso a paso pero decididamente. Sólo se detuvo, a medio camino, cuando se percató de las gotas de sangre que caían sobre sus pies. Asustado, dejó con cuidado el cuerpo del señor Eulogio en el suelo, justo para percatarse de que le faltaba la cabeza. En ese preciso instante los nubarrones comenzaron a descargar gruesas gotas de lluvia sobre el cortijo y sus alrededores.

30 de mayo de 1942, 1:35 de la mañana.

Camino rural desde Alfaraz de la Torre al Cortijo los Rosales, sierra de Málaga.

Los cascos de Esmeralda iban dejando pequeñas marcas semicirculares en el camino de tierra que rodeaba los campos de trigo cercanos al cortijo, que aun esperaban la siega de mediados de junio. Absorto en sus pensamientos, la mirada de Eulogio se perdía en el infinito. Negros nubarrones se vislumbraban en aquel horizonte sin futuro. Una furtiva lágrima resbaló sobre su cara, surcada de arrugas a pesar de que sólo tenía 46 años de edad. No lloraba desde la muerte de su padre, cuando era tan sólo un muchacho.

Esa noche había bebido, pero era necesaria mucha más cantidad de aquel vino peleón para noquearle. Sabía que el origen de sus desdichas no estaba en el alcohol de sus venas sino en la mentira en que se había convertido su vida. Dadas las circunstancias no tenía claro si lo que le deparaba el destino era suficientemente bueno como para querer quedarse. En su fuero interno sabía que no se lo merecía.

Un movimiento furtivo en las espigas del campo de la derecha le sacó de su aletargamiento. Se incorporó un poco y posó su mano derecha en el cinto, donde guardaba su pistola ASTRA 300 de 7 cartuchos, regalo de un comandante del ejército nacional. Calmó a Esmeralda, que también había notado algo sospechoso, acariciándole las crines. Podía ser un animal salvaje moviéndose entre las espigas. Unos metros más adelante, otro movimiento similar en el campo opuesto acabó de hacer entender a Eulogio lo que estaba pasando. Pero no desenfundó la pistola, sino que tiró de las riendas para que la yegua aminorase el paso. Ni el vino consumido en las últimas horas ni el paso de los años habían hecho mella en su visión, y siguió notando nuevos movimientos a un lado y a otro, cada vez más frecuentes y próximos a su posición. Respiró hondo al comprender que finalmente había perdido la partida, y por primera vez en su vida decidió que no tenía sentido pelear. Se abandonó en manos del destino, esperando un ataque que acabó llegando en forma de pedrada en la sien derecha. Supo que todo había acabado mientras notaba como perdía el conocimiento y su cuerpo se desplomaba en la tierra del camino. Sus asaltantes encontrarían lo que buscaban en una de las alforjas de cuero situada sobre los cuartos traseros de la yegua. En el fondo, debía estarles agradecido, ya que él no era más que un cobarde que nunca habría tenido el valor de dar el paso por sí solo.

29 de mayo de 1942, 23:25 de la noche.

Taberna Malaespina. Alfaraz de la Torre.

Como en otras ocasiones, el almacén trasero de la taberna era el escenario de una partida de cartas clandestina. El humo de los puros habanos se mezclaba con el olor de las morcillas, de las salchichas y del resto de embutidos en proceso de curación colgados del techo. Alrededor de una mesa redonda, rodeada de barricas de vino y aperos de labranza y de cocina, cinco de los más poderosos hombres de la comarca se jugaban posesiones, riquezas e incluso el futuro de algunos de sus lacayos.

Eulogio había sido de los primeros en llegar, con más de dos horas de antelación y una expresión de disgusto en sus labios. Desde otro lado de la barra el tabernero se interesó por él en tono respetuoso.

─ Bienvenido sea, señor Eulogio. ¿Qué le trae esta noche por aquí?

─ Bien que lo sabes, Manolo. Por el momento ponme un vaso de ese vino barato que tienes y deja la botella encima de la barra, que yo ya me iré sirviendo.

No era aquel el talante habitual del terrateniente, normalmente mucho más reservado y distante. El brillo de sus ojos acabó de convencer al tabernero, que no se atrevió a replicar la orden. Mientras le llenaba el vaso, trató de cambiar de tema.

─ Por supuesto. ¿Cómo van los negocios, señor Eulogio? He oído que ha estado en Málaga estos últimos dos días.

─ Malditos cotillas de pueblo, no creas que no sé lo que dicen de mí por aquí. Estoy hasta los cojones. Te diré una cosa: a esa gentuza miserable no le incumbe lo que yo haga o deje de hacer en la capital. Y te advierto que a ti tampoco, Manolo. ¿Entendido?

─ Claro, señor Eulogio.

─ Ahora ponme un plato de ese guiso que hace tu mujer y un chusco de pan, y déjame cenar tranquilo hasta la hora de la reunión.

A Manolo le quedó claro que esa noche era mejor no molestar a don Eulogio. El resto de convocados llegó durante la siguiente hora: El médico del pueblo, el comandante de la guardia civil, y otros dos señores rurales de la comarca. Uno de ellos era don Andrés Torres, un tipo peligroso y sin escrúpulos que al inicio de la timba mostró los títulos de propiedad de unas tierras que había expropiado el gobierno a su favor, fanfarroneando que pronto iba a ser el hombre más poderoso de la provincia. Aquello fue tan solo el inicio de las hostilidades. El juego y los comentarios se fueron volviendo más agresivos a medida que avanzaba la noche. El momento clave de la partida se produjo cuando, en una apuesta de audacia infinita ─o más bien, de absoluta locura─, Eulogio se jugó el cortijo de los Rosales y todas sus tierras circundantes contra las nuevas propiedades de Torres.

Eulogio parecía querer perder, pero acabó ganando. Tranquilamente, se levantó, recogió los papeles de mano de Torres, dio las buenas noches, pagó la cena a Manolo, y salió de la taberna en busca de Esmeralda. Sabía muy bien a quién había provocado.

Andrés Torres aceptó su derrota con una sonrisa falsa entre dientes, aunque ya sabía lo que tenía que hacer para recuperar sus posesiones. Estaba seguro que a nadie en aquella habitación inmunda le iba a interesar posicionarse en su contra.

28 de mayo de 1942, 19:15 de la tarde.

Ciudad de Málaga.

Aquella mañana había abandonado el pueblo a lomos de Esmeralda y con tiempo suficiente para recorrer la distancia que le separaba de la capital. A pesar de que los automóviles comenzaban a llenar calles y carreteras y que él podía permitirse alguno de los modelos más exclusivos, prefería desplazarse con la yegua aunque eso le demorara varias horas. Al llegar la dejó en uno de los establos cercanos al puerto y decidió moverse a pie por el centro urbano.

Después de la visita al notario y a dos comerciantes mayoristas, Eulogio disponía de un rato libre hasta la función de las ocho y media. No había aprendido a leer o a escribir demasiado bien, sin embargo era capaz de entender la hora en su reloj de pulsera o los valores de sus naipes cuando jugaba. Así que se dedicó a pasear por la calle Larios de arriba a abajo. Allí nadie le conocía ni le temía como en el pueblo. Le liberaban esos paseos en libertad, y le hacían más corto el tiempo de espera hasta verse con la persona que amaba. Se sentía contento y optimista.

Se paró frente a un escaparate repleto de fotografías en marcos plateados, y pensó que él nunca se había hecho un retrato. Así que entró y decidió encargar uno. Sería un bonito regalo. El fotógrafo tuvo la habilidad de capturar gran parte de las esencias de aquel hombre serio y formal: mirada expectante, cuerpo en tensión y una expresión entre el miedo y la esperanza que sólo llegaba a sugerir parcialmente toda la serie de dudas interiores que atormentaban a su alma. Pidió que la enviaran al ayuntamiento de Alfaraz de la Torre, donde la recogería en unos días.

Y así llegaron las ocho y media. Eulogio se dirigió al Teatro Central, donde se representaba la zarzuela El puñao de rosas, ambientada en un cortijo como el suyo. Ya había visto la obra cinco veces, una por cada vez que había visitado la ciudad el último año, pero eso no le importaba lo más mínimo.

Una hora y tres cuartos más tarde, Eulogio hacía sonar sus nudillos llenos de callosidades en una puerta de la planta baja del teatro. Gonzalo le abrió, le dejó pasar y la cerró tras él sin decir nada. Como uno de los actores principales de la obra tenía derecho a un camerino propio, aunque la pequeña estancia era un tanto lúgubre y miserable. Eulogio se desabrochó la chaqueta y la dejó en una de las sillas antes de sentarse en ella.

El actor acabó de quitarse el maquillaje frente a un espejo de forma elíptica clavado a la pared. Entonces se acercó sonriendo al lugar que ocupaba su invitado y le besó. El rudo Eulogio le correspondió con una pasión que hubiera sido completamente inaceptable a ojos de sus vecinos del pueblo. Pero en Málaga podía ser otra persona.

─ Tenía muchas ganas de verte. Tenemos que hablar ─ le dijo el actor.

─ Ya hablaremos luego, le contestó él.

Al salir del teatro fueron a cenar a uno de los restaurantes más lujosos del centro de la ciudad. Eulogio pagó la cuenta, satisfecho, aunque durante la velada había notado que algo le rondaba por la cabeza a Gonzalo. Al abandonar el restaurante caminaron uno al lado de otro pero sin llegar a rozarse, hasta llegar a la pensión donde Gonzalo tenía alquilada una habitación. Otra vez a salvo de miradas indiscretas, a nadie le importaba ya sus nombres, de donde venían o a quién amaban.

Al despertar por la mañana, Eulogio se quedó tumbado en la cama mirando al rostro de su compañero, que todavía dormía. Gonzalo se despertó y le dedicó una tímida sonrisa antes de dejar ir las malas noticias.

─ Eulogio, sabes que te quiero, pero tengo que decirte algo.

Eulogio Moreno era un hombre de campo pero comprendía perfectamente lo que podían llegar a significar esas palabras.

─ Dime, te escucho.

─ No puedo seguir así. Estoy harto de ocultarme y de sufrir por ser cómo soy, o por quién nos mira y quién nos deja de mirar. En este país nunca podremos estar juntos, el régimen no va a permitir que gente como tú y yo seamos felices. Además, el trabajo en el teatro se acaba en dos semanas. El público que viene a vernos es más reducido cada día que pasa, y el promotor no puede seguir perdiendo dinero cada mes. Así que he decidido aceptar la oferta de un empresario argentino para irme a vivir y a trabajar a Buenos Aires.

─ Sabes que no puedo ir contigo. Tengo tierras aquí, está mi madre, y…

─ Le he dado mil vueltas a la cabeza y creo que es lo mejor para los dos. Tu vida está aquí, sé que eres alguien importante en tu pueblo y que no te puedes permitir que descubran lo nuestro. Quizás aún puedas casarte con una mujer que te de un heredero para tus tierras.

─ Eso no funcionará, y lo sabemos los dos. Yo te quiero a ti, Gonzalo. Si es un tema de dinero, puedo hablar con el dueño del teatro para hacer que siga con las representaciones.

─ Lo siento, Eulogio, no es sólo un tema de dinero. Necesito un cambio de aires y mi decisión está tomada. Sé que te lo debería haber dicho antes pero quería aprovechar hasta el último momento contigo.

Eulogio se lo quedó mirando, pero ya no consiguió decir nada más. La que durante un tiempo había considerado como su última oportunidad de amar había acabado explotando en el aire, haciendo añicos aquella ilusión. Su mirada perdió brillo. Ahora volvía a ser oscura, distante y fría, su estado natural. El Eulogio cariñoso y tranquilo de la noche anterior se reencarnó de nuevo en el tirano sin sentimientos conocido en su pueblo. Se levantó para vestirse. Al tomar la chaqueta, sintió el peso de su pistola en uno de los bolsillos interiores. Preso de un ataque de celos y de impotencia, por un momento su mente se nubló y no pudo resistir la tentación: la sacó del bolsillo y la disparó tres veces sobre el pecho de Gonzalo, que permanecía sentado en la cama. Tres balas dirigidas a su corazón, como contrapartida del que había cesado de latir minutos antes en el interior de Eulogio.

Con rapidez se acabó de vestir y salió de la pensión por la puerta de atrás sin que nadie le viera. El momento de los disparos había coincidido con el paso de un ruidoso camión por la calle, y quizás tenía una oportunidad de escapar. Con suerte, encontrarían el cuerpo de Gonzalo cuando él ya estuviera muy lejos. Eulogio Moreno Márquez (ya sin el don por delante) recogió a Esmeralda y ambos tomaron el camino de vuelta a Alfaraz de la Torre en un estado de ánimo muy diferente al de la ida. De repente ya no importaba nada: ni el cortijo, ni las tierras, ni el poder, ni el dinero.

Esa noche planeaba beberse todo el vino de la taberna de Manolo para tener la valentía de tomar unas cuantas decisiones, pero sobre todo para olvidar que nunca más podría volver a ser feliz.

FIN

 

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