4 Primeros Capítulos de la Nueva Novela… ¡En abierto y para tod@s!

¡Hola! Como algunos sabréis, hace unas semanas envié unos cuantos capítulos de mi nueva novela a los suscriptores de este blog. Ahora publico la última actualización del prólogo y de esos primeros cuatro capítulos, para que todo el mundo (sin importar que sean suscriptores o no) pueda ver “de qué van los tiros” esta vez ;-). Por supuesto, estos capítulos pueden sufrir cambios de aquí a la publicación de la novela… Y me temo que aún os haré esperar un poquito.

!Espero que os gusten y os “pique el gusanillo”!

Saludos,

Pedro.

1.

26 de Julio de 2016. 19:30h de la tarde.

Barrio de San Jerónimo, Sevilla.

El intenso calor que suele someter en verano a la ciudad parece haberse tomado una pequeña tregua a última hora de la tarde. Aun así, la sensación de bochorno en la calle, cercana a los 35 grados centígrados, es agobiante.

Estirado en el sofá del humilde piso que comparte con su madre, Jesús ha podido contemplar como al viejo reloj de pared se le han ido cayendo las horas a un ritmo lento y desesperante. La ligera brisa que mueven las aspas de un vetusto ventilador no consigue refrescar el ambiente, y pequeñas gotas caen por su frente a intervalos irregulares. Se seca el sudor con un pañuelo de tela, ya bastante húmedo, que guarda en el bolsillo de un pantalón corto del Real Betis Balompié, el club de sus amores. Es la única prenda que ha llevado encima en las últimas 48 horas.

Paquita, a su lado, le echa una mirada de soslayo. Jesús resopla y se remueve inquieto en el sofá.

─ ¿Qué te pasa, niño?

─ Vaya mierda de programas que ponen en la tele por la tarde. Esto no hay quien lo aguante.

─ Si no hubieras dejado de estudiar, es posible que ahora estuvieras trabajando en lugar de estar aquí aburriéndote.

─ El curro está fatal por aquí. Ya sabes que a veces hago chapuzas en el taller del tito Víctor, pero no me sale na más.

─ Es que hace días que ni sales a la calle, ¿así como vas a encontrar trabajo?

─ Hace mucho calor.

─ Me preocupas, hace tiempo que no tienes ganas de nada.

─ Qué sabrás tú.

Después de la tormenta, llega la calma y se hace el silencio en la pequeña sala de estar. De manera inesperada, suena el timbre. El chico mira a su madre, que con esfuerzo se levanta de su butaca. La dichosa artrosis crónica le ha limitado mucho los movimientos. Con una mano le señala que no hace falta que lo haga él, ya que esa era la excusa perfecta que necesitaba para poner los pies en el suelo e ir al baño. Cuando el timbre suena por tercera vez, ya ha llegado al interfono. Tras comprobar quién llama, presiona el botón de apertura. Gira la llave de la cerradura y deja la puerta entreabierta mientras ella procede a encaminar sus cortos pasitos hacia el lavabo. Jesús aprovecha para ponerse una camiseta, nunca se sabe quién se puede presentar.

A los pocos segundos aparece bajo el quicio de la puerta el Murillo. En realidad su nombre es David, pero sus amigos le llaman así, por el apellido, desde que en los tiempos del colegio coincidió en clase con otros dos chavales que tenían su mismo nombre de pila. El recién llegado saluda desde el portal.

─ Qué hay, Chus.

─ Hola, Murillo.

─ ¿Qué haces?

─ Ya ves tío, llevaba todo el puto día jugando a la consola, pero hace un rato que le he dejao poner la tele a mi madre. Pero no dan na. ¿Y tú? No esperaba verte hoy.

─ ¿Cómo que no esperabas verme? ¿Ya t’has olvidao?

─ ¿Olvidao de qué, quillo?

­─ Joder Chus, ¿usas la mollera pa otra cosa que no sea pa pasear piojos? Hoy es el día en que Alteregox va a anunciar su bombazo.

─ ¡Ostia puta! ¡Tienes razón! ¿Cuándo empieza?

─ Faltan menos de cinco minutos. Vamos pa tu cuarto, a ver si esta vez tu portátil no se caga en los pantalones y nos deja ver el vídeo sin interrupciones.

En lo que es su movimiento más intenso del día, Jesús se levanta del sofá de un salto felino y junto a su amigo se dirige a la pequeña habitación donde tiene el ordenador. Es un prehistórico portátil, aunque aún puede dar gracias de que la Junta haya subvencionado el acceso a Internet y que desde casa tenga una buena conexión para navegar por la red. La cama está sin hacer y el anfitrión procede a retirar del todo una sábana arrugada para que los dos se puedan sentar sobre el colchón de la manera más cómoda.

Jesús enciende el portátil. Tras una tediosa espera de un par de minutos, tiempo que necesita el sistema operativo para arrancar, abre el navegador que les da acceso a Internet y selecciona de entre sus favoritos el canal de Alteregox, el youtuber español con más seguidores en el país y también uno de los más seguidos a nivel mundial en lengua española.

─ Espero que hoy esté fino y que no se ande por las ramas─ exige el Murillo.

─ A mí me gusta cuando hace gameplays o cuando comenta los últimos videojuegos, pero me toca los huevos cuando empieza a opinar sobre temas de actualidad o de política. Qué sabrá ese de la vida, si lo tiene todo pagado.

─ Sí, esos tíos deben ganar una pasta. Me dijeron que organizó un Meet and Greet en Madrid y que algunos chavales pagaron setenta pavos por estar con él veinte minutos.

─ ¡Qué hijo de puta! Y qué gilipollas los que fueron. Se lo podían haber gastado en canutos.

Los dos amigos se miran y estallan en carcajadas. Chus y el Murillo no son ya unos descerebrados quinceañeros, y ambos saben que tampoco disponen de tal cantidad en los bolsillos. No obstante, forman parte del grupo de seguidores de Alteregox desde hace unos tres años, y les encanta la manera de narrar sus partidas, con sus comentarios ácidos y repletos de tacos e insultos.

Ahora están atentos a la pantalla, puesto que Alteregox ha prometido revelar en el vídeo de hoy algo “muy gordo” que se supone que está ocurriendo en el mundo de los youtubers y que de saberse podría llegar a afectar la vida de bastantes personas. Está por verse si la revelación prometida cumple con las expectativas generadas a lo largo de todo el estado español y de otros tantos países de habla hispana. Tan pronto como Chus accede al canal de Alteregox, selecciona el vídeo en cuya descripción se puede leer la etiqueta “EN DIRECTO AHORA”.

Salvando en breves microsegundos una distancia de casi mil kilómetros, un primer plano del rostro de Alteregox se materializa en la pantalla del portátil en Sevilla. A diferencia de otras ocasiones, no aparece relajado y sonriente, sino más bien algo preocupado. Casi sin querer, desvía brevemente la mirada hacia la ventana de su habitación, que queda a su derecha. Después mira un par de veces de reojo hacia la puerta, situada a su izquierda, fuera de plano. Esa sala se usa en exclusiva para sus grabaciones, y en ella destaca una gran mesa con ordenadores, pantallas, cámaras, micrófonos y accesorios tecnológicos variados. El chico se remueve inquieto en su silla ergonómica y se recoloca el flequillo. Carraspea un poco, mira fijamente a la cámara, sonríe de manera forzada y se dispone a iniciar su monólogo.

Buenas tardes, amigos, amigas, conocidos y saludados. ¿Qué tal estáis hoy? Mucho calor, ¿verdad? Bueno, es lo que tiene el verano en este bendito y puñetero país. Yo estoy bien, aunque también un poco liado debido a una serie de acontecimientos de los que seguro estáis ansiosos por conocer más detalles. Pues bien, hoy los tendréis.

Chus y el Murillo se miran y sonríen por un instante. Por supuesto, ellos se encuentran al pie del cañón con el objetivo principal de enterarse de esa gran noticia que el youtuber parece haber ido manteniendo en secreto hasta el momento. Pero ya no puede escapar de la verdad. Tiene que confesar. Alteregox sigue con su presentación, en un tono trascendente e impostado.

¿Sabéis? A veces en la vida, uno tiene que frenar en seco, hacer un ejercicio de introspección, desnudar su alma y plantearse su propia postura ante algunos grandes temas que nos afectan. Ya sabéis, trabajo, amor, dinero… lo típico. Por ejemplo, necesitamos tiempo para pensar en cómo manejar nuestras relaciones personales y familiares. Y también en la amistad. Este es el concepto en el que me quería detener hoy. Estamos en una sociedad que nos obliga a relacionarnos con otras personas. En ocasiones no hay más remedio que hacerlo con gente que no nos gusta, pero en otras descubres a personas muy interesantes. Ahora preguntaros: ¿Quiénes son vuestros amigos en realidad? ¿Tenéis muchos o pocos? ¿Confiáis en ellos? Seguro que sí, todo el mundo necesita alguien en quien confiar. Pero seguro que alguna vez os habréis sentido traicionados por alguien de confianza. Pues eso es lo que me ha pasado a mí durante las últimas semanas. Alguien que pretendía llamarse amigo mío me ha intentado dar una puñalada trapera por la espalda, y hoy vais a saber de quién hablo.

El tema se está poniendo interesante. La voz de Alteregox suena afectada pero firme, y dedica los siguientes minutos a rememorar sus comienzos en el mundo de los vídeos en Internet, de la sorpresa que le produjeron sus primeros éxitos y de todo lo que ha conseguido hasta el momento. Intenta mantener el control, aunque es obvio que cada vez está más indignado con los hechos que le han llevado a preparar la declaración que está a punto de anunciar delante de la cámara.

Muy a mi pesar, creo que hasta aquí hemos llegado y que no tengo ni debo aguantar más esta situación. Quizás es que hoy en día todos tenemos la piel muy fina y que no estamos acostumbrados a que nos lleven la contraria. Pero creo que en este asunto tengo toda la razón. Es más, necesito que todo el mundo se entere de cuál es el problema y de quién es el responsable, y que decida libremente y según su conciencia de qué parte quiere estar. Por tanto os he de decir que…

En ese preciso momento suena un crujido seco y no se sabe muy bien cómo ni de donde aparece un individuo encapuchado por una esquina de la pantalla que rodea el cuello de Alteregox con su brazo derecho, con la clara intención de estrangularle. Con su mano izquierda le aferra del pelo y le estira la cabeza hacia atrás de forma brusca, con tal fuerza que derriba a la silla y al youtuber a la vez. En un movimiento reflejo, antes de desplomarse, Alteregox se resiste e intenta golpear con su puño en el rostro oculto del atacante. Pero acaba cayendo y levantando los pies hacia arriba, uno de los cuales se engancha en el cable de un ordenador portátil que reposaba en la mesa y lo tira también al suelo, con gran estrépito.

Los dos muchachos del barrio de San Jerónimo se miran sin osar pronunciar una palabra. Lo que están viendo en la pantalla de su ordenador les parece surrealista. Fuera de encuadre, ahora se escuchan una serie de golpes y gritos. La silla ergonómica vuelve a escena por un segundo, impulsada por sus ruedas pero sin ocupante, para acabar impactando en la pared de la izquierda. La cámara sigue grabando y emitiendo mientras el individuo con el rostro cubierto tiene ahora a Alteregox cogido del brazo, agarra la silla y le obliga a sentarse de nuevo en ella. El propietario de la habitación tiene aún fuerzas para coger un lápiz bien afilado de la mesa de trabajo y clavárselo en la mano al atacante, que aúlla indignado.

¡Hijo de la gran …¡

Pero no puede decir nada más porque otra sombra negra encapuchada aparece por sorpresa en pantalla, coge de nuevo a Alteregox por el cabello, y le echa la cabeza para atrás justo antes de degollarle con una navaja afilada, entre movimientos espasmódicos del infortunado. Los dos encapuchados no dejan de sujetar al youtuber, que aún se intenta liberar de manera frenética mientras los borbotones de su sangre salpican la mesa y el mobiliario. Poco a poco, Alteregox deja de luchar y sus movimientos se van ralentizando. Hasta el momento en que uno de sus atacantes cae en la cuenta de que están siendo grabados por la cámara, decide que el espectáculo ha concluido y se abalanza para apagarla, lo que hace que la imagen del vídeo se corte pero que por algunos segundos el micrófono de mesa siga funcionando desde la habitación de Alteregox, transmitiendo una última frase apurada.

¿Se puede saber qué has hecho, cabrón?

Después, el silencio. En el piso de Sevilla, los dos chicos han asistido atónitos a los acontecimientos capturados en primera instancia por la cámara y distribuidos un segundo después por las redes de la información a todos los rincones del planeta, y no saben qué decir.

─ Pero… ¡Qué coño ha pasao aquí! Debe ser una broma, ¿no?

─ ¡Joder, yo lo flipo! ¿S’han cargao a Alteregox, en su casa y en directo? ¡Me cago en la ostia, no puede ser!

Ellos no son los únicos desconcertados por lo que han visto. Alrededor de todo el globo, miles de personas se están preguntando exactamente lo mismo en esos precisos instantes.

2.

26 de Julio de 2016. 21:15h de la noche

Restaurante “La Cucanya”, Barcelona.

Nada más entrar, tuve la certeza de que aquel restaurante que me habían recomendado era perfecto para la ocasión: pocas mesas, luz tenue y servicio silencioso. Llegados al segundo plato, podía considerar ya que la velada tenía toda la pinta de acabar por todo lo alto. Contemplé la sonrisa en el rostro de Marisa. Me sentía relajado y tranquilo, aunque debía reprimir el impulso de mis ojos por seguir los movimientos ondulantes del colgante en forma de corazón dorado que bailaba sobre su bien dotado busto.

Ella era divertida y ocurrente, un torbellino de actividad y energía, aunque puede que un pelín demasiado extrovertida para mi propio estilo, quiero pensar que algo más discreto. Reía a carcajadas, no rehuía el contacto visual directo e insistía en probar cada uno de mis platos. Su peinado era de estilo afro, oscuro, rizado y voluminoso. Debía tener más o menos mi edad. Su recargado maquillaje trataba de minimizar los efectos del tiempo en su rostro, aunque tendía a cerrar los ojos al reír, provocándole unas arruguitas que ya eran permanentes. El corte de su vestido negro, sin mangas y con escote en V, permitía imaginarme una bonita figura. Quizás lo que lo no me acababa de convencer eran sus labios, algo finos para mi gusto, sus dientes, un tanto amarillentos ─debido al tabaco, supongo─, y los dedos de las manos, menos esbeltos de lo que cabría suponer en una dama. Pero no me iba a poner exquisito, yo tampoco era precisamente un galán de cine clásico. A pesar de ello, había que reconocer que mi presencia había mejorado mucho en el último año y medio. O al menos eso sostenían mi madre y mis hermanas. Cuando me dijeron que mi incipiente calvicie me hacía parecer mayor, tomé la decisión de raparme el pelo al cero cada semana. Además desde hacía diez meses acudía con regularidad al gimnasio, manteniendo la forma física necesaria para mi trabajo como mosso d’esquadra y a la vez moldeando mi cuerpo de una manera que me ayudaba a sentirme más seguro de mí mismo. Había seleccionado para la ocasión los zapatos italianos que compré en un Outlet de moda abarrotado de turistas rusos, unos vaqueros algo entallados de color azul claro, una americana gris que me había prestado un colega del gimnasio ─y que a decir verdad creo que me quedaba un poco grande─ y una camisa blanca de manga larga (a pesar de ser verano), con un curioso estampado de labios rojos.

Esa noche iba a por todas. Meses atrás había decidido dar carpetazo a mi pasado amoroso repleto de sinsabores. La primera medida que tomé fue la de no volver a cerrarme puertas ni a renunciar a oportunidades por ser demasiado escrupuloso o porque, como pasó en algunas ocasiones, me superase el miedo al fracaso. Descarté la estúpida idea de que había alguien por ahí que encajaba conmigo a la perfección. Tonterías sin fundamento. Así que decidí no perder más tiempo en buscar a mi media naranja, y traté de probar otras clases de frutas. Primero lo intenté en el gimnasio, pero para mi gusto las chicas de allí acabaron siendo o demasiado princesas o demasiado camioneras, sin punto medio. Una cosa era ser escrupuloso y otra comerme a disgusto una pieza que no me apetecía. Alguien me sugirió entonces probar con Meetic, una página web de contactos online. Basándose en las respuestas de una encuesta personal, el sistema me proponía una serie de candidatas que podían responder a lo que buscaba. Curioso, porque ni siquiera yo mismo lo sabía. De todas maneras conseguí un par de citas, tan sólo para comprobar con decepción que lo que ellos llamaban “algoritmo del test de afinidad” no parecía funcionar demasiado bien.

Un poco más tarde me apunté a algo más directo. La aplicación de teléfono móvil Tinder me daba la opción de entablar una conversación vía chat con mujeres cercanas a mi posición mediante el simple movimiento de un dedo. En un principio acogí aquella propuesta con cierto escepticismo, si bien acabé aceptando el reto, prometiéndome a sí mismo que lo intentaría sólo una vez más. Si no tenía suerte, desistiría de volver a enredarme en unos procesos de conquista online que no me daban ningún resultado. Para mi sorpresa, Marisa me había caído muy bien desde nuestra primera charla. Y mejor aún tras concertar la cita que nos había llevado aquella calurosa noche de Julio al pequeño restaurante de la Calle Caspe de Barcelona. De todas maneras quería ser cauto. Mi pasado de decepciones no me permitía aún considerarla como candidata a ser la próxima mujer de mi vida. Quizás hubiera sexo aquella noche, pero respecto al amor no lo tenía tan claro. Ella pareció leerme la mente.

─ Un euro por tus pensamientos.

─ ¿Cómo? ─ contesté, algo despistado.

─ Me pregunto si estás pensando en el postre o más bien en dónde me vas a llevar luego ─ añadió con picardía, sonriendo y llevándose la copa de vino a los labios sin dejar de mirarme, en un gesto sensual y coqueto.

Volví a sonreírle. Me complacía que no se andara con rodeos. Las perspectivas nocturnas iban mejorando poco a poco, y noté una cierta tensión creciente en mi entrepierna. Tomé un sorbo de mi copa para aliviar el paladar seco.

─ Pensaba que después de cenar podríamos ir a tomar algo y luego hacer una última copa en mi…

La propuesta fue interrumpida por los primeros acordes del “Lady Writer” de Dire Straits, el tono de llamada de mi teléfono móvil. Aunque he de confesar que, puestos a escoger, me gusta más la música rock que la literatura. Era el cabo Poveda, de mi equipo en la CGIC, la Comisaría General de Investigación Científica.

─ Perdona, será solo un segundo─ acerté a disculparme antes de salir a la calle algo contrariado, descolgar la llamada y responder con indisimulado disgusto.

─ Poveda, ¿qué coño pasa? ¿No te dije que no estoy de servicio esta noche?

─ Gálvez, disculpa que te moleste, pero tenemos una emergencia cerca de donde te encuentras. Altadill quiere un sargento de la científica allí cagando leches, y Maestre y Escardó están ocupados en otros asuntos.

Error del día: no le tendría que haber dicho a mi jefe, Pere Altadill, que hoy estaría cenando en el centro de Barcelona. A esas alturas la tensión en mis pantalones había desaparecido.

─ Joder, esto sólo me puede estar pasando a mí. Dime, ¿qué ha sucedido?

─ Pues al parecer han asesinado a un youtuber en directo y en su propia casa.

─ ¿Un youtuber?

─ Uno de esos tíos que suben vídeos a Youtube, en Internet.

─ Ah, ahora caigo. Esa página web donde puedes ver vídeos musicales.

─ No sólo vídeos musicales, sargento. Ahora está de moda que chicos adolescentes se graben a sí mismos jugando a videojuegos, hablando de moda, ocio, deporte, política, o del resto de cosas que preocupan a la juventud. Luego suben esas grabaciones a Internet y las comparten con sus seguidores.

─ Sí, es verdad. Algo he oído en las noticias sobre esos adolescentes. Por cierto, te veo muy puesto en el tema, Poveda.

─ Mientras venía para aquí mi hijo me ha llamado. Es uno de los miles de seguidores del chaval que se han cargado. Está muy alterado y nervioso porque lo ha visto todo desde su ordenador.

─ ¿Y qué le ha pasado a ese chico, se sabe quién era?

─ Su apodo en la red es Alteregox pero en realidad se llama David de la Red. 24 años. Es uno de los youtubers más famosos en lengua castellana. Le han cortado el cuello mientras emitía un video en directo desde su habitación. Es posible que la escena la hayan visto decenas de miles de personas.

Tuve que apelar a toda mi profesionalidad para no enviar a la mierda a Poveda, a Altadill, a Internet y a todo el puñetero mundo, que parecía haberse confabulado una vez más para arruinar mi vida sexual.

─ De acuerdo, me voy para allá. Pero esto no va a quedar así. Estaba cenando y tenía planes para esta noche.

─ Lo siento, Gálvez. Son órdenes de Altadill.

─ No te disculpes, Poveda. Sé de lo que va esto. Venga, pásame la dirección.

Tras apuntar en una pequeña libreta mi siguiente destino y colgar el teléfono, volví a entrar en el restaurante. Supongo que mi cara reflejaba a la perfección el desplome de mi estado anímico. Marisa me miró, con expresión preocupada.

─ ¿Qué pasa?

─ Malas noticias. Verás, sé que cuando empezamos a hablar por Tinder te dije que era funcionario público. No te mentí: soy sargento de los mossos d’esquadra. Y ahora mismo tengo que irme a atender un asunto urgente. Lo siento de veras.

Marisa me fulminó con la mirada, como si no se creyera la versión que le estaba ofreciendo.

─ Tú te lo pierdes. Que sepas que me ponen mucho los uniformes. ─ me dijo, en tono de venganza.

─ Espero que podamos quedar otro día. Muy pronto. Te llamaré, te lo prometo.

─ Ya, seguro. Bueno, vete ya, no vaya a derrumbarse la ciudad por llegar tarde a tu misión.

No pude decir nada más. Intenté besarle brevemente en los labios, pero ella movió la cabeza en el último momento para despedirme con los servicios mínimos: un casto beso en la mejilla. Salí raudo del restaurante con un buen cabreo encima. Paré el primer taxi que pasó, me subí y le di la dirección al conductor:

─ A la calle Esteve Terrades, 37, por favor.

Mientras el coche callejeaba rumbo a la parte alta de la ciudad, caí en la cuenta de que me había marchado del restaurante sin pagar ni siquiera mi parte de la cuenta. Ahora sí que ya podía despedirme de quedar de nuevo con Marisa. Así era mi vida, sobre todo desde que el caso d’Antoni me abrió las puertas de una promoción a sargento: cuando parecía conocer a alguien interesante, el trabajo se cruzaba en mi camino.

Un poco más adelante, ya superado el disgusto y el calentón, me concentré en el asunto que me llevaba hasta el barrio de Vallcarca i els Penitents. Un asesinato retransmitido por Internet, en directo y de manera global. Sin duda, el mundo del crimen estaba entrando en una nueva dimensión.

3.

Tras un breve trayecto en taxi, me encontraba ante el portal del número 37 de la calle Esteve Terrades, en una de las barriadas más elegantes de Barcelona. Un buen número de niños y adolescentes de como mínimo tres géneros diferentes se agolpaban tras las cintas de señalización, haciendo fotos con sus móviles al edificio, a los policías y a ellos mismos. Los miré en la distancia. Algunos parecían al borde de un ataque de histeria. Otros reían y no paraban de hablar y de moverse. Me dirigí a las dos unidades aparcadas sobre la acera, cuyas luces azules intermitentes iluminaban la fachada, en contraste con la oscuridad de la noche. Poveda me estaba esperando. Por desgracia, a su lado se encontraban Maroto, otro sargento de los mossos, y Valls, un veterano cabo del equipo de éste. Dos bravucones con los cuales debo reconocer que no me llevaba demasiado bien. El recibimiento no fue todo lo formal que cabría esperar dadas las circunstancias.

─ Hombre Gálvez, bonita camisa. Pensábamos que no ibas a llegar nunca. ¿Te hemos fastidiado la cita? ¿Esta vez era una mujer de verdad o llevaba sorpresa como aquella del gimnasio?

─ Maroto, no me toques las pelotas que hoy no estoy de humor. No sé cuántas veces tendré que repetiros que no llegué a salir con aquella muchacha.

─ Ya, ya… por cierto, ¿a ti que te gusta más, dar o tomar?

Aquellos dos idiotas rieron como hienas mientras trataba de contenerme. Poveda me miraba tenso. Decidí que era mejor dejar la discusión para un momento en que no estuviéramos de servicio.

─ Mirad guasones, parece que os hacen mucha gracia mis aventuras, pero tengo trabajo y no estoy de humor. Así que hacedme un favor e iros a tomar por culo un rato. Poveda, vamos para arriba a ver que nos encontramos.

─ No se enfade usted, sargento amor ─ contestó Maroto con sarcasmo. ─ Quizás antes deberías limpiarte la cara, parece que uno de los morritos de la camisa se ha escapado y te ha dejado un beso en la mejilla.

Poveda me acercó un kleenex. Me froté el lateral de la cara, eliminando los restos de carmín de los labios de Marisa. Unos labios que no iba a probar ni aquella noche, ni probablemente nunca. Nos alejamos un poco.

─ Gracias, Poveda. ¿Qué hacen esos dos aquí?

─ Los han enviado desde la comisaría de Gràcia. Tienen que controlar los accesos y contener a los chavales que se han acercado.

─ Más vale que hubieran llamado a una ambulancia, a alguno le va a dar una lipotimia. Bueno, no importa. ¿Tenemos acceso al lugar de los hechos?

─ Sí, sargento. El padre del chico ha sido el primero en llegar al piso. En realidad es él quién nos ha abierto.

─ ¿Ha entrado en el piso antes que nosotros?

─ Sí. ¿Cómo pretendías evitarlo?

─ No me gusta. Puede haber contaminado el escenario. O algo peor. ¿Cómo es que ha llegado tan rápido? ¿Tiene coartada?

─ Dice que estaba de visita en casa de su ex-mujer, muy cerca de aquí y que le han avisado por teléfono.

─ Mal asunto. Entrar en el piso y descubrir el pastel no debe haber sido algo agradable.

─ Te va a sorprender esto, pero la casa está vacía y sin rastro alguno de violencia.

─ ¿Qué quieres decir?

─ El cuerpo del chaval ha desaparecido, y ni siquiera hay pruebas de que haya habido una pelea o de que le hayan cortado el cuello a una persona hace un par de horas. Todo está como si hubiera salido un momento a tirar la basura.

─ Joder. Extraño, como mínimo. ¿Has conseguido más información del chico?

─ Llevaba más de cinco años subiendo videos a Youtube, principalmente partidas de videojuegos y opiniones sobre nuevos lanzamientos. Aunque en los últimos tiempos se había atrevido a comentar temas de actualidad y a emitir opiniones políticas y sociales, convirtiéndose en un influencer. En determinados foros de Internet se comenta que durante este tiempo ha amasado una considerable fortuna, aunque otras versiones cuentan que no es oro todo lo que reluce y que tanto él como el resto de youtubers que forman la supuesta élite nacional viven en realidad con menos lujos de los que alardean.

─ Interesante. Vamos, quiero verlo todo.

Entramos en el refinado vestíbulo del edificio. Había un espacio para el portero, pero al menos esa noche no parecía estar de servicio. Usamos el ascensor para llegar al tercero primera. La puerta estaba abierta, y dentro un buen número de compañeros se afanaban en comprobar los detalles del escenario. Un hombre de unos cincuenta y pocos años se movía inquieto y con cara de preocupación por el amplio recibidor. Poveda me confirmó que se trataba del padre de Alteregox. Le pedí a mi compañero que fuera a contactar con la central por si tenían información específica de interés sobre aquel hombre, y me acerqué a él.

─ Buenas noches, siento lo de su hijo. Soy Héctor Gálvez, sargento de los mossos d’esquadra.

─ Gracias, sargento. Soy Pere de la Red, el padre de David. Pero no me dé el pésame todavía, por favor. Necesito mantener una mínima esperanza de que esto no sea lo que parece.

─ ¿A qué se refiere, señor de la Red?

─ Por supuesto no puedo estar seguro, pero quiero pensar que todo este asunto no es más que un montaje de mi hijo para obtener visitas a su canal de vídeos.

─ ¿En qué se basa para afirmar algo así? ¿Le había comentado su hijo algo al respecto? Miles de personas han visto, y perdone que sea tan directo, como le degollaban en directo.

─ No, David no solía explicarme el detalle de sus planes. Pero si revisa la sala de grabaciones, se dará cuenta de que no hay rastro aparente ni de pelea, ni de sangre, ni de nada que se le parezca. Además debe saber que mi hijo tiene un largo historial de publicación de vídeos con bromas.

─ ¿Bromas? ¿Qué clase de bromas?

─ Por ejemplo, una vez grabó una escena con cámara oculta en una oficina bancaria donde estuvo troleando al empleado hasta que consiguió hablar con uno de los directivos del banco en la región. Casi consiguió que le dieran una hipoteca a interés reducido.

─ Perdone, ¿ha dicho “estuvo troleando”?

─ Un troll en el mundo de video online engaña a alguien, normalmente con objetivos de broma, lo graba y luego lo sube a un canal de vídeos para compartirlo con sus seguidores y echar unas risas.

─ ¿Sabe si su hijo tenía enemigos? Quizás alguien con quién se había metido deseara una venganza. En estos últimos tiempos la gente ha desarrollado una capacidad especial para ofenderse por muy poco.

─ No, que yo sepa. Al menos para llegar a ese extremo. Por Internet los mensajes pueden ser algo agresivos, pero no creo que nadie intentara matar a David por una de sus bromas. Sería algo fuera de toda lógica, ¿no cree?

─ Le sorprendería la cantidad de crímenes absurdos que nos vemos obligados a investigar. ¿Qué tal se llevaba usted con su hijo? ¿Habían discutido últimamente? ¿Se veían muy a menudo?

Pere de la Red me miró con severidad. La conversación le estaba empezando a incomodar.

─ Mire, sargento. Mi hijo no es alguien que haya desperdiciado su vida jugando a la consola y fumando hierba. Entre otras cosas es ingeniero de telecomunicaciones, y como puede comprobar se gana muy bien la vida. Es cariñoso con sus padres y sus hermanas, tiene muchos amigos y disfruta de lo bueno de la vida como cualquier chaval de su edad. Dicho esto, como padre e hijo, pertenecíamos a diferentes generaciones y teníamos nuestras diferencias. Pero nada grave.

─ Tengo entendido que vivía sólo aquí. Desde luego, un bonito nido. Eso sí, el precio del metro cuadrado en esta zona debe estar por las nubes. ¿Desde cuándo era independiente?

─ David se mudó a este piso hará unos dos años y medio, cuando empezó a conseguir patrocinadores para sus canales de video y a ganar dinero.

─ ¿Algún problema familiar destacable?

─ Yo estoy educadamente divorciado de su madre y tengo un piso por el centro, cerca de plaza Catalunya. Ella se quedó la casa familiar, no muy lejos de aquí, donde vive con nuestras otras dos hijas, más pequeñas que David. Yo estaba allí haciendo una visita a las niñas.

─ Que usted sepa, ¿tenía David novia o amigas especiales?

─ En eso también era bastante discreto. Supongo que las tendría, pero no me hablaba de ellas.

─ Está bien, señor de la Red. Ahora quiero ver la habitación desde donde su hijo grababa los vídeos. Usted no se aleje demasiado, por si tenemos más preguntas.

─ Por supuesto. Lo más importante es que encuentren a David sano y salvo lo antes posible.

Me reuní con Poveda en el pasillo que había entre la sala de estar y la habitación desde donde David ‘Alteregox’ de la Red grababa sus vídeos.

─ Poveda, el padre me ha comentado que está divorciado y que tiene otras dos hijas menores. ¿Has conseguido algo más sobre él?

─ Pere de la Red, empresario de hostelería de la ciudad. Tuvo su momento de gloria en tiempos del tripartit, hará poco más de diez años. Durante aquel período convirtió un discreto negocio de dos humildes panaderías en un pequeño imperio de la restauración, con bares, restaurantes y locales de copas. Aunque rumores de la época lo sitúan como beneficiario de diversas tramas de corrupción y blanqueo de dinero, nunca se pudo demostrar nada contra él. Con el paso del tiempo y el cambio de orientación política del Govern, ha ido perdiendo influencia, y prácticamente ya no queda nada de aquel imperio económico. Según parece, en la actualidad vive de rentas.

─ Habrá que investigar más sobre su situación económica. Me ha dicho que vive por el centro y ya sabes que un piso por allí no puede ser barato. Además supongo que le pasa una pensión a su ex y a las niñas. No me extrañaría que tuviese problemas económicos. ¿Qué opinas de él?

─ Me parece que está preocupado de verdad. Y no veo que tenga razones para desear la desaparición de su hijo.

─ Bien, en principio estoy de acuerdo contigo. Dejémosle por ahora a un lado, pero el señor de la Red tendrá que explicarnos su situación económica y más importante aún, aclarar cómo es que ha llegado tan pronto aquí. En fin, ¿qué más hemos encontrado en la investigación preliminar del piso?

─ La puerta de entrada no está forzada, ni hay ventanas rotas. Así que es posible que David conociera a sus agresores y que les dejara pasar.

─ O que abriera alguien que tuviera una copia de la llave, como el padre o algún otro familiar. Habrá que hablar con la madre también, no descartemos ninguna hipótesis por el momento. Ahora vayamos a la habitación donde grababa los vídeos, a ver qué encontramos.

En la amplia estancia se encontraba un nutrido grupo de agentes de la policía científica tomando muestras y analizando huellas, ataviados con guantes de látex y protecciones en el calzado para no contaminar el escenario. Los dos nos colocamos unos protectores similares. Lo primero que se veía al entrar era una gran mesa, sobre la cual se encontraban el teclado, el ratón y el gran monitor de un equipo Apple iMac, además del resto de dispositivos que utilizaba el muchacho para grabar sus vídeos. Al lado de la mesa grande, una más pequeña con otros cacharros y un ordenador portátil. La silla de trabajo, que me pareció similar al asiento de un coche de Fórmula 1, se encontraba en un rincón. El resto de paredes albergaban estanterías y cajoneras de diferentes tamaños y formatos. Una de ellas se encontraba repleta de carátulas de videojuegos. En la de su lado había cajas con accesorios de consolas y de ordenadores portátiles. En otra habían colocado un montón de figuras de plástico de personajes de videojuegos. En una más pequeña también había algunos libros. Las zonas de la pared que no estaban ocupadas por estanterías se encontraban forradas de pósters relacionados con videojuegos de última generación. De todos ellos sólo me sonaban el FIFA 16 y el Call of Duty. Eso sí, me asaltó la extraña impresión de que cada libro, cada videojuego, cada figura, cada aparato y cada artilugio tecnológico se encontraban en el lugar que le correspondía, en una perfección casi geométrica. Me dirigí a Poveda.

─ ¿Y decís que es aquí donde se ha producido el incidente? Estoy de acuerdo contigo. No veo restos de pelea, ni de sangre, ni objetos en el suelo producto del forcejeo. Diría incluso que esta habitación está demasiado ordenada y limpia para haber sido el escenario de un crimen violento hace menos de dos horas.

Dado que había otros agentes revoloteando alrededor, Poveda se dirigió a mí cambiando del tuteo anterior a una fórmula más adecuada.

─ Sargento Gálvez, fíjese incluso en el ordenador portátil de la mesa pequeña. En las imágenes del vídeo se ve con claridad cómo le dieron una patada y se cayó al suelo. Ahora parece intacto.

─ Eso no prueba nada. Quizás algo amortiguó su caída, o incluso puede ser que no se rompiera al caer y que lo volvieran a colocar en su posición… o que sea otro truquito. De todas maneras, que lo clasifiquen como posible pista.

Tras dar un par de vueltas a la sala y revisar el estado de las operaciones, me convencí de que debía dejar a mis compañeros acabar el trabajo y esperar a sus conclusiones. La versión del padre de David sobre que todo había sido un montaje de su hijo podía tener sentido, aunque algo no me acababa de cuadrar del todo. Por el momento no sabía identificar el qué. Poveda interrumpió mis reflexiones.

─ Sargento, me acaban de llamar de la central. Al parecer el vídeo del ataque ya no está disponible en las redes. Alguien lo debe haber borrado. O quizás la propia plataforma ha decidido eliminarlo por considerarlo demasiado violento.

─ Pues encárguese de investigar quién ha pedido esa cancelación, y porqué se le ha concedido.

─ Bien, sargento, así se hará. Por suerte los compañeros de la central han hecho una copia antes de que desapareciera el original.

Respiré aliviado: por una vez alguien hacía su trabajo bien y a la primera. Poca cosa más podía hacer ya por allí. Volví sobre mis pasos hacia la salida. Pere de la Red no se encontraba en el comedor, allí donde le había ordenado que me esperase. Escamado, abrí con cuidado un par de puertas contiguas al pasillo. La primera era la de un lavabo. La segunda daba al dormitorio de David. Allí sorprendí a Pere de la Red sentado en la cama. Le rodeaban algunos papeles y lo que parecían fotos de su hijo. El cajón de la mesita de noche se encontraba abierto. De la Red se sobresaltó al oír cómo la puerta se abría. Al descubrir mi expresión de disgusto, se levantó de un salto, como movido por un resorte invisible en el colchón.

─ Sargento, ¿ya han acabado? Pensaba que estaría más tiempo ocupado en la otra habitación.

─ Creo que no es por aquí por donde le he dicho que me esperara.

─ Lo siento, como comprenderá estoy nervioso y no podía quedarme en el sofá.

─ ¿Qué es eso? ─ le señalé las fotos y los papeles.

─ Fotos de David. Sargento, creo que podría haber encontrado una pista.

─ Usted dirá.

De manera apresurada, Pere de la Red procedió a recoger las fotos y las hojas de papel y metió el montón en el cajón superior de la mesita de noche, pero se quedó con uno de los retratos en la mano.

─ Sabía que la guardaba por aquí, en el dormitorio. Fíjese sargento, el verano pasado David se compró un deportivo clásico, un Ford Mustang HardTop de 1967, de color azul metalizado. Precioso, ¿no cree?

En la foto pude ver a un sonriente Alteregox sentado en el asiento del conductor de un coche que no tenía pinta de ser barato. Llevaba unas gafas de sol de aviador y una gorra del revés.

─ Sí, en esta imagen su hijo parece muy contento.

─ Aunque consumía como un lanzallamas, él adoraba a este coche, y lo cuidaba como si fuera su posesión más preciada. Siempre dejaba las llaves en un bol a la entrada del piso, junto al resto. Pero ese llavero no está hoy en su lugar.

─ ¿A dónde quiere ir a parar?

─ Verá, cuando se va de viaje sin el coche, mi hijo me suele pedir que me pase por aquí para echarle un vistazo de tanto en cuanto. Ya sabe, un vecino lo puede rayar sin querer tratando de aparcar, o alguien que sepa que su dueño está fuera puede entrar con malas intenciones. Pero esta vez no me ha comentado nada, así que si el coche está aquí abajo me empezaré a preocupar de verdad porque no es lo habitual que falten él y las llaves, pero no el vehículo.

─ Bien, entonces bajemos al parking de la finca a comprobarlo. Pero si el coche no está…

─ Sargento, si el Mustang no se encuentra en su plaza, apostaría que David se ha marchado con él y que en estos momentos está lejos de aquí, feliz por el éxito de su broma.

Usamos de nuevo el ascensor para bajar al parking. Mientras descendíamos, yo seguía calculando mentalmente cuanto podía costar un piso en aquella zona y un coche deportivo clásico de importación. Desde luego, baratos no eran. O bien ese mozalbete se ganaba muy bien la vida como youtuber, o bien tenía a todo el mundo engañado, incluido a su padre, y se dedicaba a otras actividades menos legales y más peligrosas. El deportivo, tal y como dictaba mi lógica interior, no se encontraba en su plaza. Una pequeña llama de esperanza se iluminó en el rostro de Pere de la Red.

─ ¿Lo ve, sargento Gálvez? Ahora más que nunca tengo una corazonada: David ha montado una obra de teatro y se ha escapado con su coche a dar un paseo mientras se ríe del mundo entero. Él es capaz de eso y de mucho más. Quédese la foto del Mustang por si la puede usar como pista.

Tomé la foto y me la metí en el bolsillo de mi camisa blanca estampada. Tuve que esforzarme para sonreír de forma tímida al esperanzado padre, pero mi propia intuición me decía que el caso no iba a tener una resolución tan simple y feliz.

4.

27 de Julio de 2016, 2:25h de la mañana.

Hogar de Héctor Gálvez, La Verneda (Barcelona).

Una vez en casa podía pensar con tranquilidad en todo lo que me había pasado en esas últimas seis o siete horas y en el porqué de mi estado de agobio mental. Tal vez podía excusarme en el cansancio de una jornada de trabajo con doble turno. O en el fracaso de mi cita. Podía ser también debido al hecho de no tener ni la más remota idea de por dónde meterle mano al caso del youtuber. En cualquier caso no se podía descartar que fuera debido a las chanzas de Maroto y Valls: sentía que el resto de compañeros no me respetaban como merecía, aunque fuera sólo por rango y experiencia. Tras prepararme y trincarme ese gin-tonic que nunca llegué a ofrecer a Marisa, llegué a la conclusión de que con probabilidad mi estado anímico era una combinación de todos los factores anteriores. Me consoló un poco el hecho de que ella no hubiera tenido que pasar por el mal trago de conocer a las dos moscas okupas.

Y no lo quería reconocer, pero sobre todo me encontraba afectado por el éxito de aquel jovenzuelo que sin cumplir aún los veinticinco años era ya propietario de un bonito piso en uno de los mejores barrios de Barcelona y de un deportivo clásico que yo ni siquiera habría podido soñar. Todo a cambio de jugar mucho a la consola y de grabarse diciendo tonterías. Nunca había sentido envidia por el éxito de los demás, pero el contraste de las posesiones del youtuber con mis propios progresos en la vida había hecho saltar mi trasero de la zona de confort. ¿Sería esa la famosa crisis de los cuarenta? Contemplé en penumbras el destartalado mobiliario de mi piso, sin duda alguna carente del estilo que sí había visto en el hogar de David de la Red.

En realidad, los hechos del día sólo habían contribuido a potenciar las preocupaciones que me rondaban por la cabeza desde hacía tiempo. A pesar de mi promoción, no estaba pasando por un buen momento personal. Quizás había llegado a mi límite de competencia y el nuevo puesto me requería una dedicación, una concentración y un carácter que no llevaba de fábrica. Podía contar con los dedos de una mano a mis amigos de verdad, y había llegado a la conclusión de que iba a pasar por este planeta de forma mediocre y sin dejar huella alguna. Ni siquiera un legado genético en forma de descendencia.

Otro de los factores que no me dejaban descansar era que todavía no había podido cerrar del todo las heridas psicológicas que me produjo el caso d’Antoni. Fue aquel un asunto de notorio dominio público durante el mes de diciembre de 2014, cuando un reconocido escritor, Olivier d’Antoni, fue asesinado en su propia mansión de Barcelona en el transcurso de una cena con otros autores literarios. De forma casi involuntaria, fui uno de los protagonistas de la investigación, que acabó con la vida de uno de mis mejores amigos en la policía y con la detención de un pez gordo de la sociedad barcelonesa como máximo responsable. De manera poco afortunada, el juez dejó en libertad provisional al magnate, lo cual fue aprovechado por éste para escaparse sin dejar rastro alguno.

En estos días se cumplían ya 18 meses de aquellos hechos, y todavía no se sabía nada del prófugo. Y ese era precisamente otro de los dilemas que me rondaban por la cabeza. Que el culpable de la muerte de varias personas en el caso d’Antoni estuviera en libertad me comía la moral y me preocupaba a partes iguales. No podría considerarme un policía de verdad hasta conseguir que aquel cabrón se pudriera en chirona o bajo tierra, lo mismo me daba. Cuando eso pasara, Maroto, Valls y todos los idiotas que pensaban que mi ascenso había sido producto de la suerte tendrían que pedirme perdón y reconocer que yo también era un buen policía.

Debía reconocer, no obstante, que aquel caso no sólo me dejó recuerdos amargos. Por ejemplo, tuve la oportunidad de trabajar con Agustín Torres, un inspector de los mossos curtido en mil batallas que me enseñó algunas valiosas lecciones sobre el oficio. Y no cabe duda de que conocí a gente interesante: personas como Álex Alsina, un idealista loco de amor que de manera un tanto accidental colaboró con nosotros en la resolución del caso. Gracias a él, también aprendí a refinar un poco mis modales de chico de barrio obrero y a comportarme en sociedad. Aunque nuestros caminos se habían separado y hacía ya algún tiempo que no sabía nada de él. Pero sobre todo estaba orgulloso de haber luchado hasta sobrepasar mis propios límites por el bienestar de Rosa, otra de las protagonistas del caso, amiga mía desde adolescente y de la que debo confesar que tiempo atrás estuve enamorado en secreto. Quizás aún lo estaba. El corazón me dio un vuelco, como intentando recordarme que mi relación con Rosa se encontraba en un punto muerto: ella estaba saliendo con un doctor del hospital donde trabaja como enfermera, y todo indicaba que se había olvidado de mí de manera definitiva.

Fatigado en lo físico y extenuado en lo anímico, cerca de las tres y media de la mañana caí rendido en el catre, agobiado por unos pensamientos deprimentes que continuaron martilleando sin piedad mi cerebro adormilado por el cansancio y el alcohol, esta vez transformados en sueños a medio camino entre la culpa y la pesadilla.

Un comentario sobre “4 Primeros Capítulos de la Nueva Novela… ¡En abierto y para tod@s!

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