Servicios de Inteligencia (Relato Original)

Año 2045.

A pesar de que aquella última etapa de paz relativa se prolongaba ya más de 20 años, los habitantes del planeta tierra seguían sufriendo las consecuencias de lo que en su momento se denominó la Primera Guerra Global, cuando la coalición de países occidentales decidió hacer frente a los avances estratégicos del islamismo más radical.

Aquella guerra, como casi todas, no la ganó nadie. Tras tres años y millones de bajas en ambos bandos, y ante la imposibilidad de un triunfo claro, los dos bloques decidieron rebajar sus pretensiones y firmar la paz.

Como consecuencia de los gastos desmesurados durante la guerra, por aquel entonces el mundo pasaba por una larga etapa de crisis, exactamente desde el Gran Crack del 2029. En España, uno de los países más afectados, hacía tres años que los liberal-conservadores del PSP (Partido Socialista Popular) habían conseguido revalidar en las urnas su gobierno, superando por un amplio margen al partido único de la oposición, los humanistas de izquierda de la UPP (Unión Para el Pueblo).

No obstante, en esos tres últimos años el PSP se había mostrado incapaz de superar las diferencias sociales y relanzar el rumbo del país. El presidente electo era Álvaro Fernández de Bellavista, veterano de guerra, carismático, populista y algo demagogo. Últimamente aparecía mucho en pantalla arengando a las masas junto a la vicepresidenta Camelia Robredo, en el pasado eminente cardióloga, sin conseguir por el momento rebajar las protestas ciudadanas que demandaban medidas de choque ante la crítica situación.

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1 de Abril. 8:45 AM.

Comisaría central de delitos tecnológicos, Madrid.

La pantalla virtual se desplegó frente a los ojos de Fabricio Espinosa en su despacho de la comisaría y comenzó a emitir un zumbido sordo. Pestañeó dos veces para responder a la video llamada. Un hombre de gesto adusto apareció frente a él.

−¿Inspector Espinosa?

−Aquí estoy, Sargento Martínez.

−Tengo un caso urgente para usted. Antes de continuar, proceda a encriptar la línea de datos al nivel máximo.

−Línea encriptada. Esto debe ser importante.

−Lo es, sin duda. Escúcheme: han encontrado muerto al presidente esta mañana en su habitación del palacio presidencial.

Incrédulo, Espinosa se frotó los ojos y se inclinó ante la imagen proyectada de su superior.

−¿Muerte natural?

−No. Lo han mutilado y ha muerto desangrado.

−Joder. El presidente, asesinado… ¿Y qué hacían mientras tanto los de seguridad presidencial?

−El presidente les había dado la noche libre. La primera dama y sus hijos estaban de viaje. Luego cenó y se retiró a sus habitaciones. En su agenda, una visita hoy a las once con el embajador americano y por la tarde un consejo de ministros. Nada más.

−¿Cómo enfocamos la investigación?

−La vicepresidenta ha tomado el control del gobierno y se ha formado un gabinete de crisis. Al frente de las pesquisas estarán los servicios de inteligencia, pero no podemos estar de acuerdo en que sean los únicos que metan sus narices en este asunto.

−¿Quién está al frente?

−Moreno.

−Ajá.

−Diríjase inmediatamente a la entrada de servicio del palacio. Allí le estará esperando alguien de seguridad. Acceda a la escena del crimen, hable con el forense y los agentes que han atendido el caso desde primera hora. Sea discreto, la noticia va a tardar un poco en salir a la luz. Necesitamos ganar unas horas, y por ahora se dirá que el presidente está indispuesto. Quiero su primer veredicto esta tarde a las siete.

−De acuerdo, sargento. A esa hora lo recibirá en su buzón electrónico.

−Una última pregunta, inspector Espinosa: Tengo entendido que usted no está bautizado. ¿Es eso cierto?

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Fabricio se sorprendió con la pregunta y recordó el origen de aquel nuevo concepto de “bautismo”. Dos años atrás AirTelex, el operador de comunicaciones único y socio preferente del gobierno conservador había presentado una nueva e impactante solución de conectividad en el mercado nacional: los nanochips, una línea de diminutos dispositivos que podían ser implantados sin rechazo en el cuerpo humano (“el bautizo”), mediante los cuales la persona podía hablar con cualquiera de manera remota sin necesitar un móvil físico, conectarse a Internet, visualizar informaciones directamente en su retina −con la ayuda de unas lentes de contacto especiales denominadas córneas artificiales−, pagar sus compras, controlar sus finanzas y otras múltiples aplicaciones que hasta ese momento habían necesitado de un terminal o un ordenador para llevarse a cabo. El chip contenía una nano-sim con un identificador numérico único que sustituía al DNI tradicional y hacía las veces de número de teléfono móvil.

Como era de esperar, el público adquirió en masa los nanochips. Para las próximas elecciones incluso se barajaba la posibilidad de permitir votar sólo a los bautizados. En realidad, aquella tecnología existía hacía algún tiempo en todo el mundo, pero tales medidas no tenían ninguna posibilidad de ser aprobadas por ley en otros países con más tradición demócrata o en los que los electores estuvieran mejor informados.

Por supuesto, desde el primer momento la mayor parte de movimientos sociales y grupos de la izquierda radical se opusieron a tamaña aberración. Surgieron comandos de activistas que colocaron los polémicos nanochips en su punto de mira. Para aquellos grupos su implantación era un ejercicio de fascismo, siendo el objetivo final del gobierno el tener controlada a la gente, por lo que instaron a la desobediencia civil y a boicotear cualquier acto de promoción de AirTelex.

Julián de la Rosa, el máximo ejecutivo de la empresa juró en el Congreso que la privacidad estaba asegurada: los nombres asociados a cada código identificador se almacenaban en un servidor de alta seguridad imposible de ser hackeado, y todos los datos de comunicación recopilados se borraban tras un mes de almacenamiento en los discos duros de la corporación. Como medida de ejemplo, el propio presidente del gobierno procedió a bautizarse, junto al resto de representantes de su gabinete.

Fabricio Espinosa, por su parte, no había tomado aún la decisión. Lo de implantarse un chip en la oreja no le hacía la más mínima gracia. El sargento seguía esperando su respuesta.

−Inspector Espinosa, ¿sigue usted ahí?

−Disculpe sargento. Efectivamente, no llevo el chip. ¿Por qué lo pregunta?

−Por nada, no se alarme. Tan sólo recuerde la directriz C-11A del director general.

−Lo pensaré, pero no le puedo prometer nada.

−Como quiera, es usted libre de hacer sus propias cagadas. Recuerde, espero ese informe a las siete.

El sargento colgó y la pantalla virtual desapareció de encima del escritorio de Espinosa en un destello, minimizándose dentro del teclado de infrarrojos. Había que ponerse en marcha.

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Los medios de transporte públicos al aire libre habían sido abolidos durante la guerra y la gente se trasladaba de un lugar a otro de la ciudad por mediación de alguna de las 23 líneas del metro subterráneo. Los antiguos carriles BUS habían sido asignados en exclusiva a ciertos servicios, y por uno de ellos cruzaba la ciudad Espinosa, en un vehículo autónomo de la policía, mientras revisaba unas notas en la pantalla expandida de su reloj. En pocos minutos se encontraba en las habitaciones personales del malogrado presidente.

El sargento Martínez se había ahorrado ciertos detalles cuando le dio la descripción del lugar del crimen. Sobre las sábanas blancas de la cama se encontraba el cuerpo sin vida del dirigente, boca arriba. Al acercarse, Espinosa ya se percató de las medias, el conjunto de ropa interior de mujer y los zapatos de tacón rojos que llevaba puestos al morir.

Al acercarse a la cabecera de la cama, el grupo de agentes que le ocultaba la visión de la parte superior del cuerpo se disgregó hacia un lado y otro, ofreciendo a Espinosa un primer plano de la cabeza del difunto. Al policía se le encogió el corazón al ver que le habían rajado la cara desde la sien hasta la base de la mandíbula. Sangre ya seca rebosaba del hueco ocupado antes por el ojo izquierdo, y un reguero recorría el lateral de la cara hasta la boca abierta de par en par, bañando la dentadura en rojo carmesí. Espinosa identificó al forense, un viejo conocido, y le preguntó su opinión.

−Según mis primeras impresiones al presidente le han abierto la cara para extraerle el nanochip, y también le han arrancado de cuajo el globo ocular izquierdo. Supongo que pretendían llevarse la cámara de alta definición de la córnea artificial.

−¿Quién ha podido hacer algo así?

−Un profesional, sin duda. La precisión es quirúrgica.

−¿Qué me dice de la ropa interior sexy que lleva puesta el cadáver?

Mientras el forense meditaba un intento de respuesta plausible, una voz se les acercó por la espalda y presentó su conjetura.

−Muy sugerente, pero no es mi estilo.

Fabricio se giró. Era la agente de los servicios de inteligencia Susana Moreno.

−Hombre, si tenemos aquí a la superagente Moreno. −Espinosa pretendía sonar sarcástico. La agente era otra vieja conocida, pero a pesar de su magnífico aspecto exterior no acababa de fiarse de ella. Muy competitiva, segura de sí misma y dispuesta a humillar a cualquiera que se le pusiera por delante, su relación previa podría resumirse como un punto intermedio entre la admiración, el recelo y un cierto deseo furtivo. Ella sonrió luminosamente. Sabía que eso lo desconcertaba.

−Espinosa, veo que sigues tan perdido como siempre. Para mí el tema está claro: todo apunta a un robo disfrazado de crimen pasional. Me da en la nariz que el conjunto de encaje es un señuelo para desviar las investigaciones. Pero a mí no me engañan.

−¿Y cómo has llegado a esa conclusión?

−Llevábamos un tiempo investigando al presidente. Ha estado recibiendo una serie de pagos anónimos, acumulando una muy importante suma en su nanochip… y alguien lo sabía. Lo de la ropa interior para despistar es una suposición, pero como podréis comprobar, la mayoría de la sangre se encuentra por debajo de la ropa, como si le hubieran vestido después de matarle. Y las sábanas de la cama están bien dobladas: no parece que haya habido actividad sexual sobre ella.

El forense asintió con la cabeza. La agente continuó.

−Además, tenemos constancia que desde hace un par de horas se está sacando dinero desde el nanochip del presidente, en partidas cortas y desde diferentes entidades bancarias. Y ahora viene lo mejor: esas entidades están distribuidas por todo el globo. Desde Sao Paulo a Bangkok, pasando por Ginebra o Ciudad del Cabo.

−Eso es imposible. Cada nanochip es único y los ladrones no han podido desplazarse tan rápido por el mundo.

−Cierto. Seguimos investigando.

Al inspector no le acababa de cuadrar la teoría de Moreno, pero no quería entrar en una discusión sin salida, sino sacarle toda la información posible.

−¿Han captado algo las cámaras de seguridad?

−No hay cámaras en los aposentos privados del presidente. Fuera de ellos, el trasiego normal de empleados del edificio. Bueno, aparte de una visita no planificada de la vicepresidenta ayer por la noche, de unos 45 minutos. Para tratar un tema oficial, según nos ha confirmado ella misma. Las cámaras captaron su llegada y su salida. El mismo presidente la despidió al salir, por lo que si lo estabas valorando, no puede haber sido ella quién le mató.

−¿Crees que se ha forzado alguna puerta?

−No hemos detectado ninguna incidencia de seguridad en puertas, ventanas o accesos.

Tras su breve conversación, Espinosa se despidió de Moreno. La interpretación de la agente de inteligencia no cerraba todas las cuestiones abiertas. Dedicó unos minutos más a recabar informaciones del personal, sin mayor éxito. Esa tarde el sargento recibiría un informe repleto de elucubraciones, pero basado en pocas certezas.

eye-23753_128022 de abril.

El país había quedado consternado con el anuncio del fallecimiento del presidente por un infarto fulminante. De puertas para adentro, Inteligencia había asumido el mando absoluto de las pesquisas. La hipótesis del simple robo daba paso a una teoría más sofisticada en la que un grupúsculo de izquierda radical habría cometido el atentado para mostrar su rechazo a la tecnología del nanochip.

Días atrás, Susana Moreno le había comentado a Espinosa que creían que los radicales habían conseguido clonar el nanochip del presidente pero que necesitaban el original junto a la córnea artificial para extraer las claves de acceso. Sin embargo, él seguía con la mosca detrás de la oreja. Persistían una serie de dudas razonables: ¿Para qué había ido la vicepresidenta aquella noche al palacio presidencial, si como parece el asunto no era urgente? Descartada la gente del personal, ¿cómo habían entrado los asesinos al edificio si ninguna puerta estaba forzada? Por no decir que la teoría de la izquierda radical no tenía sentido si lo que querían era publicidad: oficialmente Fernández había muerto de infarto y por el momento la cuestión del nanochip no se había hecho pública. Aconsejado por el sargento Martínez, decidió dar carpetazo al asunto.

9 de mayo. 5:05 AM. Apartamento de Fabricio Espinosa.

El viejo teléfono móvil de Espinosa (sí, a él todavía le era útil) sonó en el diminuto piso, despertándole. El número aparecía oculto.

−¿Sí, quién es?

−Fabri, soy Susana Moreno. Siento molestarte a estas horas, pero…

La agente Moreno hablaba entre susurros.

−¿Susana? ¿Qué pasa?

−No hay tiempo para muchas explicaciones. Atiende: te llamo desde un teléfono sin pinchar que destruiré en cuanto cuelgue. Creo que he descubierto quién hay detrás del asesinato del presidente. Necesito tu ayuda.

−Espera. ¿Yo? ¿Y la gente de tu grupo?

−En este momento no puedo confiar en ellos, necesito a alguien más sin bautizar.

−¿Tú tampoco llevas el nanochip?

−Ni de coña. ¿Y sabes quién más no lo tiene? La vicepresidenta. He estado revisando los archivos multimedia y el día en que el gobierno en pleno se bautizó, ella se excusó por un catarro. No hay constancia de que lo haya hecho después. No me da buena espina.

−¿Sospechas que ella tenía razones para asesinar al presidente y que utilizó sus conocimientos quirúrgicos?

−No te precipites, no es tan sencillo. Para tu información, Julián de la Rosa tampoco lleva nanochip. Y ahora necesito que lo detengas.

−¿Al presidente de AirTelex? ¡Estás loca! Además, estoy seguro que tiene escolta permanente.

−Excepto de seis a siete de la mañana, cuando sale a correr por el parque central.

−¿Por qué no lo haces tú?

−Yo tengo otro objetivo, te lo explicaré luego. Nos encontraremos a las siete y media en el parking de tu comisaría. Se discreto y actúa solo.

−Un momento. Esto me puede costar el puesto.

−A mí también. O incluso la vida. Pero por favor, confía aunque sea sólo una vez en mí. El sargento Martínez ha aprobado la operación. Él tampoco está bautizado.

robot-507811_19209 de Mayo. 9:55 AM.

Comisaría central de delitos tecnológicos, Madrid.

Cuando Espinosa y De la Rosa llegaron a comisaría en un coche patrulla de conducción manual, ya les esperaban Moreno y Martínez junto a la vicepresidenta, visiblemente contrariada.  La agente se las había arreglado para detenerla en su propia casa, y necesitaba a Espinosa, otro no-bautizado, para interceptar en el mismo momento a De la Rosa y que no se pudieran poner en contacto entre ellos. Cualquier otra combinación hubiera imposibilitado su plan.

Tras dos horas y media de interrogatorio, los detenidos acabaron derrumbándose y ante las evidencias no tuvieron otro remedio que reconocer su culpabilidad. Al parecer, el prototipo de nanochip de AirTelex no era tan sólo útil como teléfono móvil y ordenador financiero, sino que su diseño permitía activar a voluntad un software de seguimiento y control que incluso podía llegar a modificar el comportamiento del usuario.

La decisión de implantar los nanochips en los miembros del gabinete de Fernández fue de Robredo, la vicepresidenta, que así aprovechaba la situación para llevar las riendas del país de facto. Con la ayuda de De La Rosa podía controlar a sus compañeros y en especial al presidente, un mero hombre de paja que aceptaba generosos pagos por su colaboración y que al principio no se opuso a la idea.

Pero llegó un momento en el que Fernández, un hombre inteligente a pesar de todo, ató cabos, se hartó del juego y expresó su intención de dejar de colaborar con Robredo y sacar toda la verdad a la luz pública. Su primera decisión era la de destituirla durante el consejo de ministros del día posterior a su muerte. Conocedores de esos planes, fue entonces cuando ella y De la Rosa planearon el montaje que acabó con la vida del presidente. Fingiendo una reunión imprevista, Robredo se presentó en el palacio presidencial la noche anterior. Allí procuró ser grabada por las cámaras tanto a la entrada como a la salida. Entre esos dos instantes se excusó un par de minutos e hizo pasar a dos delincuentes comunes a las habitaciones del presidente usando una entrada privada. Una vez Fernández volvió allí tras despedir a la vicepresidenta, los dos sicarios acabaron con él y le extrajeron el ojo y el nanochip en base a las instrucciones de la experimentada cirujana.

Acto seguido, salieron por la puerta del garaje en una furgoneta de servicios de limpieza que Robredo había encargado llevar por la mañana. Por su parte, De la Rosa se encargó de que alguno de sus ingenieros multiplicase los chips con el código del presidente. Días antes del asesinato se encargó de enviar a algunos de sus colaboradores con esos nuevos nanochips a diferentes puntos del planeta para que a la hora acordada procedieran a la extracción del dinero de la cuenta de Fernández, en un intento de achacar la autoría del hecho a los grupos de izquierda que habían estado amenazando al gobierno. Todo en vano: Moreno les había desenmascarado a tiempo.

Cuando los policías se llevaban a los dos compinches con las manos esposadas magnéticamente a sus espaldas, Espinosa miró a Susana y al sargento Martínez, sin saber muy bien hacia dónde les iba a llevar la resolución final del caso. Aunque los tres ya suponían que la verdad estaba a punto de causar un gran impacto en la sociedad.

−En definitiva, creo que hicimos bien en no bautizarnos −comentó con ironía Espinosa.

­−Algo me dice que las acciones de AirTelex van a caer en picado −añadió ella.

−Yo solo espero que, de una vez por todas, las elecciones las gane la izquierda −remató Martínez, aunque sin demasiado convencimiento.

FIN

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