Amores Prohibidos (Nuevo Relato)

smoking-3621_1280De pie, apoyado en la pared exterior del miserable garito al cual se han dirigido a hacer “el servicio”, Marcelo se enciende otro cigarrillo mientras contempla las pocas estrellas que se han atrevido a presentarse esa noche en el firmamento local, eternamente cubierto por una densa amalgama de nubes y polución.

“El servicio”, una curiosa manera de referirse a su trabajo. Marcelo es el guardaespaldas de una stripper, Roxana, que suele actuar en deprimentes fiestas y sórdidas despedidas de soltero en aquella ciudad perdida, de día industrial y caótica, por la noche canalla y triste. Según el procedimiento habitual, a primera hora de cada día de actuación Marcelo recibe la llamada de uno de los ayudantes de Don Patricio, el patrón de ambos. El sicario le indica el lugar y el momento exactos. Marcelo lo apunta todo en una libretita y espera a la hora convenida. Entonces sube a su moto, una destartalada Ducati 350 heredada de su viejo, se dirige a casa de Roxana con un casco colocado sobre los hombros y otro atravesado en el brazo, la recoge, y casi sin intercambiar palabras, la ayuda a ponerse el segundo casco. Acompañados por el estruendo del tubo de escape de la moto, los dos se encaminan al siguiente local, bar o antro en donde ella ofrecerá su espectáculo.

Normalmente los ‘clientes’ se conforman con ver a la chica bailar y palpar algo de su carne joven y salvaje. Ella les sigue el juego, si es necesario se puede llegar a desprender de la parte superior del bikini, dado que no quiere importunar a Don Patricio o hacerle pensar en sustituirla por otra muchacha más joven y bonita. Al fin y al cabo, él fue quién la sacó de un pozo de miseria. Al igual que a Marcelo, uno de esos chicos de la calle cuyo futuro era negro antes de toparse con Don Patricio. Ambos le deben la vida pero saben que su rescatador es también un hombre poderoso y temperamental que desea que sus órdenes sean cumplidas a rajatabla. Siempre, sin excusas y bajo cualquier circunstancia.

No obstante, esa noche parece que la chica sí que va a necesitar los servicios de protección de Marcelo. Él oye unos gritos que vienen del piso superior del local. Decidido, arroja lo que queda del pitillo al suelo asfaltado, y de un empujón abre la puerta exterior del tugurio. Sube los escalones de dos en dos, ayudado por sus botas camperas, y ve a la chica tumbada en el suelo, medio desnuda. Sobre ella, un hombre en ropa interior y tatuajes en la espalda intenta domarla con aviesas intenciones, mientras que dos colegas la sujetan, uno de las manos y otro de los pies. Marcelo comprende que es hora de actuar. Las instrucciones de Don Patricio son bien claras: la mercancía no debe ser maltratada, violentada o estropeada. Un ojo morado o un brazo roto no dan dinero en ese business.

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Así que ni corto ni perezoso, Marcelo coge una botella de tequila medio vacía de una de las mesas y se la rompe en la cabeza al tipo que sujeta a Roxana por los pies, dado que es el que tiene más cerca. Los amigos del novio, sorprendidos, intentan devolverle el golpe. Pero se escapa de un salto, a la vez que con una navaja que llevaba escondida en el bolsillo le regala un profundo rasguño en el brazo al hombre que sostenía las manos de la chica, que la suelta, aullando de dolor. Los otros se quedan paralizados. Marcelo tiene tiempo de contemplar la cara sorprendida del agresor principal, al parecer el individuo que celebraba su despedida de soltero. Sus ojos desorbitados demuestran que ya no es dueño de su cuerpo. Marcelo le propina una patada en la mandíbula con todas sus fuerzas. Un gran esputo de sangre y dos muelas se escapan de la boca de aquel malnacido, que cae hacia atrás producto del brutal impacto. Sin dejar de blandir la navaja, Marcelo coge a la chica de la mano, la levanta y se la lleva de allí, mirando fijamente a aquellos desgraciados y procurando cubrirse las espaldas en todo momento con las propias paredes del cuartucho.

Ambos bajan volando las escaleras. Ella aún solloza, con el rimmel de ojos resbalando por sus pómulos, aunque tiene tiempo de recuperar la bolsa donde guardaba su ropa y ponerse una camiseta por encima, antes de encontrarse de nuevo sobre la motocicleta de Marcelo para marcharse lejos de aquel local de mierda.

Aunque sea algo que normalmente le cuesta, Marcelo trata de discurrir bajo el casco mientras conduce a Roxana de vuelta a su casa. Asume que ese trabajo va a acabar con él. Sobre todo, desde que se ha enamorado perdidamente de la muchacha que debe proteger.

* * *

Al enterarse de las últimas noticias, Don Patricio no puede estar contento. Aquel bastardo era el hijo de uno de sus socios más importantes, y le han tenido que intervenir de urgencia para una reconstrucción maxilofacial. Por unas semanas deberá tomar todos los alimentos con pajita. Y lo peor es que la boda ha sido suspendida hasta nueva orden. Así que Don Patricio descuelga el teléfono para convocar a Marcelo y a Roxana. Quiere conocer su versión antes de decidir.

* * *

Por supuesto, las explicaciones de Marcelo y Roxana no han dejado satisfecho a Don Patricio. Pero no va a tomar medidas drásticas. El chico es carne de cañón, y tarde o temprano sucumbirá a la violencia de las mismas calles de las cuales él le rescató hace no tanto. Además, en esos momentos no anda muy sobrado de personal después de las últimas escaramuzas con las bandas de los otros barrios. Respecto a ella, al verla tan humilde, tan bella y tan asustada como un pajarillo, ha tomado una decisión alternativa. Le será útil para otros planes.

* * *

security-camera-834173_1920Aquella es la séptima ocasión en los últimos tres meses en la que el jefe ha ordenado a Marcelo que le lleve a Roxana a su propia mansión. El chico no es estúpido y sabe qué pasa tras esos muros durante cada uno de los encuentros. Haciendo de tripas corazón, una vez más obedece a Don Patricio y entrega puntualmente la mercancía a las puertas de la casa, que se encuentra situada en una zona tranquila a las afueras de la ciudad. Es en realidad un viejo castillo fortificado, rodeado de cámaras de seguridad que suelen estar monitorizadas por dos empleados que se sitúan en una garita a mitad del camino entre la valla exterior y la puerta de la vivienda.

Pero esa vez no hay vigilantes de seguridad en la garita. Por teléfono, Don Patricio ha dado claras instrucciones a Marcelo para que esa noche dejara a Roxana fuera y que él se marchara de inmediato. Y así lo ha hecho. Ella espera en la calle un par de minutos, sin saber qué hacer y con los brazos cruzados. Hasta que una de las cámaras exteriores apunta a su rostro emitiendo un sonido mecánico, y de repente las verjas de la finca se abren de par en par. Parece que Don Patricio tiene ganas de jugar un poco. Roxana mira para un lado y para el otro, pero Marcelo ya ha desaparecido sin abrir la boca. Como de costumbre. Así que cruza la verja, que se cierra inmediatamente tras sus pasos, y se dirige a la puerta principal.

Marcelo, que había iniciado una prudente retirada en base a las instrucciones recibidas, siente en esos momentos un grave vacío interior. Nunca más podrá mirarse a la cara si sigue actuando como si no pasara nada. Decide demostrarse a sí mismo que no es un cobarde, y que hará algo por la mujer que ama. No obstante, su plan tiene un inconveniente, que no es otro que Don Patricio. Al magnate no le va a gustar ser parte de él.

Así que Marcelo decide adentrarse en la finca. Salta por la valla posterior, aprovechando que las cámaras no le apuntan en ese momento. Lleva entre la camiseta y el pantalón vaquero una pistola equipada con un silenciador, que utiliza de forma efectiva con los dos perros guardianes de Don Patricio. Al verlos ya muertos sobre la hierba fresca y recién regada del jardín, Marcelo se da cuenta de que su plan ha llegado al punto de no retorno. Sabe que esa noche Don Patricio ha dado fiesta al servicio y que su mujer y sus hijos están pasando las vacaciones en la casa de la playa. Quizás tenga una oportunidad.

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Uno de sus amigos trabajó en las cocinas de la mansión, por lo que Marcelo conoce alguno de los puntos débiles de la seguridad del lugar. Así que consigue romper un candado que sellaba una de las puertas del sótano. Está dentro. Sigilosamente, sube por las escaleras que conectan las plantas interiores. Comprueba que, efectivamente, no hay ni un alma en la casa aparte de los tres protagonistas de la noche. A saber qué tipo de juego degenerado ha planificado el jefe con Roxana si pretendía que nadie más estuviera por allí.

Poco a poco se va acercando a las habitaciones del piso superior. Tras probar en dos estancias vacías, Marcelo abre una tercera puerta y es allí donde se topa de bruces con un sorprendido Don Patricio, en la antesala de lo que parece ser su propia suite, sirviéndose el whisky de una botella sin etiquetas en una copa que descansa sobre una mesita. Por encima lleva tan sólo un albornoz blanco en el que se pueden leer sus iniciales en oro. La caja fuerte de la pared posterior está abierta y sobre la misma mesa el jefe parece haber dejado un par de fajos de billetes.

Durante un segundo cruzan las miradas. Ambos saben qué es lo que va a pasar. Don Patricio parece arrepentirse de su error de dar fiesta a los de seguridad, pero es que ni por asomo había dado opciones a una mínima posibilidad de traición por parte de Marcelo.

Éste no dice nada. Tan sólo levanta el arma y dispara un único tiro certero y silencioso entre las cejas de su ex-jefe, que cae desmoronado al suelo. Ya está hecho.

brandy-402572_1920Tras unos segundos en los que el mundo parece haberse parado, Marcelo se acerca al cuerpo de Don Patricio. Los ojos del cadáver aún están abiertos, así como el albornoz manchado de sangre, que deja ver sus genitales ya flácidos rodeados de pelo rizado y muy negro, como en casi todo el resto del cuerpo. Marcelo no siente felicidad, ni euforia, ni miedo. De hecho tan sólo acierta a notar que tiene la boca muy seca, y que le acecha una terrible sensación de sed. Decide tomar la copa de whisky que se estaba sirviendo el mafioso, y sin pensarlo ni paladearlo, se bebe su contenido de un trago.

Apenas un minuto después, Roxana emerge de una puerta lateral. Está desnuda, tan sólo lleva unas zapatillas en los pies y cubre su cuerpo con una mínima toalla amarilla sobre la que se pueden leer las mismas iniciales que en el albornoz del dueño de la casa. En su cara se ha hecho evidente un moratón bajo el ojo izquierdo. Mientras se frota las muñecas doloridas, levanta la vista y descubre el cuadro: Don Patricio estirado en el suelo sobre un charco de sangre, y Marcelo sujetando una copa de whisky vacía en la mano izquierda, mientras que con la otra mano aguanta la pistola que ha acabado con el jefe, cañón y silenciador apuntando ya al suelo.

Al verle, Roxana rompe a llorar desconsoladamente. Marcelo no entiende nada. Ella se acerca y le besa en los labios. Pero en lugar de sentirse bien, su corazón emite una punzada de advertencia, seguida de un malestar general que se inicia en el estómago y que sube sin misericordia por su espina dorsal, inmovilizándole primero las piernas y luego los brazos. Cae de rodillas, con Roxana todavía agarrada a él. Sigue sin saber qué está pasando pero se está quedando sin fuerzas. La copa cae con estrépito al suelo y se rompe en mil pedazos. De las comisuras de sus labios brota una espumilla blanquecina, su visión se va tornando en telón negro y logra comprender, antes de expirar, que no debía haber bebido ese whisky.

Aunque ya no puede hacer nada por él, Roxana vuelve a besarle mientras estira su cuerpo de manera definitiva sobre el suelo, cuidando de que la pistola no deje de estar aferrada por la mano inerte de Marcelo.dollar-941246_1920

Ella se viste, no sin antes tomar varios fajos más de billetes de la caja fuerte de la habitación y colocarlos en su bolso de mano. Allí no hay cámaras que la incriminen más de la cuenta. Algún secuaz encontrará de aquí a unas horas los cadáveres de Don Patricio y Marcelo, y será fácil interpretar lo que ha pasado en base a la escena. Un muerto por arma de fuego, otro envenenado. El típico ajuste de cuentas. Hombre rico y hombre pobre, unidos por un mismo destino. Ella es la única que sabe que en realidad el potente veneno que había vertido en la botella de whisky no estaba destinado a Marcelo sino a Don Patricio. Ese cerdo no iba a vejarla ni a abusar de ella una sola vez más, aunque le pagara bien por sus servicios. Ahora se va a cobrar todos los intereses pendientes. Lástima que ni Marcelo ni ella se comentaran entre sí sus planes para deshacerse del poderoso capo. Podría haber sido todo mucho más fácil, pero en ese momento no había ya posibilidad de revertir la situación.

En una última acción, Roxana mete los dedos en uno de los bolsillos anteriores de los jeans de Marcelo, y recoge la llave de la Ducati 350. Abandona sigilosamente la casa y sube a la motocicleta, aparcada en una de las calles adyacentes. Con ella se dirige al centro de la ciudad, pero antes de llegar a la estación del tren la abandona. Allí toma un taxi, y pide al conductor que la lleve al aeropuerto.

Mientras el coche sortea el tráfico de las avenidas del centro y toma la bifurcación hacia la carretera que llevará a Roxana -en realidad Fernanda- a un avión con destino desconocido, suenan en la emisora las últimas estrofas de la canción ‘Pedro Navaja’, de Rubén Blades.

“… la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”

 

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