Reseña de “Fahrenheit 451” (Ray Bradbury)

El género de novela distópico se distingue por presentar un futuro de la humanidad poco optimista. El término “distopía” se contrapone al de “utopía” ya que, al contrario que este último, muestra una sociedad negativa y enferma. A este concepto se le añade, durante la década de los ochenta del siglo pasado, el de cyberpunk, que da nombre a una serie de obras que muestran a la electrónica y la tecnología como responsables del declive, la decadencia y la contaminación de nuestro planeta. Androides con sentimientos superiores a ciertos humanos deshumanizados, sociedades totalitarias, clones, máquinas que toman el poder y drogas que alteran estados de conciencia suelen estar presentes en este subgénero de la ciencia-ficción.

Las principales novelas del género distópico podrían ser, en una clasificación no oficial, “1984″ de George Orwell, “Neuromante”, de William Gibson, “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley, y la obra que ocupa la reseña de hoy: “Fahrenheit 451″, de Ray Bradbury.

Ray Bradbury

Ray Bradbury

Una de las primeras cuestiones a tener en cuenta al leer esta corta novela (no llega a 200 páginas) es que fue escrita en el año 1953. Y es un factor que se nota.  En el estilo, en la estructuración de la historia (me parece un relato corto que se ha tratado de estirar), en la forma de explicarla y en el enfoque de la tecnología (lo cual no tiene por que ser un demérito: imaginad lo complicado que sería visualizar allá por la lejana década de los cincuenta del siglo pasado como habría evolucionado el mundo, cuatrocientos años después).

Y aún así, la novela trata tema tan vigentes hoy en día que no he podido dejar de sorprenderme. En cierta medida, me pasó lo mismo cuando escuché (y entendí) las letras de “The Dark Side of the Moon” de Pink Floyd, el álbum conceptual en el cual el grupo explora muchos de los síntomas del hombre moderno (con los mismos o similares problemas de fondo en el año 1973 que en este 2016): El paso del tiempo, el dinero, la avaricia, los sueños de grandeza, la locura, la angustia, la enfermedad mental o la muerte.

La novela empieza presentando a Guy Montag, un bombero de los Estados Unidos de América del siglo XXIV, casado con Mildred, que vive en un vecindario residencial. Todo estaría en los límites de la normalidad si no fuera porque el cuerpo de bomberos de esa época, en lugar de extinguir incendios, se dedica a producirlos, principalmente con el objetivo de eliminar los libros impresos, puesto que están prohibidos. Fahrenheit 451 es de hecho la temperatura a la que arden esos libros. En tal lugar, pensar no está bien visto y el gobierno procura mantener a las personas en un estado de alienación inducido por estúpidos programas de televisión en pantallas gigantes (¿os suena de algo la situación?), las relaciones humanas están limitadas y sus habitantes han olvidado lo que es leer, conversar, o contemplar la naturaleza. La potencia de los vehículos ha sido elevada a límites impensables y los jóvenes se dedican a recorrer la ciudad a alta velocidad en sus bólidos, poniendo en peligro a las personas que intenten cruzar alguna de las calles.

Montag vive entregado a su trabajo y a su vida anodina hasta que conoce a Clarisse, una joven vecina que le hace cuestionarse sus relaciones personales y profesionales, y por qué hace lo que hace. Sus dudas crecen durante una de sus misiones, al quemar viva a una anciana que se negaba a desprenderse de su colección de libros. Pero antes de que ardan, Montag recupera uno de ellos y lo esconde en su casa.  Poco a poco la fatalidad se va apoderando de la trama hasta que se llega a un punto de no retorno en el que Clarisse, Mildred, los colegas de trabajo y el propio Guy Montag ya no tendrán opciones de volver a ser lo que habían sido antes. La tragedia está servida.

señora ardiendo

“Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos ni imaginar para que una mujer sea

capaz de permanecer en una casa que arde. Tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada”

En la línea de “The Dark Side…”, Fahrenheit 451 trata también de algunos de los problemas de ese hombre moderno, problemas que con el paso de los años no parecen ir a mejor sino que, en su lugar, van cumpliendo las pesimistas predicciones de Bradbury y de algunos de sus colegas distópicos:

  • La censura: El gobierno no desea que la gente lea porque no quiere que piensen y lleguen a conclusiones en contra de sus objetivos. Los medios de comunicación bajo control gubernamental ofrecen informaciones parciales y fuera de contexto, cuando no directamente falsas. El razonamiento y la reflexión ya no tienen cabida.
  • El aislamiento social, representado por el cuerpo de bomberos, autónomo y concentrado en sus causas, y también por la relación personal casi nula entre Montag y su esposa, Mildred.
  • Los totalitarismos. La novela fue escrita en los tiempos de la caza de brujas (persecuciones a comunistas y supuestos anti americanos) del senador McCarthy, y ello se refleja en una crítica social a todos los autoritarismos, incluído el capitalismo (Si los hombres no son felices no producen) y el mismo comunismo (Los hombres deberían ser todos iguales, pero al leer se llenan de angustia, y esto les impide ser felices y por tanto empiezan a ser diferentes)
  • La alienación, y la ignorancia frente al conocimiento, estados a los que se ha llegado básicamente debido al uso incorrecto de las nuevas tecnologías. A pesar de lo que parezca, Bradbury no era contrario a esas nuevas tecnologías sino a su uso poco reflexivo e indiscriminado.

En definitiva, una novela imprescindible para aquellos chicos y chicas en edad escolar, que debería hacerles pensar si la dirección hacia la que se dirige este mundo es la correcta, por si aún están a tiempo de tomar medidas y revertir la situación. Para ello recomiendo la edición que he tenido en mis manos, de la colección DeBosillo Contemporánea, que además de la novela incluye una muy interesante y útil guía didáctica.

Y aunque seas un adulto hecho y derecho y ya no vayas al colegio, también te la recomiendo. Siempre será mejor que quedarte viendo Gran Hermano o el canal de deportes las 24 horas del día.

Como siempre, un placer.

Pedro D. Verdugo.

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