Reseña de “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera.

Sé que normalmente las reseñas deberían ser sobre libros nuevos o relativamente poco conocidos… pero es que, transcurridos más veinte años desde que lo hice por primera vez, estos últimos días he estado releyendo el clásico de Milan KunderaLa insoportable levedad del ser“, novela filosófico-trascendental que (presiento) debe haber hecho las delicias de muchos aspirantes a culturetas desde 1.984, cuando fue publicada por primera vez. Y me he animado a hacer una pequeña reseña.

La insoportable levedad del ser

Confieso que, por lo que recuerdo, aquella lejana primera vez que la leí mientras estaba en la universidad, no logré captar el espíritu de la novela en su totalidad. Quizás han tenido que pasar esa serie de años para que mi personalidad acabara de madurar. Porque hay que reconocer que a los ventipocos, cuando casi todas las claves del futuro están por llegar (amor, hijos, desengaños, trabajo, hipotecas, tragedias personales o públicas, etc…) muy poca gente consigue ser tan trascendental como para captar completamente el sentido de esta obra. Pasados los años de juventud semi-inconsciente, nuestro mundo ha cambiado mucho, y las experiencias vividas han hecho salir a la persona verdadera que somos: más sabios quizás, pero también más resabidos, más cínicos y más desesperanzados. Qué más da. Por eso pienso que ésta es una obra para descubrir (o releer) a partir de los cuarenta.

La novela, en sí, trata de las dudas existenciales, de pareja, políticas, sociales, sexuales, de reconocimiento, de lucha y de vida y muerte de una serie de intelectuales en la Europa de finales de los años sesenta del siglo pasado. El eje central lo protagonizan Tomás, un cirujano mujeriego de Praga, divorciado y vuelto a casar en segundas nupcias con Teresa, a la cual no duda en engañar con otras mujeres pese a que para él, su verdadero amor es ella, y el resto son sólo experiencias para tratar de descubrir ese insignificante tanto por ciento que hace diferentes a cada una de las personas. A partir de ahí se van hilvanando una serie de relaciones de Tomás (con su primera mujer, con su hijo, con sus amantes, en especial con Sabina, una pintora) y de Teresa (con su madre, con un ocasional amante) y entre ellos dos con su perro Karenin, que en realidad es una perra.

La insoportable levedad del ser 2

Mapa de las principales relaciones de “La insoportable levedad del ser”.

Cada una de las relaciones se va extendiendo en otros sentidos, involucrando a otras personas. Uno de los factores que más me han gustado de la novela es su capacidad para volver una y otra vez sobre alguna de sus escenas (¿necesidad del eterno retorno de Nietzsche?), con el objetivo de mostrar el punto de vista de cada una de las personas que la han vivido, complementando las opiniones anteriores y enriqueciendo el relato. Así, cada uno explica sus posturas respecto al sexo, los celos, la infidelidad, la dependencia, el destino, el futuro, la comunicación – o la falta de ella -, etc.

Otra de las claves de la novela es su crítica a la ocupación soviética de Checoslovaquia el año 1.968, tras la Primavera de Praga. En ese sentido es un alegato anti-totalitarista, anti-comunista, y posiblemente también anti-religioso y “anti-intelectuales” (tipos como el propio Kundera, que ofrece aquí una dura autocrítica de aquella izquierda reaccionaria). En fin, un fresco de la Europa de finales de los sesenta que, pasada por el prisma de la situación actual, no parece que haya cambiado demasiado. Si acaso a peor, me temo.

Respecto a las sensaciones que he tenido mientras leía la novela, debo confesar que han oscilado entre la fascinación más absoluta en los primeros capítulos por la forma magistral en que Kundera explicaba sus puntos de vista sobre esos temas espinosos y universales, y el ‘piloto automático’ que me he visto oblidado a poner en algunos fragmentos de los últimos capítulos (en especial el dedicado al concepto de Kitsch, Dios y el significado de la mierda).

En ese sentido, creo que es una de esas obras culturales que más se disfrutan (o que más se fingen disfrutar) cuanto más alto se encuentre el ego del lector y mayores sean sus deseos de desmarcarse de la gente ‘normal’ (al igual que algunos han hecho de las películas iraníes de arte y ensayo, en blanco y negro y versión original su cruzada particular).

Además, esta lectura requiere de una atención especial en cada una de sus páginas, necesitando de un nivel de concentración elevado que no siempre es posible conseguir. Me temo que si uno trata de leerla en un estado próximo a la depresión o al aburrimiento, o cuando le rondan problemas graves por la cabeza, no se va a involucrar en el detalle y en las implicaciones filosóficas o éticas de sus párrafos. Pero cuanto más relajado y satisfecho consigo mismo esté el lector -o lectora- a la hora de abordar la novela, más entenderá sus consecuencias y se sentirá identificado con ellas, asumiendo inconscientemente que es uno de los privilegiados que ha entendido y disfrutado el libro. En definitiva, que mal (di)gestionada, la novela puede llegar a ser carnaza venenosa para una nueva generación de gafapastas y hipsters deseosos de destacar y distanciarse del resto.

Un último apunte. En cierto sentido, los personajes de esta novela, sus motivaciones y sus actitudes me recuerdan a los de otra obra cultural de la misma época: La película franco-canadiense “El declive del imperio americano“, de Denys Arcand.

El_Declive_Del_Imperio_Americano-Caratula

En ella se tratan temas muy similares durante una cena de amigos intelectuales. Los personajes, primero hombres y mujeres por separado, luego todos juntos en la casa donde tiene lugar la cena, nos van ofreciendo sus puntos de vista y sus conclusiones sobre los aspectos más relevantes de sus vidas: amor, sexo, fidelidad, engaño, enfermedad, muerte, posición social, etc.

Es decir, la vida.

En resumen: A pesar de que han pasado más de 30 años desde su lanzamiento original, os recomiendo ambas obras, al menos para haceros pensar un poquito. Pero no os las toméis demasiado en serio, pueden producir efectos secundarios. Y recordad: por suerte no todo el mundo es tan trascendental, tan sensible, tan culto ni tampoco tan depravado o tan infiel como la mayoría de los personajes que habitan tanto el libro como la película.

¡Saludos y hasta la próxima!

P. D. Verdugo.

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