Blade Runner

Hasta ayer, si alguien me hubiera preguntado de qué película me hubiera gustado ser el autor o el guionista, no hubiera sabido darle una respuesta concreta. Hasta ayer.

Reconozco ser un aficionado del montón: Me gusta el cine (en pantalla grande, sistema de audio Dolby Surround, silla tapizada y mullida -pero no demasiado-, y olor de palomitas), pero no sería en absoluto uno de sus más fieles seguidores, ni tampoco alguien mejor informado o más involucrado en la industria que la media nacional. Sin embargo y como cualquier hijo de vecino, tengo una lista de películas favoritas. Centrándose en los guiones, ¿a qué escritor no le hubiera gustado crear el de películas como ‘Casablanca‘, ‘Regreso al futuro‘, ‘Alien, el octavo pasajero‘, ‘El silencio de los corderos‘, ‘Pulp Fiction‘, ‘Sospechosos habituales‘, ‘Atrapado en el tiempo‘, ‘El sexto sentido‘… o decenas de cintas más?

Sin embargo, ayer rompí en mil pedazos mi lista de guiones favoritos de película. Ya no la necesito, tras el visionado de ‘Blade Runner‘ (1982), la película de Ridley Scott protagonizada por Harrison Ford, Sean Young y Rutger Hauer y basada en la novela ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?‘, original de Philip K. Dick.

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De hecho, no era la primera vez que veía esa película. Recuerdo contemplar la aparición de la bellísima e inexpresiva Rachel (Sean Young) en la pantalla de T.V. del salón de la casa de mis primos, cuando el sistema de video analógico VHS era uno de los avances tecnológicos de moda en el país, aún en dura pugna con el sistema Betamax. También fui al cine a verla en 1.992, en versión ‘Director’s cut‘. Pero en esas dos primeras ocasiones (y quizás alguna otra que no recuerde), la película no me impresionó para nada (incluso creo que me quedé dormido en el cine. Excusa: Era una sesión golfa que había empezado sobre la 1 de la noche).

Pero tranquilos, no voy ahora a explicar la trama en detalle, ni los factores que hacen de ella una cinta de culto para muchos. No soy crítico de cine, y para un objetivo así ya hay en la red entradas tan brillantes como la que os invito a leer en este link de el Blog ‘El parnasillo’.

No, no sería capaz de describir mejor los antecedentes, las influencias y el legado de la película. Mi aportación hoy debe ser un tanto más personal y modesta, limitada a las emociones que me ha hecho sentir este tercer visionado consciente.

En primer lugar, reconozco que la película ha envejecido mal en los aspectos de predicción del futuro. La historia se sitúa en la ciudad de Los Ángeles, en un ya cercano 2019. Pero nadie lleva móvil ni smart-watch, las pantallas no son ultra-planas, no hay coches sin conductor -aunque vuelan- y la gente va por la calle leyendo el períodico en papel. Pero hoy no estoy aquí para criticar esa inexactitud, un problema extensible a otras películas de ciencia ficción que trataban de adivinar el futuro, como la trilogía de Marty Mc Fly y Emmet Brown. El motivo de este post va más allá, incluso diría que es menos prosaico y más espiritual. Un motivo que se puede justificar con las siguientes palabras:

“He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir “

Como se apunta en la entrada del blog que os he referenciado,

¿Hay en la Historia del Cine una frase más profunda y que a la vez resuma con tanta claridad el sentido de la película en que se enmarca?“.

Yo diría más: Es la frase soñada de cualquier guionista, y en mi opinión sólo esta escena ya vale para superar al 99% del resto de las películas y dar por buena la inversión en la entrada al cine (o en el precio del Blu-Ray). La lluvia ácida cayendo sobre los agotados protagonistas, la sutil banda sonora de Vangelis y la voz de Constantino Romero en el doblaje en español (por una vez y sin que sirva de precedente, creo que superior a la original) contribuyen a que sea una de las escenas más memorables que hayamos podido contemplar por aquí.

 

Es decir: ¿qué pasa por la cabeza de alguien cuando sabe que todo está a punto de acabar? En esta escena, irónicamente, no habla exactamente una persona humana, pero creo que esas tres líneas resumen un sentimiento por el que todos, tarde o temprano, estamos destinados a pasar: el del individuo que sabe que el tiempo se le escapa, que está punto de desaparecer y que presiente que todo lo vivido, lo sufrido, lo amado y lo sentido se va a perder para siempre, y tiene miedo de no ser recordado. Es un sentimiento de dolor pero también de frustración porque sabe que todo lo conseguido hasta ese momento probablemente no haya servido para nada. Cuanta razón tenía aquel que dijo una vez que estamos de paso por este mundo como meros transmisores genéticos, los verdaderos organismos vivos que perdurarán en el tiempo.

En paralelo, la película cuestiona los límites de la ciencia y la ética, ya que los supuestos androides parecen contar con más cualidades humanas que los propios humanos que los han creado. En realidad, pienso que la única razón por la que Roy Batty (Hauer) salva a Rick Deckard (Ford) es para explicarle su legado y así evitar que sus recuerdos queden perdidos para siempre. Lo cual hace que Deckard empiece a tomar consciencia de su verdadera naturaleza. Pero, humano o androide… ¿eso importa?

Si alguna vez quiero ser considerado un escritor, tan sólo será cuando haya creado algo tan fabuloso, tan complejo y que deje abiertas tantas cuestiones éticas, morales y de contenido como la historia de ‘Blade Runner’. En resumen, ya tengo modelo para mi guión ideal… Al menos, hasta mañana, porque como ya os he dicho, en esto del cine no soy “totalmente fiel”.

Pedro D.

PD: Roy Batty, finalmente conseguiste tu propósito: HAS CONSEGUIDO LA INMORTALIDAD.

Un comentario sobre “Blade Runner

  1. Me parece que tengo que volver a verla, hace bastantes años……. que la vi, y ya casi no la recuerdo. Con este post has conseguido que me entre el gusanillo.

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